Párrafo IV

MI CONFESIÓN

Oíd hombres todos de la tierra mi confesión, hija de mis convencimientos.

Sin que pudiera darme cuenta hasta poco ha, y desde que he tenido uso de la razón, he sido guiado por todos los caminos mas extraños y en todos busqué algo que no podía encontrar; pasé por todos los hechos de los hombres con excepción del crimen: en todo aprendí; pero en materia de religión, de todas salí escarmentado y descorazonado y mi alma presentía una justicia equitativa; un amor desinteresado; un padre, del modo como lo enseñan las cosas de la naturaleza. He practicado la generalidad de los oficios, (así lo exige mi profesión de electricista) siendo maestro en los más importantes del progreso humano, porque así plugo a la justicia.

De mis escarmientos; de mis desengaños en la religión católica, en la que más he estudiado, porque así a la verdad convenía y hasta he vestido dos años la sotana de jesuita, cuando empezaba mí razón, edad en que se imprimen los hechos para no borrarse de la memoria y, hoy comprendo la mano que me llevaba por tan heterogéneos caminos.

De muy niño (tres años contaba) oí leer varias veces una bula o encíclica de Pío IX, anunciando al mundo, la venida del anticristo y su nacimiento; palabras que en todos los momentos de la vida resonaron en mi mente y sentí en mi corazón; pero no podía ser un hombre aquel monstruo representado en Ia bula del impío Pío IX, pero quedaba en mí, como grabado en bronce, lo que haría el personaje.

He rodado por el mundo y he entrado en todas partes y no pude reconciliarme con la mentira doctrinal religiosa ni política nunca, y eso fue causa de que, desde la edad en que se razona, (a los treinta y tres años en que la razón reflexiona con peso) sentía un vacío que en ninguna parte llenaba; solo el trabajo era el que endulzaba un tanto mi existencia, y aun en grandes reuniones, siempre estaba solo dentro de mí mismo y en todo descubría ignorancia, error o fanatismo.

Hubo un momento de júbilo en mi espíritu: asistí a un congreso del libre pensamiento y, hermosas palabras resonaron de libertad y fraternidad; pero ¡ay! la mordaza de las leyes por un lado; las conveniencias sociales por otro; los prejuicios religiosos y la falta de los verdaderos conocimientos de fraternidad y el materialismo dominante, me hicieron sacar dos puntos de provecho: uno, que el prejuicio todo lo coarta; y el segundo, que si ya había hombres que en público exponían sus ideas aunque un tanto erróneas por falta de conocimientos de un Dios común y universal, sólo era necesario probarles a esos hombres esta existencia, sus atributos y las verdades eternas; y estos hombres, que ya están al principio del sendero, lo recorrerán afanosos para llegar al camino ancho de la luz y les será recorrido el velo que el prejuicio les cubría.

Formado este propósito, emprendí mi estudio, persiguiendo la luz que en mi razón veía; recorrí todos los caminos que quedan expuestos, llegando a momentos desesperados por la maldad que en todas partes veía; pero mi razón me animaba al trabajo, en la seguridad de que otros hombres de justicia y verdad seguirían por otros senderos y porque la voz del Anticristo la oía estridente. ¡Adelante, Adelante, Adelante! Y, yo, con afán seguía, siéndome extraño el mundo y sus cosas, hasta que vislumbré la verdad y ví, que todo es justicia cuanto en el mundo pasa y en mi se había cumplido inexorable. iOh feliz día, en que estando a las puertas del suicidio después de haber esquivado el asesinato que contra mí se había fraguado, cayó el velo y vi al Dios todo Amor, como mi alma lo concebía, como mi razón lo admitía, como es el Padre Universal! Murió el hombre errado, y sobre sus despojos, renacía el hombre digno de ese nombre. Apareció el figurado o verdadero, pero temido Anticristo y la humanidad conocerá la eterna verdad; la ley inmutable; el Dios Amor.

