Párrafo XVI
MUERTE DE LA CONDESA Y ESTUPRO DE VALENCIA.

Aquí van a consumarse los crímenes perpetrados y perseguidos con tanto tesón y tantos años.

Ya conocemos todos los personajes y no diré más que los puntos culminantes que el historiador anota y los lectores podrán completarlos con su razón o acudiendo a la historia.

Hubo entrevistas, concilios, toda clase de preparativos; el Pontífice ordenó que a Juanucho se le encerrara seguro, pero que se le tratara cual merecía su valor y fidelidad en la custodia del documento, que se le había secuestrado; a Doña Elvira se la tirara a un calabozo; y a Valencia se le dispusieran las mejores habitaciones y se le rodease de toda la pompa y comodidades; que no se le molestase a los otros dos, por que ellos debían ser los que habían de influir en que Valencia accediera a los afectos paternales

Todo fue cumplido, pues los mandatos de este hombre, tenían siempre el sello de la muerte.

Valencia, fue rodeada de las impúdicas cortesanas y meretrices; pero Lucrecia, vió en su hermosura la gran rival, que si accedía a los ruegos de su padre, la substituirían irremisiblemente, porque ella había perdido casi toda su hermosura en las orgías diarias y desenfrenadas y se sintió afectada por aquella candidez y concibió otro plan.

Aburrida Valencia de tantas genuflexiones de los cardenales que la visitaban y ante la inocencia de la niña, se veían afrentadas y rebajadas las meretrices que sentían renacer el pudor de la niñez, suplicó la dejaran algunas horas sola.

Era el tercer día, cuando el Papa, (a pesar de las grandes empresas que lo agobiaban, pero que todas eran relegadas al pedido de su lascivia) cuando fue a visitarla y con la astucia y malicia depravada de que era dueño y la inocencia de Valencia en creer aquel hombre un padre respectuoso y amoroso y por añadidura siendo el Papa de los cristianos, se dejó acercar a aquel monstruo; pero fue grande su sorpresa al oír proposiciones infames, a lo que contestó con tesón:

-¿Os habéis olvidado que sois mi padre?

-Somos padres de todos los niños de la critiandad.

-Pero vos sois mi padre.

-Niña; mucho te cuidaras de decirlo, y de lo contrario...

-¿Y ya que vos no queréis así, porqué me separas de mi madre ya que otro consuelo no tengo en el mundo?

-El consuelo os lo daremos nos; y dime, ¿no me quieres a mí como a tu madre?

-Yo, en mi amor de hija, no tengo diferencia; pero úneme con mi madre y dejadnos en libertad y entonces os amaré más.

-¡Ah! ¡Nos amáis! ¿y que haríamos con un amor tan etéreo? Vivimos en lo positivo; vaya, sed buena y seréis feliz, y le rodeó la cintura con el brazo queriendo darle un beso que al sentir ella el aliento fétido y pestilente, se desasió con fuerza diciendo:

-¡Dejadme, acordáos que sois mi padre!

-¡Somos vuestro padre! Pues usaremos de nuestros derechos para reducirte a la obediencia. ¡Vaya con la niña! pero por lo pronto, costarán bien caras tus palabras a quien así te aleccionó y salió echando espumarajos.

Valencia, al oír aquella amenaza, comprendió el peligro de su madre: pero Doña Elvira había previsto este caso y había prevenido a Valencia.

El Papa se dirigió al calabozo donde está Doña Elvira, y entre tanto, iba diciendo el Papa: Veremos, veremos quien vence. Es una verdadera española, pero español somos nos y tengo todo el poder.

Entró en el calabozo y no se sorprendió Doña Elvira porque ya aguardaba aquella visita, pero no le miró a la cara ni contestó al irónico saludo.

Y el Papa ante aquella actitud y despechado, dijo:

-Que queréis, los papeles han cambiado, y venía a que me habláseis de cierto documento...

-No tengo en mi poder ese documento.

