PÁRRAFO VI
SACRIFICIO DEL ESPÍRITU EN LOS MUNDOS: SUS CAUSAS

Ya vimos, que el espíritu, al ser lanzado a la lucha donde ha de enriquecerse y ser sabio por el sufrimiento, es sencillo porque sólo sabe amor y no lleva otra arma para ganar las terribles batallas que le esperan en los mundos.

He indicado también que el espíritu llega a los mundos de expiación a licenciarse en derecho, cuyo último grado lo recibe después del juicio de mayoría o final, porque entra en la comuna; y aunque está dicho en el "Código" y libros anteriores a algo referente a los mundos que preceden al de expiación y de los siete días de las humanidades en cada mundo debo extractarlos aquí, porque este estudio no puede ser incompleto y sin cuyo conocimiento, no puede el hombre conocerse a sí mismo, a pesar de todo lo dicho aquí y lo que se dirá hasta el final de este libro.

Sin estos conocimientos, habría cuerpo y cabeza, pero faltarían los pies y yo no puedo hacer un hombre incompleto ¿Cómo podría mandaros que os conocieseis a vosotros mismos?

¿Qué contestaría si me preguntarais dónde están vuestros pies?

Ya os he dicho que lo dije en el Código y antes del Código; pero aquél es aquél y éste es éste aquél es la carta o ley orgánica; éste es el cuerpo del hombre que debe absorber aquel Código, y yo no quiero hacer obra incompleta, para que no se me diga: "médico, cúrate a ti mismo".

Mas tenemos ya mucho camino andado, porque sabéis por quién y cómo se forman los mundos, que son todos en la misma forma y por el espíritu, sin diferenciarse más que en la relación de la materia, que es más opaca y más cenagosa o imperfecta cuanto más bajos (en su grado) son los mundo; pero el proceso es igual, menos los partos de los mundos, ya que éstos sólo los tienen de mundos de expiación arriba, para corresponder en belleza según se eleva el espíritu y esto es armonía. Hagamos puntos y bajemos, pues, a nuestra cuna del progreso.

Punto primero
MUNDOS EMBRIONARIOS

Seguid el proceso de la formación del mundo como queda dicho, hasta la aparición del hombre en la tierra; pero observad, que en aquella hecatombe para producir las esencias y fundirlas de todos los reinos de la naturaleza que habían de dar al hombre con sus productos, no ha aparecido un satélite, o luna, en el mundo embrionario.

Figuraos, también, nuestro mundo, en una noche de eclipse de luna y con espesos nubarrones que corren de un lado a otro y esa es la luz y estética de sus días; todo es frío, todo triste y silencioso: ese en un mundo embrionario.

El Padre lanza una pléyade de espíritus en su vibración; y por las funciones que habéis visto en la tierra, aparece el hombre en el mundo aquél, apenas con vida, porque no hay conciencia; duerme el espíritu su letargo, no sufre, no hay sensibilidad en su alma; pero la ley está allí y no han caído aquellos espíritus para ser unos troncos; y aunque sólo tienen el principio de algunos sentidos, el espíritu maestro y la ley de afinidad, juntan los machos y las hembras y la procreación empieza; aquella sensación, casi imperceptible, empezará a dar sensibilidad a su alma pesada, casi tierra, y así pasan generaciones y más generaciones, hasta que va empezando a tener un instinto y ya busca a la hembra; ya vive; ya empieza a moverse y se descalabra en un despeñadero o cae en las fauces de una fiera que parece una montaña que tampoco se mueve y el dolor acrece su sensibilidad y el espíritu empieza a anotar en su archivo.

