CAPITULO TRES
La procreación de los seres

Párrafo I

Ya estamos frente a la cuestión inabordable hasta hoy para los códigos, por los que han hecho de media humanidad un esclavo, un juguete, a pesar de que sin esa media humanidad no podría haber nacido la otra mitad que se quiere creer superior y apropiarse derechos que son comunes a la humanidad entera.

El hombre está en él más grave error; pero la culpa, en todos los tiempos, la tienen las religiones, desde la más primitiva hasta la más moderna; pero la mayor culpa es de la Judaica y luego de la Cristiana, que se les había dado el secreto y el principio santo.

Porque Israel torció su derrotero, vinieron Juan y Jesús y hablaron suficientemente claro, y por sus prédicas, la tierra, ha llegado al alto progreso material y espiritual, que le permite marcar el día de la luz; el reinado del espíritu y la paz imperturbable, que llega y en cuya aurora estamos, porque la Ley de Amor se ha proclamado.

La doctrina de libertad y amor de Jesús, que era la repetición de anteriores mesías, porque otra doctrina ni otra ley no tiene el Creador y no se puede, por lo tanto, predicar otra por ninguno de los enviados del Padre, ni el Espíritu de Verdad da otra (aunque éste las desentraña hasta anatomizarlas para su inteligencia), se predicó, con la claridad que la cultura de aquel tiempo lo permitía, solo dos siglos incompletos; pero fue lo bastante para que en el espíritu humano arraigara, la semilla y en su día daría el fruto; cuando la inflexible ley de los afines reuniera las cosas en su punto.

El espíritu tiene el libre albedrío; pero la ley de justicia tiene acción también. Cuando la ley de afinidad le marca el momento, obra: y en su poder, lucha con su opositor y la libertad no se coarta, pero en la razón lógica, la afinidad reúne lo homogéneos y se libra la batalla de principios, en la que la verdad, que lleva el solo principio “Amor” ha triunfado siempre en todos los mundos y triunfará eternamente; pero la materia (que no es insensible como piensan los hombres), aun siendo regida por la misma ley suprema que el espíritu, no se somete hasta que adquiere conciencia y se identifica en su alma con el espíritu y entonces se somete aquélla a éste y le sirve; y la materia entra en la luz del espíritu y adquiere fortaleza y virtud y nace, de su conversión, el sabio y el héroe.

La causa está en que la materia es la esencia (hablo del cuerpo del hombre) de todas las materias minerales, vegetales y animales, reunidas por una envoltura conocida con el nombre de alma, que aunque fluídica, no tanto que sea invisible en absoluto, en la cual entra y se envuelve el espíritu que debe hacer sentir el amor de que él es formado, a aquella dualidad que, a pesar de ser, la una, esencia de las esencias que componen la parte tangible, pero que no podrían sostenerse ni mantenerse agregadas aquellas partículas tan heterogéneas de que se compone el cuerpo, si el alma, esencia de todas aquellas esencias, y que se forma del sentimiento o instinto de todas las materias que concurrieron a formar el cuerpo de los primeros hombres, no fuese homogénea; y que lo es, porque el instinto de todos los reinos de la naturaleza son una sola y misma cosa; y como esto está regido por la ley de afinidad, se mantiene y sostiene en un cuerpo que llamamos hombre, resumen del universo todo, con su creador dentro.

Un verdadero MICROCOSMO del gran MACROCOSMO. Esto es el hombre.

