CAPITULO SEIS
LAS RELIGIONES.

Párrafo I
Las religiones causa del desconcierto

Cuando la raza adámica tomó posesión de la tierra, esta, no solo estaba enteramente poblada, sí que también dividida aun más que hoy y con tantas adoraciones como dioses y con tantos dioses como religiones; y eso que hemos visto que un estado o un reino lo componía una sola ciudad y aun una tribu.

De esto se originaba una continuada y encarnizada lucha y todos los dioses se mantenían de sangre de sus contrarios; por lo que, los antropófagos se encontraban en todas partes.

La religión fue la causa de este desconcierto, y cesó un tan­to en la unión de las religiones todo el oriente bajo el lema de un Dios único, que proclamó Adán y los suyos, por la ley de su hijo Seth en el gran Manú.

En Egipto existía entonces y mucho siglos antes la religión fúlica o del fuego, que bajo diferentes nombres tenían casi todas las religiones de algún respeto.

Pero Adán entonó cantos más humanos, que se conservan mas o menos inéditos en los Vedas, Arios y Brahmanes; al Budismo hizo símbolos de la trinidad, no de Dios, sino del hombre, porque el hombre es trinidad en cuerpo, alma y espíritu, y Dios es uno y único, y Adán lo sabía como lo dice Abraham en su testamento y así lo proclamó y sentó Shet, hijo de Adán.

Al dar la ley escrita al pueblo que conservaba la creencia de Dios único, aunque desfigurada por el curso de la tradición y por el cautiverio que sufrió en Egipto, cumpliéndose la promesa de Hellí hecha a Abraham en su testamento y concierto, aquel pueblo, regido por sacerdotes, no les pareció muy halagüeña a estos la ley que dio Moisés que solo es de amor, e hicieron nuevas leyes y los sacerdotes siguieron la ley de ellos y no la de Moisés.

La Ley que escribió Moisés, la vio escrita en dos grandes tablas o paginas que se habían formado en el espacio, escritas por los espíritus de Hellí sus consejeros. Moisés dio el escrito cual lo había visto, con una sola modificación que fue un agregado de dos manda­mientos que tendían a reprimir el vicio y la posesión de bienes en particular, lo que equivalía matar la supremacía y establecer la Comuna, sin cuyos principios no se puede cumplir el sagrado mandamien­to de “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como así mismo”; por lo que, Moisés, al presentarle los reglamentos y ritos que escribieron los sacerdotes y ancianos que eran los jueces, no los quiso firmar ni los acompaño más; lo que significa declararlos prevaricadores.

Acaba de darse la Ley de Amor y los supremáticos se oponían a éste amor, con el famoso y criminal apotegma de “ojo por ojo, dien­te por diente” para todos los que no acataban su imposición; Y como toda violencia exaspera, las contiendas no tuvieron fin durante el reinado déspota de los sacerdotes, en 17 siglos de la ley mosaica ya mal llamada así.

Durante este tiempo vinieron grandes espíritus a vivir entre aquel pueblo con el nombre de profetas, y ninguno prevaleció a la in­triga de los sacerdotes que se abrogaron hasta el derecho de ungir a los reyes y solo ellos tenían derechos; todos los demás hombres, eran esclavos. Habían llegado las infamias y el despotismo de los sacerdo­tes al máximun y se decretaba en Sión (mundo donde reside el Consejo del Padre) redimir a la humanidad por el amor y la justicia, predicho antes por los profetas y descienden a la tierra un gran número de misioneros; pero de ellos, tres, formando trinidad, que atrofiarían con su fortaleza, sabiduría y amor la batalla y derrumbarían aquella religión y sacerdotes prevaricadores.

Estos tres personajes son María, llena de amor; Jesús, lleno de amor y sabiduría, y Juan, lleno de celo y fortaleza, siendo Juan el de descubierta, que fue degollado por Herodes; Jesús crucificado por los sacerdotes; teniendo, por esto que afrontar María las penas inenarrables por amor a la humanidad.

Hay dos personas mas que nombrar que entonces vivían y que Jesús, en su espíritu, sabía que estaban; pero que por la ley de justicia del Padre, en su materia, no conocía quienes eran, porque era secreto del consejo de Sión que sabia que serian testigos de los hechos para su justificación y dar testimonio en su día, que seria el de la justicia.

El primero de estos personajes era Pilatos, que antes fue Servio Tulio, que había descendido ahora para ser Juez en verdad, pues se preveían los hechos que ocurrirían y ocurrieron; por esto el gran empeño de Pilatos de salvar a Jesús, declarándolo tres veces, inocente y lo retiró a sus habitaciones, le dijo; “Jesús, si quieres salvarte, puedo levantar las armas, y defenderte; Sal por esta puerta, y marcha a predicar fuera, si aún crees que puedes triunfar”. Jesús le contestó; “No veo ya necesidad de huir de la justicia de los hombres, y si yo me libertare te arrastrarían a ti; así es que cúmplase la ley”. ¿Sabéis quien fue Pilatos? Pues es el espíritu de Verdad que el mismo Jesús había anunciado y que presenciaba los hechos, para justificar a Jesús y juzgar en justicia en el día de la verdad.