Luego de millones de existencias, en millones de siglo que él aun no puede contar, empieza a sentir el celo por el goce de la materia y éste lo hundirá en lo que nosotros llamamos crimen, él no lo sabe; pero luego, el recuerdo lo hace sufrir; y como su muerto también tenía otra hembra u otros cachorros, lo persiguen y sucumben unos y otros y, vuelta a nacer, aprisa, porque las existencias son cortas por esas razones y otras como ser, el no discernir en el alimento; y como sus almas rudimentarias no podían elevarse del suelo por su pesadez, su descanso era estar en un cuerpo; se encarnaban pues, llevados por la necesidad que les imprimía la ley de afinidad y justicia y así casi siempre estaban encarnados, hasta que los más adelantados, pudieron dominar por el instinto de conservación y conocieron que se movían, que podían dominar las fieras montañas: llegaban al final, con el instinto de conservación, cuando la naturaleza les hizo notar sus volcanes que los estremecían y notaban consuelo en albergarse muchos juntos: entonces aparecen las tempestades y al terror de los rayos y relámpagos, piden misericordia. Ya sienten; ya conocen que son seres; ya han salido del embrión. El mundo y sus habitantes, han llegado a su fin. Aquellos espíritus que llegaron en la vibración de su padre, llevan un alma y un archivo, pesado, doloroso, muy triste; pero saben que son seres y en su letargo, pidieron al rayo y al relámpago... ¡misericordia! Y por él el Padre oyó su voz y son sacados aquellos espíritus a más luz, donde en su subconciencia repasan como beodos su odisea pasada; pero no tienen voluntad; son inconscientes; sólo ven que se mueven y que les consuela la reunión y viven como en pelotones. Pero la ley es inflexible y los coloca en un nuevo mundo, un tanto más luminoso pero más terrible que donde se engendraron.

Punto segundo
MUNDOS DE PRUEBA

Imaginaos nuestro mundo en un día de espesa bruma, en que la vista alcanza apenas 100 metros y que sólo en la mayor fuerza del día traspasa muy tenue la luz, de nuestro sol y tendréis una idea de la luz y atmósfera del mundo de prueba, donde entra aquella familia de espíritus pesadísimos, por la enorme pesadez de su alma primera, la que jamás dejará ya y que se vistió en el mundo embrionario.

Sin embargo, allí hay más vida que de donde ascienden; vientos que corren pesados, húmedos y cálidos, casi asfixiantes; entre esa temperatura de 100 grados centígrados de los nuestros, aparecen los primeros hombres en la misma forma en que los vimos en la tierra, más rústicos, pero mas finos que en el embrionario.

El alma de los tres reinos, se había fundido en idénticas condiciones que en la tierra; unas también se funde (al tomar carne los espíritus) su alma embrionaria, y se neutralizan las dos almas, convirtiéndose en una sola alma universal en todo aquel mundo y así se viste, cada espíritu, del alma de los dos mundos y cada una lleva su archivo. Conviene deciros que si he dicho que se funden las almas en aquella alma, debe entenderse, que es sin dejar el espíritu su alma primitiva; lo que se opera por el hecho natural de tomar allí el alma correspondiente, y del alma embrionaria caen las mayores escorias para quedar las primeras y más altas esencias, que se igualan con el grado del alma segunda, o del mundo de prueba. Esto está acorde con la ley del progreso y la justicia, porque así tendrá más valor en menos peso y queda alivianado el espíritu. Este es el primer premio de su primer triunfo.

Ya tenemos esa familia en la lucha del mundo de prueba; allí llegó conociendo que se movía y que era un ser; allí debe conocer que no está sólo y que sus semejantes son como él y que por sobre ellos se mueve algo que los domina, contra el que nada pueden.

Pasemos los primeros millones de siglos, con los millones de existencias a las que han sido casi inconscientes, regidos sólo por el aguijón de la carne; reinado en el que, todo lo que tragar podían les servía de alimento, no importando que fuese el cuerpo de la misma hembra donde había engendrado, o el del infante nacido, o la fiera muerta por otra fiera o por el hombre, que ya supo luchar aullando más estridente que la fiera al dolor de los zarpazos o destelladas, que le hizo saber huir y subirse al árbol.

Esto ya era astucia; ya tenía más defensa, pero también al árbol subirían otros animales. Mas él tenía el instinto de conservación y podía servirse de su remos más hábilmente que los que subirían al árbol: aquí, la ayuda de otro semejante, le haría simpático y mirarlo con la inocencia de un niño, como preguntándole: "¿Cómo has venido? ¿Por qué me has ayudado?". Ya, sus espíritus se hablaron. Ya se dan la mano y se siguen y se suman otros y hacen tribu y al fin ven, que aquellos infantes que comían, eran como ellos y que nacían de la hembra que corrían y cazaban en manadas: ya fué despertando el sentimiento, porque, cuantos más eran, más se defendían y se hacían respetar, sobreponiéndose a sus antiguos devoradores.