Pues bien; a pesar de su hechura y caminar erguido, mientras sea nada más que esa dualidad de cuerpo y alma, es sólo un irracional y como tal obra, no reconociendo superioridad y siguiendo, como es natural, todas las inclinaciones de sus componentes, que son irracionales; pero se moverá, consumirá, procreará por instinto, porque lo lleva en su germen. Pero ha llegado el tercero; el efecto del amor de la sabiduría; la esencia de las fuerzas y vibraciones del Creador, y se envuelve en el alma y hace la verdadera trinidad, compuesta todo de la misma cosa, pero transformada por evoluciones innumerables, que se sienten y se comprenden y se aclaran en lenguaje espiritual y todos los espíritus de luz lo saben y todos se lo comunican; pero la palabra falta entre los terrenales para pronunciar la última; la tenemos en nosotros mismos y la descubrimos cuando llegamos a la sabiduría; pero es en vano que, como hombres dúos, queramos penetrar ahí, porque es sólo del espíritu y no corresponde a la materia; pero no es un misterio, porque el espíritu sabio lo sabe y cada segundo se nos muestra en el nacimiento de cada hombre, porque la procreación es el fin primordial de las fuerzas del universo, la que es imposible sin el amor.

No se te dirá nada más avanzado que éstas palabras, ¡hombre de la tierra!, porque no caben en las celdas de tu cerebro; pero no has llegado ni siquiera a empezar a estudiar la parte rudimentaria, aunque le has corrido todo ese problema laberíntico, y nada te has atrevido a afirmar, porque te faltó amor verdadero; porque no has creído en el Dios de Amor, por el prejuicio de religión que envenenó a la ciencia poniéndole valladares, hasta que la ciencia misma de los hechos te demostró que te habían dado un dios hechura de las religiones que te empequeñecía. Ahí empezó el hombre a sacudir el polvo de sus ojos; pero el prejuicio en todo encontró y se fijó un Dios en la materia, que necesariamente lo adelanto en su progreso, pero le dejo vacíos y empezó a oír alguna voz, aunque lejana en su conciencia, y vio el hombre que nada hay vacío en el universo y ya, la tierra, no era ni el centro, ni el todo de la Creación: ya era el hombre más grande, pero se necesitaba tiempo y el tiempo llegó al limite que marcó la ley de los afines y el hombre de la tierra llega a la luz del espíritu.

¿Cómo apareció el hombre, sobre la tierra? Hombres de ciencia han hecho hipótesis y metamorfosis; ha habido un momento que la humanidad corrió el peligro de querer descender de un animal. No, hermanos míos, no. Aunque el hombre apareció como todos los seres irracionales de las entrañas de la tierra en su cuerpo y alma, recibiendo el impulso y el calor del espíritu, el hombre apareció hombre, compuesto de su trinidad.

El tiempo no importa; aquí el tiempo es la eternidad; el siempre presente desde que apareció, hasta que sea capaz de ir a mundo más hermoso que la tierra; habrán pasado muchos siglos, pero no habrá pasado ni un segundo de la eternidad; cada mundo tiene seis días, épocas o epopeyas de trabajo y uno de usufructo de su trabajo, para luego empezar, por la transformación, otra nueva etapa que será la misma vida en progreso en formas diferentes, por la belleza; no en la constitución.

Las humanidades tienen lo mismo seis días de trabajo y uno de usufructo en cada mundo; en cuyo Séptimo llegan a la perfección que puede dar ese mundo, y el progreso y la ley de afinidad impone la emigración y ocupación de otro mundo, en el que hay que empezar de nuevo, pero principiando por donde acabaron en el que dejan y así hasta el infinito. ¿Cómo apareció el hombre en la tierra?

Párrafo II
Cómo apareció el hombre en la tierra

Ya he dicho que, el prejuicio ha sido la traba de la ciencia; sólo diré ahora que, sin el prejuicio, la física y la química hubieran encontrado el cómo el hombre apareció sobre la tierra; mas ya pasó todo eso que estaba en justicia de las cosas y ha pasado y pasará en todos los mundos, hasta llegar a la luz por el propio esfuerzo del hombre; porque, el Padre, no da nada de gracia a nadie; lo pone todo a nuestra disposición y en su amor por igual a todos, quiere que lo conquistemos.

Ya he dicho también que el tiempo no importa (1), porque la vida es eterna; y aunque contásemos millones de los años de nuestro mundo, estaríamos siempre en la misma hora; en todos los mundos, el tiempo es el mismo; sin embargo, nuestro vecino Marte, es su año doble que el nuestro; y un poco mas allá, en Tupon, centro de la 4ta. nebulosa, empezando de la Vía Láctea, nuestro año equivale a diez días suyos; pues con estas diferencias, aquí como allí, el tiempo es igual, siempre presente; y aquí y allí apareció el hombre de la misma manera y aparecerá en los nuevos mundos, que eternamente se crearán.

