EPÍLOGO

Al empezar esta obra, estaba lejos de pensar los cargos que sobre mí tenía, ni el resultado final del libro en los mismos días en que queda juzgada la humanidad que vive hoy sobre la tierra y los espíritus de los que han vivido ya muchas veces sobre la misma; yo veía a Dios en la naturaleza, en cada cosa, en el firmamento. ¿Pero acaso no lo podían ver todos los hombres, pues está al descubierto? Triste es confesarlo: la humanidad, en sus prejuicios, abre los ojos del cuerpo y cierra los del espíritu, "Oculos habent et non videbunt" cantó el profeta y Jesús lo repitió en todas sus predicaciones.

Vemos a todos los hombres, inclinarse, pero llenos de deseos nada puros, ante la hermosura y perfección de las formas de una mujer... ¿Y qué ven los hombres? ¿La lozanía, la juventud, las formas esculturales? Nada más ven el noventa y nueve por ciento de los hombres; mas no ven en ella, el material esencia de la materia, ni otra cosa que el fino cutis, la epidermis, que se marchitará muy presto por culpa del hombre que no sabe mirar por su conservación, no en el tocador, aunque es lícito, porque para eso el reino mineral y vegetal dan sus esencias para conservar las formas y vigor del cuerpo que es un traje del espíritu y debe procurarse conservar. La lozanía de la materia, poco aprovechará si los hombres no han visto al ser que se viste de aquella escultura, y con sus deseos, (no de todos satisfechos en la carne, de la posesión de aquellas formas), envenenan, sustraen y tuercen de su derrotero a aquel espíritu que se preparó aquella belleza para alabanza del Creador; para progreso de la naturaleza y para luchar el mismo por su elevación, dentro de aquel envidiado cuerpo, que por la malicia y el deseo, sucumbe y cae en el lodazal de la carne putrefacta: Es el efecto de un magnetismo mal usado.

No, hombres. En la belleza de la mujer, habéis de ver cosas más sublimes que el goce de la carne; habéis de ver, que para llegar a la perfección de las formas, el espíritu ha trabajado largos siglos en su transformación y viene a dar el bálsamo de vida a otros seres afines, en la generalidad de los casos; a pagar una deuda a otro ser que en el camino encontrará, si la educación moral de los hombres la deja llegar; y, a embellecer el jardín del Padre. A esto tiende siempre la belleza de las formas de la mujer. Pero este es el artículo más largo del "Código de Amor" que en breve os daré y será tratado como corresponde y solo diré aquí: "Que la hermosura y la belleza está en el alma y el espíritu de los seres y allí y eso es lo que debe mirar el hombre a través de las formas bellas y que, yo que veo la belleza de la mujer de otros mundos (y todos las podéis ver si queréis trabajar) os digo: que la mayor hermosura que haya en la tierra, no llega al tipo vulgar de mundos inmediatos a la tierra. Ved, pues, hombres, en las bellas formas, un renglón del estudio eterno; un punto de las maravillas del universo. Apagar, pues, el deseo que a vosotros os envenena y entender que vuestro pensamiento tuerce sin haceros conciencia, el camino de ese ser y cae en el fango de la pasión, de lo que somos responsables.

Yo he pasado por todos los casos de la vida humana en esta existencia, (porque así mi espíritu lo preparó) para tener conocimiento práctico de todo, como correspondía a la misión que me traía a la tierra. Yo venía (y lo ignoraba al empezar esta obra) a ser el Juez, tantos siglos ha anunciado, y era de la justicia del Padre, que conociera todas las flaquezas y virtudes de los que había de juzgar y todo lo debo a mi esfuerzo y voluntad.