Era éste el momento preparado por la naturaleza; se habían reconocido, se veían iguales en apetitos, inclinaciones, musculatura y necesidades y juntos triunfaban; solos, sucumbían. El egoísmo propio no imperaba, porque les agradaba la ayuda que les hacía todo más fácil; esto les ponía en el dominio del mundo, en todos los parajes a donde sus correría, inconscientes les llevaban.

Todo lo vencieron; sólo eran vencidos ellos por la tempestad que diezmaba la tribu con el fulminante rayo y calmaban al ver caer al compañero, a la hembra que les daba el único goce que podían disfrutar, o al infante, en cuyos ojitos veían reflejarse su imagen; cuando veían formarse la tempestad, corrían desaforados a ocultarse en las grutas de las piedras, o en los troncos de los árboles; ya temían; de aquello no se podían vengar y lloraban su impotencia; pero en la repetición constante en el curso de su vida y en el consuelo de la compartía, su espíritu soñoliento que oía voces en su subconciencia al sonar el horrísono trueno, pedía a aquellas voces que lo sacaran de allí; reconocía que sobre él había quien lo dominaba; él no sabía lo que era, pero, respetaba porque temía; y como ya el sentimiento existía porque le dolía ver caer a la hembra, al infante y al compañero y temía a los elementos era toda la labor de su prueba. Nació el sentimiento, por temor; había dominado a las fieras uniéndose el hombre al hombre, después de haberse devorado el hombre al hombre; en su temor pedía y la justicia era cumplida; la ley de amor tenía acción, y saca aquella familia del mundo de prueba, para que fuera de la pesada carne, repase un momento el terrible archivo que ya lleva, pero que aun no le pesa porque aun duerme; lo subirá la ley donde despierte; donde haga conciencia de sí mismo y reconozca al creador, ya que reconoció al hombre como bueno porque se ayudaron y temió la tempestad que no pudo vencer y la lleva impresa en su subconciencia.

Punto tercero
MUNDOS PRIMITIVOS

Estos mundos son pintorescos, cuanto terribles y ya están minuciosamente estudiados y descriptos por el Dante, en "La Divina Comedia", y sea aún ese libro, en su parte substancial, uno de los estudios de los hijos de la comuna, puesto que, el hermano Dante, vino en su existencia a descubrirlos como principio fundamental de la vida del espíritu.

Hay en él algo grotesco, propio en el tiempo en que se dio; y aunque la humanidad disoluta no lo tomara en toda su seriedad, tampoco pudo desecharlo ni substraerse a su influencia; y de que descubrió la realidad de la verdad, básteos saber, que la Iglesia católica lo prohibió en sus dominios, porque descubría y derrumbaba sus absurdos dogmas.

Como en verdad es en el mundo primitivo donde descubre la vida el espíritu y así donde empieza su vida de conciencia, este libro será limpiado de los prejuicios que necesariamente debía tener el Dante en su materia, y será del archivo o biblioteca de los hijos de la comuna, para que lo vean en la realidad, por el desdoblamiento consciente y la videncia y así puedan mejor apreciar el bien que disfrutan, sabiendo que nosotros procedemos de un mundo igual; y aun verán allí espíritus conocidos nuestros que fueron expulsados de la tierra el día del juicio final: esto, se os manda, porque es de justicia ayudarlos, como nosotros fuímos ayudados en un mundo primitivo similar.

El mundo primitivo, es un mundo de mucha más actividad que los dos anteriores; hay un sol rojizo, muy opaco, en una atmósfera caldeada y espesa; las tempestades son horribles y muy continuadas y los vientos huracanados arrastran siempre imponentes trombas de candente arena, que sepultan. a los seres en los tupidos bosques.

Los volcanes están en continua erupción y los ríos llevan sus aguas humeantes, con residuos minerales que les dan va un color de azufre, ya cobrizo, y los hay que más parecen sangre que agua.

Sin embargo, todo aquello es de gran valor a la vida de los cuerpos de los mundos de expiación, cuya riqueza ha de recoger el espíritu en su alma y en la nuestra lo llevamos.

Cae allí el espíritu que ascendió del mundo de prueba, y como en el anterior, funde su alma con el alma de ese mundo de fragua y aparece en aquel torbellino donde se encienden todos los instintos de su alma que corren por su sangre espesa y rojo-negra.