Ahora bien. El hombre es lo último que aparece en el mundo y no puede acaecer, hasta que los mundos se han estabilizado en su orbita y su grado de calor es conveniente y marca, en fin, el final de la quinta epopeya, época o día. No es un código el lugar de presentar estudios latos; pero me veo en la necesidad de decir una palabra y ésta desciende conmigo del centro de la sabiduría, para animar a las nacientes ciencias de verdad, las que han sido planteadas por espíritus de luz y progreso que encarnaron para poner el primer jalón recientemente, y detrás vienen otros con otro jalón. Mi palabra es esta:

La tierra está en creación, y le restan aún setenta y cinco mil años (75.000) para estar creada. Ahora, trabajar sobre esa base los que habéis venido a ello; porque el Juez, en ese punto (muy secundario por cierto a la vida del espíritu), no tiene más deber por hoy; pero habéis venido vosotros, geólogos, arqueólogos y astrónomos, a ello; que aun cuando sean cosas secundarias al espíritu, son de necesidad, porque complementan la obra de la sabiduría; y desde hoy, esas ciencias, son la A del alfabeto de la ciencia que corresponde al Séptimo día de la humanidad terrestre. Sois los primeros instructores del día de la luz, para las primeras lecciones del poder y grandeza infinita del Creador, cuyos hijos son. El juez os dice: Cumplid como buenos, porque sois misioneros, preceptores de la verdad en la materia, que sirve inexorablemente de base al progreso de las humanidades.

Ya en éste punto, digo: La tierra había sufrido los cataclismos inherentes a su estabilidad y no el máximo, que aun lo tiene que sufrir, pero en el último sufrido, del que una parte del globo voló a colocarse donde la ley de afinidad le ordenara, para servirle de reflector del sol en las noches, y de cuyo satélite se estudia tanto sin atreverse la ciencia a dar definitiva fe, porque no acude a recibir sus instrucciones donde debe la ciencia llenar los vacíos; pero ese hecho sucedió y se repetirá, porque la tierra ha de hacerse perfecta y necesita luz en su superficie, perpetua y propia.

Acaecido aquel cataclismo, por el que la tierra tuvo luz de noche, quedó envuelta totalmente en las aguas, desapareciendo todas las especies animal y vegetal, fundiéndose (diríamos así) todo en una misma y única cosa, como en realidad es, aunque veamos diversas formas.

De esta fusión empezaron a desarrollarse los mismos seres y cosas, pero en grado más perfecto y menos ofensivo; la vegetación abrupta pasó a la finura de la que hoy vemos y la tierra daba frutos que alimentarían al ser superior; al que por él habían sufrido todas aquellas catástrofes, porque el fin de toda la creación de todo los mundos, el hombre es.

Si la creación del hombre hubiera sido como han pretendido las religiones, nada de grande tendría, aunque Dios fuese persona como necesariamente tenía que ser para hacer el monigote de barro y soplarle para que anduviere y, luego, acordarse el artífice que necesitaba una compañera y hubo de hacerle una operación quirúrgica, arrancándole una costilla. ¡Pobre hombre y pobre Dios! Pero esto, a pesar de ser grande, es mucho menos grande que la ley de procreación que nos dio el Creador. No; esto no fue, porque no pudo ser; es contra la ley y la razón; pero sí es cierto que ha vivido Adán y Eva y muchos Adanes y muchas Evas a la vez, como probé y señalé en mi libro " Buscando a Dios". . Léase (2).

Ya he dicho que el cuerpo del hombre es la esencia de todos los componentes de los reinos de la naturaleza y que el cataclismo que he mencionado todo lo renovó; la ley de afinidad trabajaba para el cumplimiento máximo del fin de las creaciones parciales en la creación universal y reunió en el punto adecuado todo lo que pertenecía al surgimiento del rey de un mundo, y no uno, ni una pareja, sino por millones juntas y en todas partes sólidas del globo.