Confieso, pues, al universo entero, que mi alma rebosa alegría y se alegra en Dios Padre de Amor, porque encontré su asiento y lo señalo a la humanidad para que lo conozca y lo adore sin prejuicios en espíritu y verdad, sin equívocos, sin temores y con amor.

Confieso, que mi alma, satisfecha del trabajo realizado, principio de mi trabajo y deber, no por el galardón que esperar pudiera, sino por el amor a mis hermanos del mundo todo que luchan en la duda horrible que a mi me destrozó largos años por los prejuicios y falsos principios que de sus Dioses nos imponen las religiones positivas, que torcieron su camino y arrastraron a las generaciones por el camino de la equivocación.

Confieso mi alegría, porque mi alma sabe a ciencia cierta, lo que es Dios que solo es Amor y el asiento donde siempre ha estado, pero que fue cubierto del todo de las pasiones por los sacerdotes del altar de todas las religiones, consiguiendo, por su concupiscencia borrarlo de las conciencias, encendiendo odios y guerras, en las que se han destrozado hermanos con hermanos.

Confieso, que en mi desesperación, por encontrar todos los caminos obstaculizados que conducen a la gran Sión, caí, como muchos otros, en la negación de Dios. Pero en mi alma, había un ser increado que no se puede negar sin negar nuestra propia existencia y, hoy veo, que a quien negué, no sólo lo niego, sino que condeno al no ser; sí, negué, y hoy condeno el Dios monstruo de las religiones, entre las que, la católica y cristiana, es la negación absoluta del Dios de Amor y, a éste, no lo negué. Lo presentía y lo encontré y lo manifiesto.

Confieso, que me avergüenzo de haber pertenecido a la iglesia católica y reniego del nombre católico y cristiano y desconozco todos los dogmas, misterios y sacramentos, que solo el despotismo, el orgullo y la concupiscencia de los sacerdotes pudo inventar, constituyendo la mayor de las vergüenzas para las generaciones que han pasado en su imperio.

Confieso, finalmente, que estoy en el camino de la luz y que en mi camino encontré (no como hombre y sí ideal) el "Anticristo" anunciado y denunciado por Pío IX, cuya confirmación me ha sido hecha por el Espíritu de Verdad. Dios Amor, me entregó la balanza para el Juicio Universal a los espíritus y los hombres y que en juicio estamos; que el espiritismo, (no el espiritualismo) es la religión del alma, (si de religión necesita aun el hombre) la que adora al Dios Amor en espíritu y verdad como lo proclamó Jesús, en el infinito templo del universo, en el altar del corazón del hermano, cuyo sacerdote es la conciencia y cuyo credo no puede ser dogmatizado ni misterializado, porque el hombre tiene el libre albedrío y de cuyos hechos es responsable: que me fue entregado ante el Espíritu de Verdad, el testamento de Abraham, que es el contrato de Dios y los hombres, en el que nadie es desheredado; y por fin; ante el Dios Amor; del universo entero con el que estoy en comunicación; ante Jesús, mesías de la libertad a quien juré libertar del oprobio del Cristo; ante el mundo tierra y ante el Espíritu de Verdad que me confirma, juro por última vez cumplir la misión que se me ha confiado (1) con la ayuda prometida, del Espíritu de Verdad, jefe superior de los espacios; de Jesús, de su madre Maria principales interesados en la rehabilitación de la humanidad; de todos los espíritus de luz y progreso y de todos los mundos de la cosmogonía, cuya voz me llegó para honor de los hombres, elevación de los espíritus y gloria del Dios Amor.

Buenos Aires, Febrero 11 de 1911, 11 noche, en que recibo el beso de mi madre, de esta existencia en el momento de desencarnar en España.


(1) Esa misión ya está cumplida cuando el "Buscando a Dios" se imprime,pues, la Escuela fundada para el caso está extendida por todo el mundo con 12 libros de base.