Allí ya desde el primer momento, sabe que la compañía le es necesaria, porque es el fruto del anterior mundo y teme la tempestad porque la temía y en él perdura la subconciencia.

Pero como el ambiente caldeado reaviva los instintos soñolientos de los dos mundos anteriores que están en su alma y sus enemigos las fieras, son más ágiles (así como él también), crecen las luchas y sucumbe en ellas, siendo el alimento de las bestias; de sus sufrimientos y del azote continuo de los huracanes que lo llevan y lo traen como una hoja seca, va cediendo en su ferocidad por su impotencia y se abrazan los hombres pidiéndose ayuda; pero como la fogosidad de su sangre ardiente lo exalta, lo lleva a la impaciencia y a la desesperación y aniquila cuantos encuentra de sus semejantes, porque los cree culpables de todo aquel sufrimiento, o porque le pareció que era mejor albergue el que tenía, o por la conquista de la hembra codiciada, porque sólo en aquel goce encuentra algún lenitivo a su continuado sufrimiento.

Mas luego que lo aniquiló, le sale al paso la terrible fiera y no la puede vencer solo y reconoce que hizo mal en destruir a su semejante y aumenta su sufrimiento por el remordimiento y sucumbe entre horribles tormentos, viendo cómo la bestia le chupa la sangre.

La hembra corre con sus hijuelos, perseguida por la terrible fiera mamífera; escóndese en las cuevas y allí está días y días escondida, porque la fiera espera impasible y aquel sufrir le aviva el sentimiento y le da valor y astucia y pide al hombre que se una y aniquile aquella fiera; y el hombre, al fin, triunfa por su sufrimiento y unidos ganan el bosque y se dan guardia; esta resistencia, obligará a las fieras, por el hambre, a acometerse unas a otras, porque el hombre aprendió a refugiarse en los árboles y, en caso extremo, en los lechos de los ríos; así discernió y supo librarse de la fiera y de la tromba.

Mas el celo de la carne crecía; la hembra tiene sus simpatías, porque la ley de afinidad en todo está y esto es causa, continuamente, de aniquilarse los hombres y el derecho es del más fuerte; pero el remordimiento le atormenta; no ha debido matar a su semejante; el trueno horrísono y el terrible rayo lo amedrentan y llora y en la impotencia pide; ya le habla su remordimiento y llega un feliz día en que la ley de justicia lleva allí espíritus casi sabios aunque prevaricadores de mundos de expiación y encarnan.

Empieza aquel mundo a transformarse, porque los recién llegados se han preparado materias un grado más bellas con arreglo a sus afecciones; y si esta afección es de la carne y tomó en justicia el sexo femenino, sus mejores formas, su mayor discernimiento, le atraerán quiera o no la atención de los otros, que desterrados como ella, se disputan su posesión; aquella hembra, no se da reposo en su pasión, porque los desterrados sucumben a la mayor fuerza bruta de los primitivos y éstos, no se hastían de las hembras mejoradas. Este es el momento culminante de este mundo.

Esos llegados desterrados de mundos mejores aunque de expiación donde no se quisieron redimir, allí tienen que ser redentores; allí se hastiaran de su pasión, pero disputándose la hembra con el primitivo al que acabarán por vencer por la superioridad de su sabiduría y, hastiados de la pasión, entrarán en su acción de unificar los sentimientos y de resucitar el reconocimiento de todos; pero, como ellos, sufren los elementos y aun más intensos, porque en ellos hay conciencia.

Por esta conciencia en él semiplena; y cuando ya ha conseguido sobreponerse por su conocimiento a los primitivos, éstos piden a él y, en medio del volcán y de la tempestad, logran que reconozca al ser que los domina con las fuerzas que no pueden dominar ni huir de ellas: y como sus almas se van confundiendo todas en el sentimiento, los primitivos, por fin, ante la impotencia, piden al que ya presienten, por que los desterrados le han dicho "que hay más arriba de ellos otro mundo de grandes dichas y que ellos de allí proceden" y por primera vez resuena en aquellos espíritus la voz de justicia y corren despavoridos sin encontrar dónde guarecerse, porque la voz les sigue; es su propio espíritu que habla a sus conciencias y al fin caen rendidos y confiesan al ser que no conocen ni ven y que los domina. Ya han confesado al autor de los mundos y de sus espíritus; ya son seres conscientes de sí mismos; lloran inconsolables y por fin, el más adelantado de los desterrados y los más adelantados de los primitivos, forman la unión de una sola familia de redentores y redimidos y su pedido a la justicia es oído. Caen todos los cuerpos a la vez por la suprema demostración de los elementos que rompe el mundo, demostrándoles que, nada hay en el infinito que burle las leyes del creador.