-¿Y si lo tuvierais lo mostraríais?

-No tengo que dar satisfacción.

-Pues bien aquí está, (y enseñó la cartera en que Juanucho lo guardaba) y os lo devolveremos junto con otro que habéis merecido, pero lo conservamos, por que ya, nuestra hermosa Valencia es el premio al que mejor custodie este documento. Desde ya nos pertenece.

-Infame... podréis violar por la fuerza a esa niña indefensa, pero ella seguirá siendo pura, porque jamás se os entregará y solo muerta o maniatada podréis ejercer lo que las bestias no ejercen.

-Nos, no podemos inmutarnos ante los improperios que recibimos; para eso representamos a Cristo, pero os digo, que os equivocáis...

-Falso, mentira... sois un canalla...

-Dentro de pocas horas os daré la prueba, el documento y el premio. Y desapareció.

No comentaremos. Comente el lector la amargura de la madre.

El Papa llamó a Lucrecia (que ya tramaba el modo de libertar a Valencia, su madre y Juanucho) y le dijo:

-Lucrecia, sabemos que os habéis ganado la confianza de vuestra hermana Valencia, os encargo que la pongáis en razón a nuestro favor.

Lucrecia asintió y se iba a retirar y el Papa dijo:

-Oye más. Es necesario que esta noche la hagáis ir con vos al salón de fiestas y hacer que esté alegre.

Lucrecia fue a preparar a Valencia, y con la promesa de la fuga aquella misma noche, y con el fin de no despertar sospechas, aunque mucho le repugnaba presentarse en la fiesta que conocía ya por los dichos de las que por encargo del Pontífice le visitaban, accedió.

Acudió Lucrecia a la hora convenida y Juanucho ya de acuerdo, había salido del calabozo y dispuesto tres caballos.

La sorpresa que experimentó Valencia en el salón, no es para ser descrita; pero Lucrecia, para no despertar sospechas la llevó a un rincón y allí la substrajo a la vista de tanto libertinaje y la hizo estar contenta y alegre ante la esperanza de que en pocas horas se verían reunidos, aunque fugitivos, los tres seres queridos. Pero qué lejos estaba de sospechar que aquellas sonrisas arrancaban el corazón de su madre que caía bajo el puñal asesino y maldiciéndola.

En efecto, el Papa, que había preparado aquella estratagema, fue al calabozo y después de un diálogo horrible, le asegura el papa haber poseído a Valencia y que ésta no solo le había correspondido sino que ya estaba en el salón tan desenvuelta como una de tantas.

-Mentís, infame, trapalón, y si es así, no dilates más mi fiero martirio; pero no, ni ésto te pido, haz lo que quieras.

-Nos haremos lo que debemos para ejemplo de la familia cristiana y bien de la iglesia; pero tenemos la obligación de confirmar la verdad y al caso venir.

Y empujó a Doña Elvira a una ventana desde donde se veía el inmundo salón y vió a Valencia en la actitud que la hemos contemplado hablando con Lucrecia.

-Doña Elvira no imaginó que fuese una estratagema y dijo: ¡Infame eso y mi muerte, no te librará del deshonor y serás derrocado!...

-¿Por quién, por el frailucho loco?

-Loco, o cuerdo, hace temblar al solio pontificio.

-Si queréis llevarle noticias, bajo nuestro poder está.

-No importa, otros escriben.

-¡Ah! ¿el mediquillo? Nos extrañó que el tal mediquillo fuese tan... aprovechado... -Quiso lanzarse sobre el Papa y escupirle a la cara y solo se libró de esto, dando la orden a un sicario que nació como de entre las paredes y clavó el puñal en el corazón.

Medio minuto se detuvo de pie y con los ojos abiertos, dijo: ¡Infame! aún confirmo que sois mi esposo y gritando añadió ¡Valencia! si te has rendido ¡Maldita seas! ¡Has demostrado que tienes sangre de Borgia!

Y cayó dejando de sufrir.