El otro personaje también era un testigo de vista de los hechos, pero más intimo con Jesús; era su hermano carnal y como el hijo de María y José; se llamó Jaime y siguió las predicaciones de Jesús, siendo mas tarde el jefe del apostolado que paso a España, sosteniendo pura la doctrina y recibiendo el último beso de amor al expirar aquella madre todo amor y ternura, y aquel beso lo trae hoy para dárselo a la humanidad.

Jaime es el último de los 7 hijos de María habidos con José y el hermano de Jesús, su apóstol en España.

Hay otros personajes que fueron testigos de vista de los hechos y en compañía del Juez, han venido y componen el tribunal, porque en la justicia del Padre así era de necesidad que fuese; porque el Juez es el que fuera Jacob, que pronunciara la palabra. “Cristo”, que dice peligro, y que siendo un símbolo y un mito, en los consejos del Padre se sabía que, otros sacerdotes, al cristo lo harían Dios y con él se mofarían de Jesús en una religión, y en otra se lo agregarían apócrifamente, anteponiéndolo al Dios de Amor.
En efecto ha sucedido así; con la muerte de Jesús caía fulminada por la justicia del Padre la falsa ley de los sacerdotes de la religión mal llamada mosaica, porque Moisés no fundó religión y porque no observaron su ley, que era de amor, y Jesús cumplía el mandato de Moisés y con esto el principio de su obra; por el y sus apóstoles es predicada pura la doctrina que él les diera; pero pasados los dos primeros siglos y ya no existiendo los apóstoles ni los discípulos directos de los apóstoles, los sacerdotes, ahora ya cristianos, que habían empe­zado a darse títulos y honores que no se dieron los apóstoles, hicie­ron una alianza con las otras religiones que conocían las doctrinas de Jesús, que comprendían que eran más avanzadas y que encerraban la verdad porque se asentaban en las Doctrinas de Set, sí un tanto veladas más al descubierto que las doctrinas que ellos tenían, y accedieron al pedido del pontífice de la nueva Iglesia, en el deseo de unificarse y recibir todas las palabras de Jesús, como era prometido por Manuel Primero. Pero éste tomó de todas lo esencial que tenían de supremacía y olvidó en todo la moral de Jesús; desfiguro las escrituras que los apóstoles de Jesús escribieron y agregó al nombre de Jesús el de Cristo, llamándolo Jesucristo; lo hacían nacer por obra extra del Espíritu Santo, sacando de la ley natural a Jesús, a Maríay a José; sus padres legítimos en la carne, instituyó todos los sacramentos que bajo otras formas tenían las otras religiones, llegando hasta donde nunca se llegó en maldad; haciendo una trinidad irracional de Dios y estableciendo la adoración más infame a Jesús que en todos los sentidos es absurda, porque se llega por ella al desconocimiento del Dios único y verdadero: El Creador, Padre y no Dios.

La historia de esta Iglesia Cristiana es la página más degradante que tiene la humanidad de la tierra, tras de la cual sólo podía venir el juicio final de la tierra; Y vino y sé declaró el Espíritu de Verdad a los hombres y el Anticristo, Autor de la palabra Cristo, porque la hicieron Dios, destruye el Cristo, salva a Jesús, rehabilita a María en la ley general de los seres y de sentencia a los espíritus y a los hombres, quedando hecha la justicia del Padre y cumplidas las profecías de todos los profetas misioneros y Mesías hasta Juan y Jesús, cumpliéndose en todas sus partes el testamento de Abraham.

Párrafo II
Comprobaciones por sus hechos.

Todas las religiones llamadas positivas tienen una página negra y de sangre, ocasionada por la concupiscencia y supremacía. Todas han tenido y tienen en sus códigos, pero sólo en letra, el principio salvador del alma humana; pero esto solo para aprovecharlo como de­fensa de la supremacía de los sacerdotes, que en todas las religiones se han llamado ministros de Dios; cosa que el Padre no ha concedido a nadie, porque el no tiene hijos privilegiados.

En todas las religiones vemos que el objeto de sus ministros ha sido y es el dominio de los demás; librarse ellos del trabajo y rebajar a la mujer quitándole todo derecho, no dejándole más que el de ser madre, y esto con desprecio, convirtiéndola así en bestia destinada al placer.

En todas las religiones fue y es su arma principal la ignorancia de la mujer y el error de los hombres, haciéndolos participes los sacerdotes del falso conocimiento de la inferioridad de la mujer; la que para conseguir algo de sus tiranos, tenían y tienen que humillarse presentando al mismo tiempo sus encantos y sus hijos, e invocando el nombre de Señor; esto siendo joven y bella, que no teniendo grandes atractivos y siendo ya, no digo vieja, sino en la edad madura, esta debe recluirse al olvido, al encierro dentro de sí misma; al no ser.