Llegó el primer momento de la vida consciente, pero sólo de la materia. Hasta ahí, no se le ha pedido cuenta ni hecho cargos al espíritu; y en ese estado, el más deplorable y lastimoso que podáis imaginar, llegan legiones de espíritus, del mundo de expiación de donde habían sido desterrado los que habían sido redentores primeros de los primitivos y los recogen entre sollozos de amor, destrozados de la tremenda lucha y son trasladados a un mundo de transición, que en general es la luna o satélite hijo del mundo de expiación que, luego habrán de ocupar. Allí quedan, como los cuerpos en el sepulcro, transidos, desgarrados y esperando curarse las heridas, descansan.

Punto cuarto
MUNDO DE TRANSICION

Descansan allí los recién nacidos en la conciencia y vencedores por su esfuerzo, de la bravura de tres mundos; des­cansad también vosotros, hermanos míos, que si vosotros habéis profundizado en los hechos al leerlo como yo lo he sentido al descubrirlo, necesitáis, como yo, alentar y respirar el ambiente consolador de nuestro mundo, aunque haya luchas aún en este momento en la tierra, que no las habrá cuando lo leáis en el régimen de la comuna y os consolaréis; por lo que, mi espíritu, vuela un momento a la gran Sión y se sienta en su sillón del consejo del Padre, para reparar las fuerzas gastadas en mi paseo por los mundos descriptos y allí, en aquel sillón, quedan las huellas de las lágrimas que vierte sobre este libro, donde mi pluma corre jadeante de amargura y conmiseración.

¡Hermanos míos! El consuelo del misionero es rápido porque conoce la ley y porque la omnipotencia universal llega a él tan pronto invoca a Eloí del que recoge la vibración y queda confortado.

Sigamos a esos recién nacidos en su transición.

Van despertando según su progreso, lento, muy lento: pero al despertar, ya no están solos; va no ven los volcanes que aun están reflejados en su conciencia aterrada. En su lánguido despertar, como el cataléptico, otro espíritu su hermano de amor, los saluda con divina sonrisa y mirada bondadosa y les señala más arriba; pero aun no pueden resistir los rayos del sol; están convaleciendo... ¡Fué tan tremenda la lucha... Es tan grande la carga que arrastran ...!! Aun no saben que todo aquello es una deuda que tienen que pagar; dejémosles, que todos despierten.

En aquel asilo de convalecientes nadie les estorba; allí no hay vida animal ni vegetal; aquel pedazo también tiene una tremenda historia; es el folio más culminante del amor; allí se lee: “Sacrificio”. Es un pedazo del mundo que sigue su creación preparando esencias, para que los que allí convalecen al amor del sol que los baña y de los guardianes que los custodian lleguen en el día de la ley, a trabajar y ganar con qué pagar la deuda terrible que al despertar reconocerán.

Ya han despertado; ya se hacen conciencia; ya ven su terrible deuda… Lloran; son lágrimas de dolor, de alegría y de agradecimiento; los rodean legiones que les hablan los animan; los más intrépidos, los redentores de esa familia desterrados de un mundo cuando acababa su expiación, la mayoría, son transportados al mismo mundo de donde fueron expulsados; ven sus obras y lloran mas; pero ya no conocen el mundo, porque allí no hay luchas, no hay sufrimiento... porque ya no hay sacerdotes y no hay supremacías; sólo hay amor en fruición; “sólo hay comuna”; conoce lo que perdió; sabe, porque lo ve escrito, que otra vez tiene que pasar por idénticos trabajos, pero reconoce al creador.