El Papa tomó el puñal ensangrentado y envolviéndolo en el documento, se lo puso en las manos.

Comenta, lector, si aún no lloras; pero sigamos.

No había transcurrido media hora de acabada la fiesta y ya Valencia estaba preparada para acudir a la señal, cuando siente pasos y ve con asombro que era el Pontífice quien viéndola vestida, le dijo:

-¿Esperáis a alguien? Ahora comprendemos vuestra fingida virtud; más no consentiremos que nadie os posea antes que nos.

Valencia palideció y protestó e imploró; pero fue brutalmente acometida por la bestia y viéndose vencida por la fuerza bruta, gritó: ¡Auxilio! ¡Socorro! Y en un esfuerzo supremo, aun rechazó a su padre; pero éste, furioso le ató las manos por detrás y le amordazó la boca con un pañuelo y cayó en un sopor, no dándose cuenta ya de nada.

El silencio reinó y la feroz bestia cometió el delito, dejándola atada, sin duda, para que acabase de morir en aquella posición, asfixiada.

Doña Elvira tuvo razón: "Maniatada o muerta, podrás deshonrar a tu hija".

Minutos más tarde de consumado el hecho, llegaron Lucrecia y Juanucho con toda precaución; pero ya venían con el alma helada, porque habían ido primero a sacar a Doña Elvira y solo encontraron su cadáver bañado en sangre.

Entraron, y en la primera estancia, nada notaron; pero en el fondo de la tercera, un cuadro aterrador se presentó a sus ojos.

Las manchas de sangre denunciaban a Juanucho una nueva desgracia; pero en sus vestidos, no vio vestigio de heridas y no quiso seguir profanando con sus manos aquel cuerpo que adoraba.

Lucrecia, lo comprendió todo; le puso las manos sobre el corazón; vivía y dijo a Juanucho: No hay minuto que perder; Juanucho esperaba la orden. El aire y el fresco de la noche le devolverán la vida; consoladla y cuando estéis lejos, dile que se acuerde de esta desgraciada y que juro sobre el cadáver de su madre y su cuerpo inanimado, dejar esta vida disoluta; yo quiero encontrar un hombre que me quiera como tú a mi hermana. Adiós.

Juanucho tomó en sus brazos el cuerpo de su amada y montó a caballo y corrió toda la noche. Después de dos horas de veloz carrera, tornó al conocimiento aquella criatura, hija de la desgracia y dijo: ¿Dónde me encuentro? ¿Quién sois vos? ¿Dónde está mi madre?.

El capitán tuvo que destrozar su corazón para no dejar escapar una lágrima, y dijo: En libertad estamos, yo soy, ¿no me conoces? Valencia reclinó la cabeza sobre el pecho y diciendo ¡huyamos! cayó en un nuevo desvanecimiento.

Ya bien entrada la mañana, descubrió una cabaña y se llegó a ella pidiendo hospitalidad y no se hizo mucho de rogar para ser atendidos en lo que pedían, descansó Valencia y a la noche emprendió nuevamente camino y así, llegó el cuarto día a Sinigalia. Iba a entrar en la ciudad, cuando un anciano cruzó por delante porque le llamó la atención aquel convoy; y es que Juanucho, se había visto obligado a improvisar una camilla en forma de litera y él escoltaba a caballo, y al fijarse uno en otro se reconocen al mismo tiempo: Se dicen ambos: ¡Doctor! ¡Condestable! ¿Qué es esto? ¿Vos por aquí, doctor? Ya ves, aquí me retiré y vivo ignorado, pero ahí fuera de la ciudad, tengo una casita y cuento con medios suficientes para pasar los días que me restan; es vuestra, aceptar. Juanucho, tanto porque conocía al doctor, cuanto por que Valencia ya no podía ir más lejos sin ser atendida, aceptó sin esfuerzos, encaminándose el convoy a la casa de Aducio.

-¿A quién traes, condestable?

-A Valencia, contestó Juanucho.

-¿Y la madre?

