Párrafo XV
SAVONAROLA

Dejémoslas aquí; ya descansan Doña Elvira y Valencia y digamos quien es Savonarola.

Este, de familia humilde, pero claro de inteligencia, ahondó en los libros de Santo Tomás de Aquino y otras filosofías y sólo estuvo conforme con el amor divino. Conoció a Aducio y con él se afirmó en que la libertad solo, podía hacer dichosos a los pueblos.

Savonarola se enamoró con toda su alma de una hija de los Sforzi, la que le correspondía en el amor; pero los padres se opusieron rotundamente a su enlace, por la diferencia de clases.

Oyó predicar a un Domínico, lo grande del amor divino y él sintió vehementes deseos de exponer sus pensamientos que eran aquellos mismos y entró en los domínicos.

Poco después de llegar a Florencia, Savonarola, hizo de la predicación su arma terrible y decía: "A la humanidad, sólo dos cosas afligen y no le dejan desenvolverse: la corte de los pontífices y las de los reyes y príncipes; y referente a Italia, no tardará mucho en ser esclava de mercenarios. Y esto puede arreglarse fácilmente con la moralidad y la virtud, y ya que queremos un rey, elijamos por nuestro único rey a Cristo".(1)

Fustigaba despiadadamente al Pontífice, por la tiranía. Y de Borgia, decía, que no era católico ni cristiano y relataba las monstruosidades que cometía.

Enfermo de gravedad Lorenzo de Médicis, tirano de la ciudad, fue avisado Savonarola para que le diera la postrera absolución.

Se presentó y luego de oír la confesión que creyó incompleta, el moribundo pidió la remisión de sus culpas.

-Yo os perdonaré en nombre del Dios de las misericordias, pero se necesitan tres cosas:

Primero: tener fe ciega en la misericordia de Dios... Lorenzo de Médicis con un movimiento afirmó que la tenía.

Segundo: restituir lo mal adquirido encargando a vuestros deudos que lo hagan en nombre vuestro... El moribundo movía la cabeza asintiendo.

Tercero: devolver a Florencia la libertad que le usurpásteis... el moribundo por toda contestación le volvió la espalda al fraile... Este no lo absolvió y se marchó.

Narrando a sus amigos, Savonarola, este hecho, les decía: "¿Véis cómo son esos reyes y príncipes? Viven como quieren, hacen el mal y en la hora de la muerte creen que con confesarse ya están perdonados" y entonces afirmaba. "Ya que hayamos de tener un rey elijamos uno que no robe las mujeres y no deshonre las familias y dé la libertad del pensamiento, y éste, sólo puede ser Cristo". (2)

Cuando estuvo al corriente de la historia de Doña Elvira, arremetía con tal furia a los Borgias, que éste, decretó excomuniones, y lo sentenció a muerte; pero no encontraron todos los tribunales culpa y no pudo ser acusado.

Lucrecia, aconsejó al Papa ganarse a Savonarola, pues, era hombre de valía y, estando en Roma, ella se encargaría de llevarlo a su amor.

El papa creyó grande el pensamiento y mandó un delegado con el birrete; pero Savonarola, al recibir al delegado, le dijo: mañana os contestaré en el púlpito; y el prelado, de gran pompa, escuchó el sermón desde el altar mayor: pero Savonarola en un punto adecuado de su discurso, llamó la atención del auditorio y dijo: ¿Véis ese prelado? pues, es un delegado del Pontífice que viene a ganarme con un birrete de cardenal; pero yo quiero, no capelos ni mitras, grandes ni chicas: y lo que yo quiero es, un birrete rojo, un birrete de sangre que corone mi cabeza.

Este desafío le costó caro, porque Borgia hizo todo lo que su astucia y maldad le aconsejaban y destruyó la obra de Savonarola.

El delegado volvió a Roma, e impuso al Papa del capelo que quería Savonarola.