Los otros, los ascendientes, los redimidos del primitivo, tienen menor deuda, pero también menos conocimiento; ellos sólo tienen conocimiento de los tres mundos; sufren menos; son más ignorantes y son llevados al mundo silencioso en formación que habrán de ocupar luego y así pasan en aquel mundo de transición, hasta que se han dado exacta cuenta de su deuda, reconocen a su acreedor y prometen saldar la deuda y adorar a su autor.

Hacen frecuentes visitas a mundos recién empezados en la vida de expiación y allí se instruyen esos espíritus en el trabajo; en tanto que, los antiguos expulsados, repasan todo el archivo habido en su espíritu del trabajo del mundo de que fueron expulsados y estudian, con sus guardianes, la vida de comuna; llegó el momento de tomar a su cargo el mundo que se les preparó para su expiación y aparecen en las bolsitas de los troncos del quino, desde donde subirán por la lucha, por el propio esfuerzo, por la sabiduría conquistada, por la omnipotencia, conociéndose a sí mismo, adonde estáis hoy vosotros, hijos de la comuna, desde donde abarcáis de una ojeada toda esa, tremenda historia: por lo que, ya en la felicidad que irá en aumento cuando más progreséis, comprendéis mejor vuestra procedencia, hacia cuya casa natal y común caminamos.

Cantemos en nuestro amor y reconocimiento un hosanna efusivo a nuestro progenitor el gran Eloí.

Hermanos míos, ¿podríais, muchos, pensar en esta primera hora, qué tales fueran vuestros espíritus?

Yo sabía, que su conocimiento os arrancaría lágrimas; yo también las he derramado y soy el maestro; pero eran necesarias y sabed, que llegan como refrigerio a los muchos mundos de esos grados que hay siempre, porque “la creación sigue y no se acaba” - le fué dicho y nos legó Abraham.

Repetir esta lectura; recorrer aquellos barrios suburbanos de la eterna ciudad de los que recién nosotros hemos ascendido y tiremos de ellos para ayudarles, sabiendo que en ellos, aun encontraremos hermanos que se equivocaron en la tierra y tienen que ser redentores, ya que no quisieron ser redimidos porque, sabed, que el amor no tiene límites; es como el infinito Universo en grandor, e intenso como su autor Eloí; y sólo el amor vence todos los obstáculos de la materia.

Punto quinto
CAUSAS DEL SUFRIMIENTO DEL ESPÍRITU

Las causas del sufrimiento del espíritu en los mundos son muchas en número, pero se reducen a sólo dos, al amor y a la ignorancia, por su sencillez.

El amor es su sello y patente y tiene que imprimirlo en todas sus obras: pero es ignorante por su sencillez, cuya ignorancia, tirará sólo por la lucha, sólo por el trabajo, cuando los escarmientos le hayan enseñado a discernir lo que le hizo caer y lo que le ayudó a levantarse.

¿Qué haría un general que confiase sólo en sus fuerzas y número de soldados? Si la estrategia no lo acompaña; si no mide las distancias sobre los planos militares; si lleva sus tropas por flancos descubiertos para el enemigo; si no atiende las indicaciones de los vigías, sus tropas serán atacadas por el enemigo, que en menor número, pero cubierto por la prudencia de su menor poder y tendido en guerrilla, le hará en el grueso del ejército terribles bajas y llegará un momento de desmoralización; entonces las guerrillas harán un movimiento envolvente y les infligirán una terrible derrota; aunque éste vuelva luego sobre sus pasos y conquiste las posiciones al enemigo, no recibirá laureles ni recogerá el premio de la admiración, porque sólo logrará lavar la mancha del deshonor de sus armas.

Sin embargo, será un poco más tarde aquél un buen general, porque ya no confiará en sus mayores fuerzas, sino que será la prudencia la que consulte, antes de dar un paso y así logrará rehabilitarse en medio del dolor que siempre le causará aquel triste episodio, donde por su orgullo cayó en la imprudencia de presentarse al enemigo en flanco descubierto; esto es ignorancia que no tiene después, porque el dolor, la derrota, la caída de sus soldados, le hicieron llorar y aprender prudencia y ser más estratega que orgulloso confiado.