-Ya llegó el fin de sus penas; pero esa infeliz, aun lo ignora.

El doctor se forjó al momento todo lo que ocurría y dijo: ¡Culpa del fraile! Ya le decía yo, no grites tan alto. ¡Ay! Conozco tanto...

Llegaron y sin darse reposo se le preparó y acostó en el lecho. La examinó y el doctor dijo:

-¡Diablos! La habéis triturado.

-Lo siento, doctor, pero entre morir en las manos del verdugo donde el crimen queda impune y morir al aire libre, ¿qué preferís?...

-Lo último, pero no hay tiempo que perder. Voy a preparar un cordial y mandar venir una mujer que cuide a esta niña. Valor entre tanto.

Volvió el doctor con el cordial en la mano y entró diciendo estas palabras: En medio de todo, alabemos a Dios "qui omni trinum es perfectum". Uno vos, otro esa pobre... y yo el tercero.

Aun casi sin volver en sí Valencia, le hizo beber el cordial y sentóse al lado de la enferma que por momentos aumentaba la fiebre y moviendo la cabeza, lo sorprendió Juanucho y comprendió la gravedad y dijo: Por Dios, doctor, salvémosla.

-¿Acaso no es una hija que Dios me trae, como se lo prometí en día memorable? ¿Por qué tú, no serás también mi hijo, puesto que la edad lo permite?

-Sea así, doctor, pero salvémosla.

-Si logro en breve cortar la fiebre, no habrá que temer por ahora; y ahora que recuerdo, tengo en mi poder unos pedazos de madera que un americano me regaló como de gran valía, allí la llaman quina; si queréis, la podemos probar.

Juanucho comprendió en ésto el máximun de gravedad y contestó casi sin darse cuenta: Haga, doctor, lo que crea conveniente.

El doctor preparó el febrífugo y calmó la calentura.

-Ahora, dijo Aducio, sepamos lo que ha ocurrido. Y se retiraron a un rincón, y preguntó a Juanucho, si había participado del amor de la joven.

Juanucho contestó categóricamente que no y entonces, el doctor, por la explicación de Juanucho, se imaginó todo lo pasado, y le dijo: Hay que tener mucho tiento y observar, porque esa infeliz, de nada se ha dado cuenta y ahora más que nunca, necesita consuelo.

Juanucho contestó: Doctor, después de tantas amarguras, la tenemos en libertad, y borraremos sus amarguras.

Tres días más tarde desapareció el peligro y la mujer que la cuidaba dijo que se marchaba, porque la enferma sólo tomaba los remedios de manos del condestable y a la vez, éste no se movía de la cama, por lo que creía ser innecesarios sus servicios, pero el doctor le dijo: No os importe mujer, continuad, todo eso es muy natural.

La enferma se encontraba bien, pero la tristeza la minaba y aunque el doctor daba crédito a las palabras de Juanucho, para tener un motivo de estar en el fondo de las cosas, dijo:

-Vamos, hija mía; para mí no deben haber secretos como doctor y como padre en que ya hemos convenido. Entre el Condestable y vos, ¿existe algo de que ninguno osáis hablarme?

-¡Oh, no! Exclamó Valencia con amargo llanto. ¿Qué queréis que exista?... El pobre, tan digno, se figura que puedo ser suya... y no sabe... no tengo el valor de decírselo... ¡Ojalá llorara una debilidad tenida para él, pues el amor la legitimaría... ¡Pero... ¡Oh vergüenza!...

-Ea. No llores que me vas hacer llorar a mí. ¡Que diablos! Todas las cosas tienen remedio; lo que vos no tengáis valor para comunicárselo, lo convenceré yo; pero no prolonguéis más esa tortura reciproca.

Valencia hizo propósito de confesarle aquel mismo día y por la tarde, casi anochecido, salió maquinalmente y posó su cabeza sobre la verja de hierro que rodeaba el jardín y llegó Juanucho muy contento.