En todas las religiones fue y es el acaparamiento de riquezas, sin producirlas, su móvil y su fin, porque con ellas se imponían a los reyes y se mutilaban unas a otras religiones, porque una vez fanatizado el hombre, se acometieron como fieras y se destruían, llevando sus riquezas y siempre un botín de esclavas mujeres jóvenes y hombres robustos; viejos y niños de ambos sexos, cuando no eran pasados a cuchillo, eran abandonados a la mayor miseria, que aún por dichosos se podían tener los sacrificados, que acababan sus sufrimientos en un momento de horror.

Todo esto debió acabar en el tiempo que fue dictada la ley de Moisés, en que el Padre ya tomo parte descubierta hasta por letras en las cosas de sus hijos, que habían prometido reconocerlo y confesarlo al tomar posesión de la tierra; pero que no habían cumplido porque encontraron goce en la carne de la cual habían hecho un Dios, a no haber habido sacerdotes que sembraran odio entre unas y otras religiones y entre la mujer y el hombre.

Pero el Padre, por sus hijos de progreso, ha ido refundiendo todas las religiones y fusionándolas en el menor número posible, no existiendo. En la actualidad mas que dos que tengan preponderancia, que son el Budismo y el Cristianismo; porque aun hay otras muchas, son racimos de las mismas uvas y bajo diferentes formas obran igual..

Mas de estas dos el Budismo tiene el principio sano que trajo Adán y escribió Set; pero envuelto en la barbarie primitiva por los sacerdotes, que llevan sus cultos a lo más grotes­co e irracional; el cristianismo tiene aquel mismo principio bajo la ley escrita por Moisés; Pero con todas las leyes de sacerdotes y reyes de aquel periodo que la anulan por completo, lleva también, pero del todo corrompidas, las manifestaciones de Jesús, envolviéndolas en dogmas y misterios alrededor del Cristo, que Jesús venia a derribar y derribó moralmente, hasta que lo resucitaron los sacerdotes en el siglo IV de ésta era apócrifa, con el engaño a todas las demás religiones que facilitaron sus textos y aun firmaron la alianza, en un deseo inspirado por los espíritus de progreso, de unificar, todas en una sola doctrina, en la base de la de Jesús, que se conocía en conjunto en toda la tierra hasta en la del Budismo en la India, donde la llevo Tomás.

La religión, ya católica desde principios del siglo IV, aprovecha unos y otros principios y no cumplió su compromiso haciendo un código de unión, sino que se abrogó toda la supremacía, haciendo un código de artículos de fe ciega. Y las religiones que esperaban el Código de unión, recibieron legiones de soldados que les llevaron guerras con el nombre de cruzadas y aún no han acabado aquellas luchas en el presente. Por lo que la dominación de la Iglesia católico-cristiana es la única responsable de todos los males que afligen y han afligido a la humanidad toda de la tierra desde el año 12 del siglo IV que sé in ció la alianza, firmándose en Constantinopla el año 325 después de Jesús.

Desde aquella fecha, aparte de las innumerable guerras que ésta despótica Iglesia, en nombre de un símbolo apócrifo y vergonzoso como es el Cristo, llevo a todas partes, levantaron patíbulos y encendió. hogueras que eran alimentadas por cuerpos humanos, cuya horripilante historia es el baldón de la humanidad, que anestesiada por el veneno del error de los pontífices, presenciaba impasible esas escenas, llegando a acusarse padres a hijos y esposos a esposas y hermanos a her­manas; y para llegar a este extremo, inventó la bajeza mayor que se puede imaginar, que es la confesión auricular, dicen que secreta, pero no lo es, con la que esta en posesión hasta de los pensamientos íntimos del esposo que la esclavizada mujer dirá al sacerdote, porque a esta no se le ha dado mas instrucción que el terror del infierno, que no existe más que el que ellos crean en las conciencias que al fin estallan en el odio, la venganza, el crimen y todos los vicios que los sacerdotes enseñan y fomentan practicándolos ellos, como demostré en el capitulo “El celibato”, de éste Código, y en el estudio de las religiones del libro “Buscando a Dios y Asiento del Dios Amor” y confirmado en las manifestaciones de los espíritus en la “Filosofía Universal”. Lo que prueba que las religiones, son la causa del desconcierto universal; pero que la católica-cristiana es responsable como entre todos por lo que no ruede existir un momento mas, según el decreto del Padre dado en los Consejos de Sión; y con la desaparición de esta, desaparecen las demás, que viven solo por antagonismo, y porque son sostenidas por los espíritus de amor, para evitar la mayor degradación que llevaría a sus dominios la religión cristiana, sirviéndole así de freno a sus concupiscencias.­

Por tanto, es obra de amor y necesaria a la proclamación del amor, ley del Padre, la anulación de todas las religiones, porque todas han prevaricado del principio santo del amor, único significado de la ley del Sinaí, la que manda adorar a Dios como lo predicó Jesús, en espíritu y verdad; y a los hombres como hermanos que somos por el Padre común; cuya bandera enarbola el espiritismo, en el que se adora al Padre en el templo infinito del universo, desde el altar del corazón, teniendo como único sacerdote la conciencia, que no pue­de prevaricar; siendo, toda la doctrina, una sola palabra: ; Amor; : todos sus ritos; Amor y todo su culto; el Amor.