Mas ese general lloró, pasó dolores, se avergonzó y luego con menor número de soldados conquistó las posiciones del enemigo; todo esto ¿por qué? Porque en él hay ahora, por la prudencia, más amor de patria y de familia, que son sus soldados y aun amor propio; todos esos amores son legítimos; pero hay aún otro amor que dormía y el sufrimiento lo despertó: es el amor de su espíritu, que en el orgullo de su sabiduría prudente y esa derrota que hizo llorar y sufrir al orgulloso y pagado general, le dió suelta al espíritu y lo llevó entonces a la victoria con menos número, menos medios y menos orgullo, pero con más prudencia y sabiduría (que es arma invencible); aun cuando fuese derrotado en esas condiciones, recibiría gloria; habría sido un héroe, como lo fueron todos los guerrilleros que le infligieron antes tan terrible número de bajas.

He aquí un ejemplo vivo y vulgar, de las causas del sufrimiento del espíritu en los mundos. Filosofemos en él.

Los dos jefes de los ejércitos combatientes, son dos espíritus; el de los guerrilleros ama con prudencia; es sabio; sabe que el enemigo es superior en fuerzas brutas y para vencerlo, tiene que desplegarse en pequeños grupos que hacen más difícil el blanco en sus soldados; en tanto que el otro, ama también, pero con imprudencia y es ignorante; no sabe "que no hay enemigo pequeño"; confió en su fuerza bruta y no sabe que ésta es limitada; en una palabra, descubrió toda su luz, opaca sí, pero toda la que tenía de su amor y el enemigo se bañó en ella y la obscureció con la mayor intensidad protegida y aumentada por el reflector de su prudencia, que la sabiduría le proyectaba; es decir, uno llevaba toda su luz como lámpara libre, que en un corto radio alumbraba demasiado y un poco más allá se hace opaca, hasta no ser suficiente luz para trabajar; el otro, con menos potencia en realidad, la distribuyó en chorritos que salían diminutos, de un centro que, si el enemigo quiere hacer blanco, una bala sola cubre el orificio, pero ya sabéis que eso es difícil; pero como aquella tan diminuta salida está aumentada su intensidad miles de veces por el proyector que envuelve el grueso de la intensidad y el proyector está graduado por la sabiduría, de un chorrito de dos centímetros de diámetro que le ofrece al enemigo como blanco, va aumentando en su curso hasta miles de metros de superficie y envuelve al enemigo en su luz y hace blancos certeros y triunfa. ¿Quién triunfa? No es la fuerza bruta; es la prudencia; es la sabiduría que ama en verdad y ésta, jamás puede ser vencida, porque la sabiduría no tiene prejuicios sabe que no hay enemigo pequeño y sabe, primero, quitar los efectos para luego quitar las causas; porque sabe, que arrancar un árbol (es decir, matar el árbol) no es cortarlo; hay que sacar el tronco y la raíz; de lo contrario, cuando menos piense, verá que de un árbol, han nacido muchos árboles y más frondosos que le darán mucho más trabajo, que hubiera evitado sabiendo que no bastaba con tronchar el árbol, sino sacar y secar la raíz; esto es prudencia, pero también es sacrificio, porque hay que trabajar mucho más para sacar la raíz que para tronchar el árbol; y como sacrificio es el amor, éste, cuanto mayor es, más sacrificio impone; pero es llevadero y animado por la sabiduría.

¿Queréis batalla más desigual que la de los 29 misioneros voluntarios que vinimos con Adán y Eva para salvar la tierra? Oíd y anotadlo bien. Había en la tierra encarnados, más de dos mil millones de espíritus; el más civilizado, era como el más bestia de hoy; y cuidado que aún los hay como hipopótamos; baste deciros que aun hoy hay antropófagos y eran, un poco, muy poco más civilizados que cuando los habéis visto salir de aquel mundo fragua, el primitivo; y recordad para esto, que poco antes, la tierra, avergonzada hundió en las aguas un gran continente, la “Atlántida”, porque en lo que habían adelantado mucho (hasta donde mundo ninguno llegó) fué en el refinamiento del crímen y del vicio, hasta preferirse los hombres a los hombres.

