PÁRRAFO VIII
LA CAUSA DE SU TRIUNFO Y SIEMPRE TRIUNFA

Aunque el espíritu sucumba millones de veces en los mundos; aunque pudiera descender desde el mundo de expiación hasta el embrionario dónde se inició en la vida; aunque el espíritu sufriera en millones de mundos de expiación, millones de pruebas en cada uno y toda el agua del mar convertida en tinta no fuera bastante para enumerar los millones de siglos que se entretuvieran en el mal y empecinamiento, no habría pasado un segundo del tiempo eterno y el espíritu triunfaría, por dos razones, que son dos verdades eternas, aunque es una sola verdad, a saber: que no puede, ser que no sea y que es consubstancial con su creador el que no puede ser vencido, porque es la omnipotencia omnímoda y a todos los espíritus, sus hijos consubstanciales, les mandó triunfar: es su voluntad omnímoda.

Podrá el espíritu ofuscarse todos los innumerables millones de siglos que pudieran escribirse con el agua del mar hecha tinta; pero oíd la promesa hecha en Abraham: "Mi luz di en Adán para mis hijos negros de hollín que demonios llamáis, enseñan a sus hermanos de la carne, que son mis hijos, los defectos, etc." (Ver el Código). Notad que hasta a los demonios los llama hijos.

He ahí que, por extraviado que ande el espíritu, no puede dejar de ser hijo de su padre, que lo llama su hijo aun bajo el sobrenombre de demonios que se ha dado a los que parecen la encarnación del mal y que son sólo equivocados, ofuscados por la concupiscencia que se despertó en su espíritu al hacerse partícipe de su alma en los goces de la carne, la que jamás puede llenar un solo vacío en el espíritu, ni aun con el sacrificio de todas las humanidades de los mundos infinitos de todo el Universo; y como está ciego en el bajo placer, y ve que no le coartan el goce, de ese horrible sufrimiento de insaciabilidad, se da cuenta, a lo sumo, cuando llega el juicio de un mundo por la justicia, a la que nadie puede oponerse, ni aun todo el infinito, si todo el infinito pudieran ser demonios. A lo sumo, digo también, es llevado por la justicia a otro mundo, donde las pasiones están más desarrolladas, y si ahí tampoco se convence pasará a otro y a, otros; pero al fin se desengañará y será entonces tan grande en su amor, como fué en su odio; dominará todo lo que lo dominó y con valor llamará él mismo a la justicia y el padre le dirá: “Bienvenido, hijo mío: has tardado, pero has llegado: siéntate y consuélate en el gozo de tu padre”

Si, hermanos míos; el Padre no se inmuta por la tardanza de sus hijos; sabe que volverán a él, porque de él salieron y les mandó volver; para él no hay más que hijos, y son lo mismo sus hijos los que llamamos ángeles, que los que llamamos demonios; sólo que los que cumplen su mandato, llegan a él más pronto entrando en su gozo y los que se retrasan andan temerosos porque saben que han delinquido y no pueden volver en tanto tienen deudas pendientes, porque esto los acusa de malversadores de los talentos que a cada uno dió y no dió a nadie más que a otro; tan ignorante y sencillo salió de él el que hoy es en nuestro plano el Espíritu de Verdad, como el que llamamos Satanás o Demonio si tal entidad existiera el uno y el otro han tenido los mismos medios y las mismas luchas; solo que uno se dió prisa en seguir todos los cursos y se convirtió en maestro y el otro, en tirar bolitas de papel y luego de barro y no aprendió sabiduría; y aunque sepa mucho, (porque hasta en el mal se aprende mucho) como está entrampado con todos, no puede presentarse ante los severos y estoicos cumplidores de su deber, no porque ellos lo desprecien, sino porque él mismo se avergüenza de presentarse estrafalario. Es esto lo que no puede hacerse, aunque sea el demonio que os han dicho todas las religiones, porque el espíritu no puede vestirse de luz si no la ganó; pero tampoco se puede vivir en la luz, más que siendo sabio y justo.

De modo, hermanos míos, que la causa del triunfo del espíritu, es su procedencia; su consubstancialidad con su padre; que aunque se obstine el espíritu no puede ser que no sea; y como el tiempo es una ficción, es siempre el momento eterno y por esto, el espíritu llega a hastiarse del mal vence, quiera o no, las pasiones, porque el sufrimiento le enseña y acaba por ser sabio y gustar la justicia y siempre triunfa, porque así es el mandato y se cumple.