¡¡¡Cómo!!!... Oigo tu palabra impaciente, hombre grande hoy y pequeñito en tu aparición; no te asustes, bendice al Padre en su infinita sabiduría... Cayeron árboles añosos... y... aparecimos a la faz de la tierra y el sol nos reanimó. Llorad de alegría y cantad un hosanna al Padre, porque sois grandes aunque nacisteis como gusanillos, pero hombres; con el germen de todo lo que somos, y no nos hemos arrastrado, no, como los reptiles, ni andando en cuatro patas. Cayó el árbol y el sol nos reanimó; y en nuestra envoltura saltábamos derechos, ya que la capa protectriz no nos dejara en algún tiempo estirar nuestros pies, pero allí, envuelta, estaba la figura, la estructura y los mismos miembros que hoy tiene y tendrá el hombre.

Quisiera, hermanos míos, que pudierais ver todos, ya que muchos verán al leer lo anterior, el cuadro de la realidad, como mis hermanos mayores me lo han hecho ver y me lo presentan en este momento que lo escribo; sí. muchos de los que leeréis esto en los primeros tiempos, lo veréis y luego que reinará el amor, que vivirá la vida del espíritu, que poseeréis la sabiduría del universo, todos lo veréis.

Ya habéis pasado la impresión primera. Cómo ¡no ha de impresionaros, si yo soy el Juez y me impresiona! pero es la profunde sabiduría del Padre, el poder solo suyo, el amor con que lo hace y la precisión de sus leyes que, todo, todo nos lo entrega en la aparición tan maravillosa del hombre su hijo y que tan tarde lo reconoce.

Pero acabemos éste párrafo que necesariamente acaba con tantas y tan descabelladas teorías e hipótesis que no pudieron prevalecer, porque a nadie aun se le había autorizado a afirmar, porque aun, en la tierra y sus espacios, habla muchos perturbadores que no podían soportar la luz de la verdad, que en el juicio final han sido separados al hospital, para curarse en aquellos mundos primitivos, donde se curarán. Y tengan mis palabras (que son del Creador) la virtud de que de las tres generaciones que en la tierra hay sentenciadas, sepan aprovecharse y curarse en salud, porque la tierra es bella y recibe la luz de Sión; dejad los sistemas, los errores y los prejuicios, y os curareis. El árbol que sirvió de primera matriz para su nacimiento, en todas las partes sólidas entonces y adecuadas para la infancia de la humanidad, es el que conocemos con el nombre del árbol de la "Quina", que aun nos presta sus beneficios en la medicina, y en el cual debe la ciencia estudiarlo mucho y sacará provecho; éste árbol contiene casi todas las virtudes de su reino y las del reino mineral. El hombre ha caminado en la tierra; por lo tanto, desde su iniciación en el espacio, y tienen razón los que han considerado al hombre en los minerales y los otros reinos, como todas las otras cosas que mantiene la tierra; lo que no acertaban era a sacarlo de esos reinos y lo han considerado en todas las hipótesis.

Al caer el árbol, salían (me lo han mostrado) muchos en cada uno y machos y hembras, y tenían como unos cuatro centímetros de altura y envueltos con una protección verde, pero que era holgada y le permitía la vida (que la providencia no es nunca desprovista), y así andaban a saltitos albergándose en los troncos, y el aire y el sol era suficiente alimento; ésta primera generación tuvo rápido desarrollo y alcanzo unos 50 centímetros; su alimentación de frutas, y los árboles y las grutas, fue su refugio. Sintió en su tiempo la ley de la procreación que la ley le impuso; buscó la hembra, se unió y empezaron a dar seres semejantes, los nacidos de los árboles.