El Papa, despechado, pero con sonrisa maliciosa dijo: Pues bien, ya que lo quiere, se lo daremos, puesto que en nuestras manos está esa facultad.

Ya conocemos a Savonarola y, dejémoslo para encontrar a Juanucho que lo habíamos dejado en Nápoles, luchando contra las huestes pontificias; hubieron llegado con él, los Vitelli, esforzados capitanes como él; y viendo éstos que detrás de los Orsini, seguían ellos en su caída, decidieron oponerse al alcance del Duque de Serbino que fue mandado con tropas pontificias y sitiaba a la de Orsini.

Juanucho, que veía todo aquel movimiento, decía: Ahora parece que va de veras; formemos entre ellos; y empezó a instruir al pequeño ejército a la francesa. Los armó de picas largas y ligeras; pero Serbino, sabiéndolo, quiso no dejarlos equiparse y les presentó batalla: seguro ignoraba que se encontraba frente al condestable Juanucho.

Este aceptó la batalla y tal fue su denuedo, que lo que pensó el Duque cosa de un momento, duró hora tras hora, hasta verse derrotado y preso por las manos del condestable; pero los soldados, en la desbandada, dispararon la artillería antes de entregarse y un pedazo de granada rompió la pierna derecha a Juanucho.

En unas andas improvisadas con las picas, fue transportado al castillo de Orsini y sufrió su cura en la misma cama que le fue amputado el brazo a Doña Elvira y asistido por el mismo doctor Aducio. ¡Qué ironías tiene el destino tan crueles!.

En cuanto Doña Baldomera tuvo conocimiento del nombre del condestable, le dijo al doctor: Ya sabéis cuánto me interesa la vida de ese hombre y que sepa lo más pronto posible el paradero de las dos señoras.

-¡Hum!, dijo el doctor, que le salvaré la pierna, puedo asegurar, sino se le da tan fuerte impresión, pero podré ir preparándolo.

No, dijo Doña Baldomera, la alegría debe recibirla toda de una vez, ¿cuándo se le podrán comunicar?

-Dentro de tres días.

A los tres días se presentó Doña Baldomera en la estancia del herido, ésta tenía un parecido a Valencia y se desvaneció un momento, Juanucho.

Le habló luego y no le hizo desear mucho para comunicar al condestable todo lo que sabemos de las damas, y su estancia en Florencia, aconsejándole mucha tranquilidad, para que luego se uniera a ellas.

Tan absorto quedó Juanucho con las noticias recibidas que ni siquiera acertó a contestar; parecía que estaba ya curado y que de un salto montaba a caballo y se unía a aquellas mujeres que tendrían grande alegría al verle.

Apenas Juanucho se repuso de la impresión, preguntó al doctor:

-¿Curaré pronto, médico querido?

-Así lo espero amado condestable; también a mí me interesa mucho, vuestra rápida curación, ¡me impresionaron tanto aquellas señoras! ¡Sólo aquella joven de tanta virtud ha sido capaz de arrancar lágrimas de emociones nunca sentidas!

-¿Y cuándo podré levantarme?

-Dentro de un mes.

-¿Un mes? ¡Cuánto tiempo!

-¿Os parece mucho? ¡Una fractura! En todas son menester 40 días, pero vuestra cura siempre que seáis prudente, quizá basten 33; me parece que no hay motivo de quejarse, luego necesitáis ejercicio y adquirir fuerza en la pierna para montar firme, así mi querido, hay que resignarse a dos meses.

-¡Doctor! ¡Dos meses! Me horrorizáis, imposible, si me levantaría ahora si no estuviera bajo sus órdenes; e hizo ademán de incorporarse.

-¡Por caridad! ¡Por caridad! Si hacéis otro movimiento no respondo del éxito que se presenta. Esta palabra bastó para que Juanucho fuese razonable.

El día 7 de Abril de 1498, se presentó el condestable a despedirse de los Orsini, prometiéndoles que figuraría en sus filas siempre que combatieran por la libertad.

