PÁRRAFO III
¿QUIEN OPERA LA CREACIÓN DE LOS MUNDOS?

Aunque en la apariencia sea la ley de afinidad la que crea los mundos, como ésta es sólo la voluntad de la universalidad de los espíritus del infinito, custodia de la ley de amor que es del creador, la acción de creación de los mundos, es ineludiblemente del espíritu y luego del hombre.

Hemos visto las maravillas que concurren a la formación de nuestro mundo y todos pasan por la misma ley porque ésta es sólo una. Hemos contemplado el esfuerzo máximo para producir al hombre con tanta maravilla y, si queréis, con tanta belleza abrupta. Si el hombre no estuviera, ¿sería un mundo? Para vivir y ser un hombre, es necesario que el hombre sea completo, es decir, que viva en su trinidad: porque sin saber que es trino, no es hombre, porque no es sabio; y porque no es sabio, no es omnipotente; y lo hemos visto vencido por las pasiones, que antes, en los animales en cada uno, eran sólo un instinto; luego el hombre es hombre, cuando vive su trinidad. Tarda mucho el hombre en verse trino, aunque está envuelto en él el espíritu; pero está aprisionado, está esclavo, no tiene acción, no es el hombre; lo es, cuando el espíritu se liberta de su esclavitud y hace que el cuerpo y el alma, vivan cumpliendo su deber, sin que el espíritu sea estorbado en su obra de sabiduría.

Así, el mundo, antes de aparecer el hombre, no es un mundo, porque le falta la obra maestra que le dé el digno remate de la obra; le falta la sabiduría, el discernimiento, la obra del hombre, que es su corona; en tanto, es el feto de un mundo; es la obra levantada de toscos materiales, pero inhabitable porque le faltan el revoque, la arquitectura, los suelos y los muebles; no es una casa, es la obra de la casa, que lo será cuando el arquitecto la haya revestido y decorado. Esto no lo puede hacer la naturaleza, ni aun el espíritu por sí solo; necesita del cuerpo del hombre, con cuyos miembros, el espíritu, obrará su sabiduría.

Es cierto que todo concurre a la creación de un mundo; pero también a una obra concurren materiales y herramientas; pero éstas no se mueven, ni las piedras y ladrillos se ponen y sobreponen en simetría por sí solos, sino cuando el obrero maneja las herramientas y los coloca; pero ni aun esto hará bien, si antes el ingeniero no distribuyó el terrero y no dió las medidas conforme a las necesidades, midiendo la resistencia de los materiales para la estabilidad de la obra, sin cuyas paredes, el arquitecto, no podría dar vida, arte y belleza.

Si yo cavo la tierra o manejo los instrumentos de mis oficios y me muevo, o escribo, ¿es debido a mis brazos, pies, ojos u oídos? Es debido a mi inteligencia, que hace voluntad y conciencia.

Pero ¿de quién es la inteligencia? Los animales no la tienen; los materiales tampoco, ni aun el cuerpo del hombre cuando es cadáver, o está durmiendo; luego la inteligencia del hombre, es del espíritu; y así, la obra, es del espíritu.

Mas, ¿puede el espíritu obrar sin materia? El no tiene pies, brazos, ojos ni oídos, ni aun cerebro; las obras de los mundos son materiales y necesitan brazos, pies, ojos y oídos; entonces, el espíritu no puede hacer nada sin materia, en lo material, que son los mundos; pero, por su sabiduría, de la materia se hacen los cuerpos, preciosa herramienta para su obra; por lo tanto, la obra material es de la materia; pero con la inteligencia del espíritu; por la sabiduría; y con la omnipotencia que le fué dada sólo al espíritu.

Pero si él es el director no puede prescindir de las herramientas y los materiales, sino que ha de dar formas y belleza con esos materiales. En una palabra, ha de demostrar la vida tangible e inteligente, lo que hace, que el premio le corresponda, porque, si la inteligencia es el todo y ésta es del espíritu, la obra de los mundos y las cosas del mundo (entre cuyas cosas el conjunto es el cuerpo del hombre) es completamente del espíritu; y así el que opera la creación de los mundos, es el espíritu, antes y después del hombre.