El número de encarnados es, aproximadamente, la milésima parte de los espíritus de un mundo, en los de expiación; y así, el cómputo aproximado de seres individuales (espíritus) era de dos billones; había en la luz una pequeñísima parte (un diez por ciento como máximum), y éstos no eran aún trinos; eran dúos conscientes; pero los agregamos a nuestro favor (como obreros a quienes podríamos primero señalar) y así tendremos, un billón ochocientos mil millones de espíritus y hombres fieras. Mas agreguemos tres mil quinientos millones de desterrados que habían caído de Neptuno, los que eran supremáticos y orgullosos, materializados, en tal grado que aun algunos han sido reincidentes en el juicio de la tierra y han sido sentenciados a segunda muerte (como entienden los teósofos), yendo a dar con su orgullo y odio al mundo de prueba; tal eran aquellas piezas.

En suma, que descontando lo terribles que habían de ser las luchas con los sabios en el mal desterrados a la tierra, teníamos un número de dos billones ciento cincuenta mil millones de seres fieras que habíamos de hacerlos, hombres conscientes y hacerles pagar las deudas de los anteriores mundos y las creadas en la tierra, en un perentorio plazo de 57 siglos en los que habíamos de llegar a formar mayoría de cuentas saldadas y de reconocidos en la ley de amor, para así arribar al juicio de mayoría que pide la ley.

De modo que éramos, en números redondos, uno para setenta mil millones. ¿ Puede darse lucha más desigual? Pues con toda esa horrorosa desigualdad, hemos llegado al juicio con inmensa mayoría y no había vencidos; todos fueron vencedores de sí mismos, porqué a todos les enseñamos la estrategia; les iniciamos en nuestros secretos de prudencia, de amor y sabiduría; para lo cual nos desplegamos en guerrillas sobre el enemigo y nos entramos en sus filas, hasta dejarlos en cuadro.

Pero es que nosotros habíamos librado ya esas batallas en otros mundos y la pericia nos ayudaba. Y, aunque en los primeros siglos sucumbiéramos en nuestras materias y participáramos de los vicios de la materia (como no había más remedio que imponernos ese sacrificio) ahondamos en la tierra hasta sacar y secar la raíz del árbol de ponzoña, dejando ya gérmenes de la nueva semilla que iría desarrollándose en toda la heredad que se nos entregaba; para lo cual y aprovechando las mismas armas del que veníamos a vencer, nos multiplicábamos y extendíamos nuestra raza por todo el mundo, arrancando unas plantas por inservibles e injertando en las que eran a propósito. Luego correríamos a destruir el cigarrón que se pegaba a la lozanía de los injertos, lo que hicimos con Faraón, con la Grecia y Roma, llegando entonces a lo recio de la batalla de escardar la cizaña, porque la siembra ya se había completado; llegaron para esa terrible escarda, Juan y Jesús, cuya labor duraría el terrible día sexto, 19 siglos, en los que corrió la sangre a grandes ríos, de las heridas que recibían los obreros de las espinas que debían arrancar para la llegada del segador con sus grandes cuadrillas de hoceros; y en su hora, sin faltar un segundo a nuestro compromiso, los 29 Misioneros llevamos el trigo y las uvas y las demás frutas a los lagares y graneros del propietario, cuya es la tierra, con lo que fué inventariada ya, entre los jardines y las moradas de paz y luz.

¿Cuáles fueron las causas de nuestros sufrimientos? Nuestro amor y la ignorancia de los hombres; únicas causas del sufrimiento del espíritu. Sufre el ignorante, por sus yerros; y sufre el sabio, en su amor, por la ceguera del ignorante. En estas dos causas encontraréis siempre los grandes hechos y las grandes hecatombes; pero tened presente que la prudencia es valor y la temeridad una locura sólo de ignorantes; así, no ataquéis jamás todos los defectos a la vez, porque ellos son la fuerza bruta y seréis vencidos; atacad sólo un defecto, con constancia, hasta secar la raíz; luego otro, después otro y así triunfaréis de todos los miles de millones que tengáis, cómo hemos hecho nosotros los 29, luchando cada uno contra 70 mil millones y los hemos ganado, siendo nosotros los vencedores y no sois ninguno vencido; pues vosotros sois esos mismos que, si nosotros contamos el triunfo de todos, vosotros lo contáis sobre vosotros mismos. Ahí aprended sabiduría bajo la luz del “Electro Magno”, mi credencial de juez, pero premio de los 29, e insignia del secretario del gran Eloí, propietario de esta morada a la que llega en amor, y como a su casa común, llega toda la cosmogonía con todos sus progresos y en todos los instantes en su vibración, Eloí.