Montó a caballo y cuando llegó a Florencia, era un día de terribles aguaceros; y entrando en la ciudad preguntó a la primera persona que encontró en su camino las señas para llegar al convento de San Marcos.

Era día sábado y le chocó demasiado el silencio de la ciudad, hasta que pasando el puente viejo oyó un fuerte rumor. Ya decía yo que Florencia no podía estar al medio día como una ciudad a media noche.

En la plaza de la señoría había una turba que gritaba y se agitaba. Soldados por todas partes y legados pontificios. ¿Qué pasaba? Ahora nos lo dirán.

Intentó pasar por la muchedumbre, pero al llegar al centro con su caballo, no podía efectuarlo, y debía ser aquello muy interesante porque a pesar del aguacero, la gente no hacía caso y estaba como bajo un sol benéfico.

De improviso un ¡Ahora... ! prolongado le hizo llamar la atención viéndose agarrar de una pierna. Era el Florentino que lo había reconocido y se le prendía al cuello mimándose en largo y fraternal abrazo.

Llovía y el Florentino tomó la rienda del caballo y se fueron a beber a la salud de los dos.

-¿Qué diablos pasa, en esa plaza? -preguntó Juanucho cuando supo que los frailes de San Marcos estaban allí, con Savonarola a la cabeza.

-Florentino: Es una cosa larga de contar, pero ya que tenemos que aguardar hasta que la función termine, oye:

-Juanucho: ¿Pero no estás al servicio del Papa?...

-Florentino: ¡Vaya que sí! bebe Juanucho bebe... ¿Has perdido la costumbre desde que ascendiste a condestable? Ya se supieron tus proezas en Roma y alguien rugió de rabia... yo que te conocía lloraba de contento y no esperaba menos de mi inolvidable compañero.

-Juanucho: Gracias. Bien caras las he pagado: pero cuenta algo, que sepa yo también esa novela.

-Florentino: Contó todo lo que conocemos de Savonarola salpicándolo de sus sátiras.

Recordemos las últimas palabras que dijimos de Savonarola. "Yo no quiero birretes ni mitras grandes ni chicas; lo que quiero es, un birrete rojo en mi cabeza".

-Florentino: Ya ves qué contestación le dio al nuncio; y tan en secreto, que lo dijo en el púlpito.

-Juanucho: ¡Bravo!

-Florentino. ¡Malo digo yo, y no bravo! ¿Tú no hubieras aceptado?

-Juanucho: ¿Yo? ¡nó!

-Florentino: Pues bien. Malo te diría aunque fueras tú mismo, ¿quién duda que con el birrete de cardenal podría llegar un día a ser Papa y entonces podría hacer todas las reformas que quisiera?

-Juanucho: Y después de él vendría otro peor que Borgia.

-Florentino: Con el rechazo del capelo, rechazaba el cuerpecito nada desagradable de Doña Lucrecia. ¡Si no costara tan caro él poseerlo! ¿Te acuerdas, Juanucho?.

-Sí, sigue.

-El Papa... Vamos ella... quiso vengarse; ha habido excomuniones, amenazas y nada; el fraile arreciaba más y quiso reunir un concilio... para destruir a Borgia, y empezó a declarar... una esposa... y una hija... de Alejandro VI y zas. Esto, el Papa no lo puede consentir y ha apelado a todos los medios hasta la prueba del fuego.

-¿Y Savonarola ha de sufrir esta prueba?

-No, un fraile de los suyos.

-Da asco; porque un hombre aunque sea fraile y predica el bien, la venganza del tirano es el premio...

-¿Qué nos importa? Nosotros somos soldados...

-Pero también tenemos corazón.