Cuando este epílogo escribo, está extendida el acta del Juicio Universal, después de haber celebrado los juicios particulares a los Jefes que han sido de religiones y estados que han embrutecido, prejuiciado y empequeñecido a la humanidad, y por su perversidad, muchos descarriados de ellos, moran ya en mundos primitivos de horrores, de donde no saldrán hasta que se hayan convertido en redentores y hayan elevado aquel mundo al grado que hoy tiene la tierra, en que pasa a la vida de luz propia. Entonces, a su clamor y pedido de justicia, descenderá hasta ellos el juez que hoy los sentenció y los rehabilitará en la luz que no han querido ver, porque no quisieron ver más que las bellas formas; porque solo quisieron supremacías para ser omnímodos ante la ley hecha por ellos y gozar de las formas de la materia, matando los sentimientos y los hijos engendrados en su lascivia.

Pronto os daré a conocer los juicios y las defensas hechas por los espíritus de los que sucumbieron por la malicia de los supremáticos y os dará horror y os avergonzaréis de ser católicos y cristianos y religiosos de cualquier religión pequeña. Os avergonzaréis de mantener leyes impositivas e impuestas por la concupiscencia y estallaréis de furor, porque os veréis deshonrados por el sacerdote, por el juez y por el improductor. Para entonces, yo os digo. No son ellos los culpables aunque sí los responsables y lo pagan ya. Sois vosotros todos, los culpables, porque no habéis querido estudiar más que el exterior de las cosas y no habéis querido daros cuenta del mal de vuestra incuria, de vuestra ignorancia y de vuestro sistema de negar; y por lo tanto, los pueblos tienen los jefes que ellos merecen; gobiernos que les corresponden y tribunales que son un sarcasmo a la justicia. La culpa es del pueblo que da poderes inconscientemente, al hombre que lo esclaviza.

Pero ya no es la materia la que reina; ya no son los hombres parásitos y de la concupiscencia los que han de gobernar al mundo tierra; son los espíritus de luz, que traen su sabiduría en el día de la verdad y la justicia; es la ley del Padre Universal la que se implanta, porque los tiempos marcados en las profecías se han cumplido; es el amor universal que entra en los corazones y éste, con la justicia, renovará la faz de la tierra.

Aun, en estas horas, resuenan los cañones destructores imponiendo leyes por la fuerza; pero son los últimos que la tierra presenciará y no acabarán esas guerras (que llevan muy claro el sello del odio de razas creado por las religiones) no acabarán, digo, por la acción de las armas, porque unos y otros serán vencidos por el arma justiciera de la naturaleza, que se avergüenza ya de la ceguera de los que no quieren reconocer los derechos de verdadera fraternidad, dentro de la más estricta justicia; mas no podremos ya evitar la conflagración que señala el Apocalipsis.

Ha llegado el momento de mostrarle a la humanidad ciega, que la naturaleza reconoce derechos iguales a todos los hombres, y que le ha llegado la hora de cubrir en su seno la sangre derramada sobre la tierra, cubriéndola con las aguas y purificándola con el fuego de sus entrañas y de los elementos y, en una nota que ya oigo y a pocos años de que esto escribo, los espíritus de la naturaleza y los de los elementos en unión, pondrán en acción sus irresistibles fuerzas y hundirán en minutos, esas potentes escuadras, en el fondo de los mares y barrerán la corteza de grandes continentes, arrastrando todo lo que en ellos existe, y quedando en estado calcáreo por muchos siglos.

El mal presentado y temido Anticristo, sabe donde esto sucederá; pero es el Juez y nada debe decir a los hombres, sino que es justicia y ésta ha de cumplirse.

El Juez de amor, en su amor, solo dice a la humanidad, que todo queda juzgado y sentenciado, y que tres generaciones en orden de edad de las que viven sobre la tierra son ciegos de voluntad y se les tiene sobre ella para que presencien los hechos y abran los ojos de su conciencia, porque su sentencia está firmada. No hay lugar intermedio como lo hubo hasta hoy, porque estaba dentro de la ley. Hoy, o en la tierra y los espacios de la tierra en luz, o fuera de la tierra y los espacios de ella en su ceguera, que deberán curar en mundos de fragua.