Al verla allí le dijo:

-¡Pero Valencia, tú aquí! ; te va hacer mal el fresco!

-¿Qué quieres que haga?... Acaso sería mejor acabar de una vez esta vida de engaño y de dolor...

Juanucho dijo:¿Por qué habláis así, Valencia? Hoy que vengo contento,precisamente he recibido la cantidad que esperaba: dos mil escudos... Podremos casarnos y refugiarnos en Venecia.

Cada una de aquellas palabras se clavaban en el corazón de Valencia.

-¡Desposarnos! Dijo con amargura.

-¿No estáis contenta? ¡No os acordáis!...

-¡Oh, demasiado me acuerdo, Juanucho! Ojalá no me acordase. ¿Pero desposarnos?... ¡Imposible!

-¿Cómo?... ¿Qué decís? ¿No queréis ser mía, Valencia?

-Valor, amigo mío. Recurrid a vuestro inagotable valor.

-¿Qué significa este preámbulo? ¿Qué ocurre?

Y rompiendo a llorar, contó su fatal historia de la que no es responsable y aunque Juanucho la había sospechado, su relación le hacía llevar su mano a acariciar el pomo de su espada... y, al fin, cortó el silencio, y dijo:

-Pues bien, ¿eso que importa? ¿Acaso tú no sigues siendo mi Valencia, la pura Valencia? Mi pecho abriga un corazón grande aun para quereros más y mejor cuanta mayor desgracia os rodea... ¿Y eres tú, Valencia, la que creyó que un Sanseverino os abandonaría, porque sois la más infeliz de las mujeres? ¡No! No, yo estoy aquí aun vivo para defenderos y haceros feliz... Y no necesitáis mi perdón. Abandonad todo temor... Sois aun mí Valencia.

Intentó tomarle de una mano y ella lo rechazó diciendo:

-Os admiro, Juanucho, pero es imposible; acordaos que seré madre...

Una nueva pausa se sucedió a estas palabras y por más que Juanucho quisiera ser justo, sentía repugnancia ante la idea de que aquella mujer llevaba en sus entrañas un ser engendrado por su mismo padre; pero al fin, venciéndose a sí mismo, aquel corazón dijo:

-Y bien. ¿Qué culpa tiene ese inocente? Sed justa. Yo lo amaré como cosa nuestra y la adoptaré por hijo.

Valencia, admirada de la respuesta, dio un paso atrás y dijo: ¡No, Juanucho! Confieso que nunca había conocido vuestra bondad mejor que ahora, y por eso, porque os amo, os juro que nadie más oirá esta palabra de mi boca. No debo haceros mi esposo.

-Pues bien, Valencia: procuremos olvidar tantos sinsabores y vivamos como hermanos. ¿Me aceptas como hermano?

-La joven que no esperaba esta nueva prueba, pues cualquier hombre se habría separado de su lado, rompió en amargos sollozos y se echó en brazos del condestable, sin poder articular palabra.

El doctor había visto y oído la escena y conmovido corrió y abrazando a los dos, exclamó: ¡Ea, basta de lágrimas! Yo soy vuestro padre. ¿Me recibís como hijos? Y se confundieron en un solo abrazo ofreciendo al cielo en aquella escena, el cuadro más sublime de amor, coronado del máximo dolor y sacrificios.

Pasó algun tiempo, durante el cual, nació un niño que murió a los pocos días.

Juanucho, no pudo hasta entonces hacer mudar de opinión a Valencia, y el doctor, un día, tomando a Valencia, la reconvino haciéndole presente que martirizaba horriblemente al hombre que tanto había sufrido por ella y que era más santo que toda la corte celestial; y que si no lo ataba por el deber del matrimonio, podía llegar un día a cansarse... y esto sería horrible... porque yo soy viejo y no he de vivir más que vos. ¿Qué haréis después?