-Bueno; pues, como te decía, el fraile seguía poniendo el dedo en la llaga, y publicaba los escándalos de la corte Romana, y el Papa que no había podido excomulgar al fraile, intimó a la Señoría de Florencia para que impidiese las predicaciones de ese fraile, y nada; seguía y acometió más fuerte cuando llegaron aquí dos señoras... dos aventureras que dicen ser mujer e hija legítimas de Alejandro VI, se llegó a decir que preparaba las cosas para llegar a Roma y emparedar a todos los cardenales junto con Borgia que ni es católico ni aún cristiano.

-¡Bravo por Savonarola! Por fin ha habido uno que diga algo de verdad. ¿Sabéis lo que digo?, que si no fuera soldado querría ser fraile con ese valor.

-¿Sí? verás como acaba. Doña Lucrecia, al no ser correspondida, aborreció al fraile y el Papa aún sin pruebas, lanzó la excomunión y el fraile... leyó y escribió cartas a todos los reyes y príncipes; pero el campo estaba tomado y todas esas cartas fueron a Roma en vez de a quien iban dirigidas, y por fin, con los grandes medios... que tienen allí se han hecho camino y aquí nos tienes hoy a celebrar el entierro del fraile; ¿quién le obligaba a este frailucho a enredarse con el Papa, sabiendo, que el puñal, los venenos y otras zarandajas se abren camino pronto para sus planes?

-Pero ésto es una horrible traición y hay que evitarlo a toda costa, y Juanucho se levantó como movido por un resorte.

-¿Pero a dónde vas loco?. ¿Cómo quieres lanzarte en medio de aquella turba, si sabes los efectos de la excomunión? Ese fraile ha podido hablar de puñales, venenos y hasta impugnar la elección de Borgia, pero tratar de llevar el ánimo a los reyes para anular al Papa...

-Impugnarlo es poco, Florentino; si supieras que hay cien y mil razones para anularlo...

-¡Qué quieres tú que haya!... ¿Se trata de comprar votos?... pues bien, tú vas a ser elegido, te voto, eres agradecido y me regalas un presente; yo lo acepto por recuerdo... ¿Dónde está la compra?

-Bonita filosofía.

-Así es y pasa.

-¿Y si el Papa fuese realmente casado y por engaño, y fuese asesinado el cura que los casó y viviese aún la verdadera esposa y la hija desconocida?

-¿Tú también? Esas son las majaderías del fraile, que da crédito a dos aventureras, ¿ y tú prestas crédito a esas felonías?

-¿Felonías?

-Sí.

-¿Las conoces tú a esas dos mujeres?

-Yo, no. Pero no falta en el Vaticano quien las conoce.

-¿Y si yo te dijera que sí las conoces y que es verdad? ¿Te acuerdas de la última vez que me viste?

-¡Gran Dios... Tu acompañabas a dos señoras... y bien hermosas por cierto...

-Pues aquellas son una la esposa y la otra hija de Borgia.

-¿Estás seguro?.

-Segurísimo y soy depositario de la prueba; y ahora ¿qué piensas?

-Creo en tus palabras. Ahora comprendo tus secretos para un amigo... solo Juanucho es capaz de oponerse al poder de Alejandro VI. Tienes razón. Hay que hacer algo en favor de ese buen fraile y si vienes a defenderlo y te hace falta un brazo, cuentas con el Florentino.

-No. No vengo a defenderlo, pero si las necesidades me obligan...

Al terminar estas palabras un rumor sordo llegó a ellos; la Señoría viendo que no podía levantar un tumulto contra el fraile, suspendió las pruebas.

-Acompáñame al convento, que tengo que recibir una palabra de Savonarola.

Salieron hacia el convento y una vez en él, Juanucho pretendió ver a Fray Jerónimo; pero le dijeron que aquel día sería imposible verlo, a causa de estar previniendo grandes acontecimientos que se avecinaban, pero que fuese al siguiente día por la mañana y le podría ver.

Eran las 8 de la mañana y Juanucho se presentó en el convento. Vio a Savonarola y le expuso el objeto que le llevaba, y le dijo: yo mismo lo acompañare, pero esta tarde; esté tranquilo que están bien.