La ley de las afinidades da a cada especie todo lo que en su mundo hay que le pertenece, para que aquel producto del trabajo amoroso del Creador se perpetúe; y falta a la ley todo el que se substrae a la procreación, o bebe el néctar del amor, burlando a la ley, por cualquier medio de los que la maldad y la lujuria ha ideado y pone piedras en su camino que las tendrá que quitar y dar al Creador lo que en ley le impuso; pero esto es materia hoy algo más importante y grave que el descubrirle al mundo el modo maravilloso como apreció el hombre sobre la tierra; en ese cuadro se ve el amor extremo y la máxima sabiduría y enternece. El cuadro que presenciamos en la actual generación es horroroso y de la más degradante maldad e ignorancia, y la cólera hace estallar el corazón del hombre de amor. Y puesto que les he dicho a los hombres de las tres generaciones presentes, que se creen Dioses, por las maravillas y comodidades que el progreso de todos ha dado a la tierra dentro de las leyes que los rigen; del medio humilde pero maravilloso y natural que el Padre lo puso sobre la tierra, vamos a ver como él cumple y qué leyes le rigen en la actualidad y que es el fin de nuestras luchas quiméricas sobre el planeta.

Lo pasado, pasado está y condenado en mi libro "Buscando a Dios"; yo legislo el Amor, para las primeras generaciones de esta nueva era que acataron la ley y para las últimas de la vieja era del error a la que hemos juzgado y tengo que pedir cuentas en juicio personal, a los que ofuscados quieren sostener el error.

(1) Lo diré a su tiempo, en la historia de la tierra; pero hace 45 millones de siglos

(2) por necesidad hubimos de adelantarle al hombre la historia de la tierra y del hombre en el libro “Conócete a ti mismo”

Párrafo III
La procreación es Ley Universal

La procreación es el fin primordial de las creaciones parciales de los mundos y de la creación universal; su acicate, es el amor; su freno, la afinidad.

Cuanto mayor es la procreación (dentro de justicia) tanto más se agranda el amor; tanto más se progresa en todos los órdenes; y cuanto más se progresa, más grande hacemos a nuestro Padre, porque mejor lo presentimos.

Organizados los pueblos, todos han comprendido que la grandeza y riqueza comunal está en parangón con el número de habitantes de su suelo; y el país más pobre es, sin duda, donde más escasa es la población.

El aumento de la población lleva consigo la exteriorización de su poder y producción, teniendo los estados que buscar en otros países mercados a su mayor producción; así atrae la mirada de otros pueblos, crece su riqueza y une por el comercio, bajo un contrato, uno o varios países y llegan así al intercambio de intereses, de ideas y de individuos.

En esto, los hombres no ven la mano que obra tan sabiamente, porque la naturaleza, que obedece a las leyes de afinidad y justicia, tiende a romper las fronteras geográficas; y cuando por éste medio no lo consigue, promueve la emigración de individuos que crean familia en otros países que no son la tierra donde nació, y tenéis aquel hombre que ama los dos países: donde nació, están sus antecesores; en el que emigró, está el producto de su amor y su trabajo; a éste hombre no será fácil levantarlo en armas contra el país donde nació, ni contra el que tiene su descendencia, en caso de enemistad entre los dos países. Este es uno de los beneficios de la procreación.

Las guerras tienen su origen, siempre, en el fanatismo de religión y de patria; algunas veces por ambiciones desmedidas y siempre por el completo desconocimiento del fin de las humanidades, de la ley de los afines, de la justicia de las cosas, del amor en fin.

Pero nada hay que se oponga a la ley de afinidad al fin del tiempo; y ésta; que se le hace fracasar porque se desconoce el amor puro y universal, para convertirlo en amor impuro y pequeño, que degenera por necesidad en pasión y la pasión en crimen, caen los hechos de la ley de afinidad con mayor intensidad; no porque la ley sea capaz de una venganza, sino porque tiene que cumplir, inexorablemente, su deber; y como se le opuso el hombre, por su malicia, una y dos veces, esto se acumula y en la tercera se produce una hecatombe horrorosa, que apenas seria sensible sucediendo en tres veces.