Valencia a tantas razones y súplicas accedió y llamando el doctor a Juanucho, oyó de boca de Valencia, "que al día siguiente de la muerte de su padre, sería su esposa; porque no quería que en el mundo hubiera un hombre que pudiera decir: Esa mujer fue mía antes que de su esposo"

No toméis, lectores, este propósito como un insulto a la paternidad, pues Alejandro VI no puede considerarse con derecho al reconocimiento de esta hija abandonada, no reconocida, deshonrada por la fuerza y la traición y perseguida para aniquilarla.

Entre tanto pasaba todo esto, los estrechaba un círculo de hierro.

El Papa, con el sacrificio de Savonarola, se apoderó de Florencia; pactó con los Orsini, Vitelli, Colonna y demás señores, y por sus medios a todos los despachó al mundo de los muertos. Eso sí, con su bendición y absolución.

Recibió la renuncia del capelo de su hijo César, lo casó, otorgando el divorcio a Luis XII, adquiriendo el ducado de Valencia que era la base perseguida para formar una dinastía en la Romaña.

El Papa, después del tratado y conforme a sus cláusulas, todos aquellos territorios fueron puestos bajo un regente, para lo cual, en pleno consistorio, se legitimó la obra del hijo del Papa y se renunció por parte de la Iglesia al derecho de supremacía feudal concedido a la iglesia por las donaciones de Carlomagno y la decretal de San Isidoro; que aunque se ha probado siempre que la donación y la decretal fueron falsas, la obtuvieron por la fuerza y el amaño.

Extendida y publicada la bula de cesión de la regencia a favor del ex-cardenal César, ya Duque de Valencia, éste, para asegurar mas que por las bulas del reino, pensó en la destrucción de las familias ex-reinantes, que en cualquier tiempo levantarían la voz reclamando sus derechos a ceñir la corona.

Para ello, nombró lugarteniente a don Ramiro de Osco, dándole instrucciones y plenos poderes para librar a la Romaña de asesinos y pretendientes y, en un año, no dejó para memoria ninguno, y tantos fueron los crímenes cometidos, que la indignación era universal y el Papa creyó llegado el momento de fundar la tan perseguida dinastía.

Dió asiento al Duque, que fue reconocido por el gobierno y corte pontificia y se traslado inmediatamente con su corte y soldados a Sinigalia; y tan bien lo supo hacer, que achacó todos los crímenes a la arbitrariedad de Don Ramiro, y para aplacar el clamor de todos, apareció una mañana éste su fiel servidor, colgado en medio de la plaza.

Pero faltaba someter para siempre algunos señores, entre ellos los Orsini y los Vitelli que aun se animaban a empuñar las armas. Nuestros tres personajes, vivían al parecer olvidados y el doctor Aducio decía: "Quien bien está no busque su mal". Nada creo temer desde que el Papa, conseguido su objeto, no se acordará más de esta infeliz. Un día, después de otro que había entrado en la ciudad Juanucho, se fue a su panoplia y empezó a ceñirse las armas.

Valencia lo sorprendió y alarmada le dijo:

-¿Qué hacéis?

El joven sabía que hacia aquel lugar se dirigían los ejércitos enemigos de los Borgias; pero no haciéndose el entendido, no contestó a Valencia.

Esta, acongojada, se fue a Aducio, que lo sorprendió en la misma faena y los dos a la vez le preguntaron:

-¿Qué hacéis?

-Ya lo véis, preparar mis armas; hace tanto tiempo que estoy ocioso...

-¿Y por qué tanta premura esta noche? ¿Pensáis acaso abandonarme?

-No es nada, dijo Juanucho.

-¡Quia! Dijo el doctor. Un soldado que está tanto tiempo en reposo, solo prepara sus armas en vísperas de un combate; pero sería insensato abandonarnos en estos momentos.

-¿Y si tuviera esa intención?

-¡Oh! ¿Por qué? Tanto yo como esta niña tenemos derecho a saber la causa de vuestros proyectos.

-¿Pero os he dicho yo que no tenga intención de volver?

-¿Pero a dónde váis?