Respiró Juanucho y salió diciendo, hasta luego: pero andando por la ciudad supo malas noticias por que la calumnia había llegado con los legados de Alejandro VI, y levantó entre los amantes del libertinaje una oleada que luego se convertiría en sangre.

Andaban al azar, Juanucho acompañado del Florentino, y a lo largo de la calle vieron una persona que reconocieron y trataron de darle alcance; pero desapareció. Era Don Miguel.

Aquella ave era de mal agüero y con las noticias que iban recogiendo de que iban a prender fuego y asaltar el convento, las horas se les hacían penosas.

Por fin, llegaba la tarde y salió para el convento y le dijo el Florentino: ya sabes, si me necesitas, aquí estoy. Me guardo por que ya sabes que he venido a guardar la vida del delegado.

Cuando se acercó al convento pasó por medio de un grupo que su actitud hostil revelaba sus intenciones y apretó el paso para poner en aviso al convento; mas ya en la plaza, otro grupo iba amenazador. Juanucho corrió y entró en la iglesia porque precisaba saber el paradero de las mujeres antes que pudiera haber una hecatombe; pero cuando él entraba, ya la turba llegaba; la iglesia estaba llena y en su mayor parte niños, y viendo el peligro, Juanucho exclamó al entrar: Salvaos, huid, y en el mismo momento, una lluvia de piedras caía sobre la muchedumbre.

Mientras salían amainó un poco la amenaza y una vez salidos los niños y las mujeres pudieron cerrar las puertas y algunos frailes vistieron el yelmo y la lanza en vez del hábito y el crucifijo; pero Savonarola les gritaba: Nosotros no podemos empuñar más armas que la oración; y Juanucho les decía por lo bajo: los motines, no se apagan más que con las armas; y muchos frailes con algunos hombres que se quedaron, mientras que Savonarola con otros frailes cantaban el "Salvum Fac pojuntum tuum Domine", repelían a los asaltantes, pero cuando llegó otro pelotón de asaltantes, Juanucho, empuñaba un arcabuz que había arrebatado a uno de aquellos libertinos se parapetó en un rincón del altar mayor y sembraba pánico con sus descargas y allí habría aniquilado a cuantos entraran, si Savonarola que lo reconoció no llega y le dice: perdonar, pero corred a casa de Valori; allí está lo que buscáis y quizás hace más falta vuestro valor allí para defenderlas; a mí dejadme morir, porque eso solo buscan.

Juanucho que no hubiera abandonado aquella trinchera por que se había enardecido su espíritu guerrero, dejó el arma y dándole las gracias a Fray Jerónimo, salió como un rayo: llegó a la casa y la encontró todas las puertas abiertas.

Triste cuadro se ofreció a su vista; una mujer en un charco de sangre yacía cadáver, corrió a otra habitación y un niño descuartizado, le horrorizó. No encontró más personas y comprendió que el golpe había sido dado simultáneamente.

Salió a la calle: vio un grupo de hombres en actitud belicosa y habría hecho frente; pero al querer correr a indagar el paradero de las mujeres que seguramente el Florentino podría suministrarle, torció el camino sin hacer frente, pero otro grupo más fuerte se le opuso al paso y nada le decían; pero a Juanucho se le ocurrió preguntarles si habían visto llevar presas dos mujeres y ésta fue su perdición. Este es, dijo uno. Date preso.

Juanucho creyó dos cosas: preso, las encontraría presas o la Señoría, una vez comprobada su personalidad, lo dejaría en la libertad, y se entregó sin resistencia; todo en vano, pues ya preso sin ir a la Señoría fue llevado al Vaticano y llegó dos horas antes que las señoras.

(1) Yo no puedo estar conforme con ese rey; pero si sólo este error tiene Savonarola, pronto tendré en él, otro compañero de viaje. Aunque por el momento, no veo que sea el anticristo.

(2) Tampoco Savonarola sabía el secreto del Cristo: no era hora.