Pero la ley es inflexible y, en su curso ordinario, obra en amor; al ser burlada su acción, en su día, obra en amor también, pero ya en justicia; al derroche sucede el hambre; a la ambición, el despojo; a la provocación, la guerra, las pestes y otros flagelos; al vicio y burla de la procreación, la despoblación; y, por fin, la desaparición del mapa de esa nación.

La ley, a tiempo, da muchos anuncios; si no es atendida una vez, decretado el cumplimiento, no se vuelve atrás; es irrevocable y ejecuta en todo su rigor la justicia y no pagan justos por pecadores, porque antes, toma todas las medidas, y por mil medios sacará del sitio de la catástrofe a los que no deben sucumbir en ella.

La ley, en todos los errores, es inflexible en la hora de la justicia; pero en la esquivación de la procreación, es inexorable, y sus castigos son siempre históricos; hacen época, como las ciudades del Mar Muerto; porque la procreación es el fin primordial de la creación de los mundos.

La naturaleza, al crear un ser, en la forma maravillosa que lo hace, se despoja en absoluto de todas las substancias y gérmenes homogéneos, dotándolos de órganos y miembros a propósito y bajo leyes inflexibles para la procreación, que siempre es en amor, aunque sea momentáneo; pero las obligaciones que el amor impone al procreador en el sostenimiento de la madre durante la gestación y alimentación del infante y su educación; lo errado de las leyes egoístas y caprichosas al respeto; la esclavitud de la mujer y la falta de reconocerle los mismos derechos que al hombre en todos los órdenes; las afrentas creadas para la mujer que por su destino se hace madre fuera de las leyes de capricho y falsos dogmas de las religiones (causa principal y primera de todos estos errores), han llevado al mundo a la degeneración más espantosa y abominable, que solo puede lavarse y olvidarse con la completa renovación de la humanidad y haciendo desaparecer los centros de corrupción y esto está decretado en los Consejos del Creador, porque sólo así es posible renovar la faz de la tierra y hacer reinar el amor, fin de la creación.

Todo esto es consecuencia del odio y errores de las religiones, que han olvidado la ley amor del Creador para dar rienda suelta al amor de la carne, inventando todas las bajezas, todas las trapisondas, hasta el crimen, para burlar la inflexible ley de la procreación y beber el néctar del amor en la mujer, hundiéndola luego en la deshonra y obligándola a ser criminal.

El Juez os ha dicho como henos aparecido en el mundo, en qué modo y forma maravillosa y humilde. ¿Podría el hombre elevarse a la altura que hoy se encuentra, sin la protección decidida del amor del Padre? ¿No bastará ese conocimiento, que es verdad como la vida, para que la humanidad vuelva sobre si y alabe al Creador? ¿No bastará saber que del mismo tronco y en la misma forma nació el macho y la hembra?¿No bastara, la igualdad en que nace el magnate y el pordiosero para establecer la ley de igualdad? ¿No bastará todo eso para hacer uso, en santo amor, de la facultad de procreación?¿No bastará que la mujer haga las veces de aquel árbol, del que la ley afinidad nos hizo salir del mismo modo y al mismo tiempo?.

Menos su humilde aparición, todo esto lo ha sabido la humanidad y ha prevaricado; la causa de la prevaricación es de las religiones, y éstas caerán con estrépito, a la vista de sus victimas. Pero las victimas son también responsables, porque la ignorancia de las leyes divinas no exime de responsabilidad; y la humanidad responsable ha sido sentenciada a salir de la tierra como han sido desalojados los espíritus, que hombres fueron prevaricadores y en su maldad seguían prevaricando en el espacio e influyendo sobre los encarnados.

¡Humanidad! Sálvate en esta ley durante el tiempo que tienes de tregua. Ya que firmé la sentencia, te la leo, te la doy escrita, y no alegarás ignorancia.

La procreación es, en todos los mundos, del mismo modo que en la tierra, con la diferencia de que no existe en los mundos de perfección el dolor y sí el goce; porque el amor del Padre es sin limites para sus hijos, y esta ley obliga al amor puro, en justa medida, en la afinidad.