-A combatir contra el Duque.

-¿Con qué fin?

-Con el de destrozarle si es posible.

-¿Vos también, iluso?

-¿Iluso? Una vez logré destruirlo... y doctor.

-¿Acaso os olvidáis de quienes son los Borgias?

-¡Qué Borgia ni qué otra cosa!

-Si destruís a éste, le sucederá otro príncipe y todos igualmente son dañosos.

-Los Vitelli no obstante...

-Y los Orsini... añadió Valencia.

Niños inocentes! Oid quienes son unos y otros. Y contó Aducio tal cúmulo de horrores, que se convencieron que si eran malos los Borgias, no eran mejor los otros, y Juanucho colgó las armas.

Al día siguiente, los confederados contra Borgia acamparon próximo a la casita y el Duque provenía de parte de la Sinigalia.

Al otro día de la llegada del Duque, Juanucho vio pasar sin escolta a los jefes de los federados y el doctor, que había salido, volvió y dijo a Juanucho: Ve ahora en qué situación hubieras quedado. El Duque ha firmado un tratado de paz, según el cual, queda aliado con los Vitelli, los Orsini y Olivero Domo; si te hubieras alistado con cualquiera, ahora tendríamos que emigrar.

Iba a replicar Juanucho, cuando le llamó la atención uno, al parecer fugitivo y perseguido y que momentos antes de ser alcanzado, tiró un papel en un bosquecillo.

-¿Qué diablos podrá haber tirado? Y, sin perder tiempo, se dirigió al lugar y tomó el papel.

-¡Diablos! Es preciso correr a salvarlos, dijo al doctor.

-¿Salvar a quién?

-A esos señores, dijo Juanucho, alargando el papel al doctor.

Era una carta del Papa dirigida al Duque y en la que aquel decía que tenía presos a los Orsini, a quienes había suministrado los polvos blancos para que obraran dentro de quince días, aparte el cardenal, a quien se los había dado para un mes.

-¿Y queréis arriesgar la piel por esa gente?

-A los Orsini y a los Vitelli, les debo gratitud. Se trata de salvar a cuatro personas como nosotros; buscaré a los Vitelli, les mostraré la carta y volveré. Y sin decir más se encaminó a la ciudad para salvar a cuatro condenados a morir por la traición.

Los pensamientos que abrigaba Juanucho eran nobles y generosos, pues salvándolos evitaría Dios sabe cuántos crímenes más, y viviendo los Vitelli y los Orsini, serían siempre un freno de los Papas; pero la fatalidad precipitaba los acontecimientos.

Al llegar al alojamiento del Duque, éste salía acompañado de Don Miguel, que reconoció a Juanucho y le habló al Duque de la conveniencia de apoderarse de él.

El Duque se adelantó y le dijo: ¿Sois vos que desea hablar a Vitelli? Lo encontraréis en la sala inmediata a la derecha; y añadió dando una seña a Don Miguel: Acompañadlo y haced que pueda cumplir su deseo.

Don Miguel comprendió la orden del Duque y condujo a Juanucho a una sala, donde poco antes había recibido a los señores de la Romaña y donde colgados de cuerdas pendían Vitelli y Olivero.

Juanucho se vio perdido y requirió su espada antes de cerrársele el paso; pero instantáneamente y sin que nada pudiera ver, una cuerda se le había rodeado al cuello y lo levantaba en alto...

Don Miguel, mirándole, exclamó entonces:

-Ahí tienes a Vitelli; dile cuanto quieras. ¡Tanto tiempo que perdimos buscándote y ahora tú mismo te entregas!

¡Pobre mi héroe! Tanto valor, tanta abnegación, tanto amor, es pagado con una odiosa traición. Pero los hechos quedan escritos y reflejados en el espejo etéreo y todo es juzgado por el Creador. Descansa que la Justicia te vindicará en el correr de los siglos. ¡Pobre Juanucho! ¿Por qué me has interesado tanto? También has de interesar a los hombres nobles.