Párrafo XIV
JUANUCHO HACE HONOR A SUS JURAMENTOS

Los pensamientos de Juanucho de estar tranquilo en Roma y procurar la libertad de las dos señoras, se frustraron por la astucia y maldad con que preparó las cosas Alejandro VI, que con la excomunión hizo temblar a Carlos VIII que se retiró a Nápoles, con orden de conquistar aquel reino. Juanucho se veía a menudo con el Florentino y otros amigos, los que le dijeron que sabían habían sido llevadas presas dos mujeres al Vaticano, pero que nadie las podía ver y carecía de señas.

Juanucho se estrellaba en sus proyectos y se formó una novela indescifrable. Ya veía a Doña Elvira asesinada, ya a Valencia rechazando con tesón los requerimientos amorosos de su padre y por ello ultrajada y al fin muerta y todo esto minaba su salud y el deseo de venganza se acrecentaba y juró no empuñar la espada sino en favor de quien peleara contra los Borgias.

Un rayo de luz pasó por su mente. ¿No podían ser aquellas mujeres otras desgraciadas? Colonna partía para Näpoles a la vez que los ejércitos de Carlos VIII; y como los sufrimientos de Juanucho habían sido terribles y el deseo de vengarlos en el Papa Borgia y sus hijos, lo decidió a ir hacia Nápoles; pero en el camino, cayó enfermo a causa de sus sufrimientos y una terrible tisis amenazaba consumirlo.

Pero sus ánimos y el deseo de vengar aquellas desgraciadas y a sí mismo, le dió fuerzas para atenderse y en pocos meses se vio fuerte y capaz de empuñar la espada y estar doce horas a caballo y se dirigió al reino donde aun se combatía y entró con tal fiereza, que tomó parte en todas las batallas, llevando su fama el ánimo a sus soldados.

Fue ascendido a condestable y lo dejamos ahora para encontrarlo en Octubre de 1497 en Braciano, a donde le llevaron las circunstancias y allí tuvo noticias ciertas de las damas que creía víctimas de los Borgias, cuyas vidas no les habría perdonado jamás.

Es hora de ocuparnos de estas damas que dejamos en el castillo de los Orsini.

El primero que visitó a las damas fue Virgilio Orsini; pero Doña Elvira, no pudo hablar a causa de los horribles dolores que le causaba la herida y la debilidad por los sufrimientos pasados y la sangre perdida.

Este tenía una hermana honradísima, llamada Bartolomea; el ser buena y honrada era una cosa rarísima en aquellos tiempos en que la corrupción de la corte pontificia invadía todos los hogares y más los de los señores.

Esta mujer, bella en sus virtudes, se puso en persona al auxilio de aquellas desgraciadas, que al saber la triste historia, las compadeció y les prometió que mientras se encontrasen a gusto en su castillo, de todo podían disponer.

Virgilio, ayudó a Valencia a desnudar a su madre y la colocó en la cama, en tanto llegaba el médico de los Orsini que vivía en el castillo.

De este hombre tenemos que hacer alguna memoria, por ser el que terminará esta historia, hecha nada más con los girones más a propósito de la inmensidad de las maldades de los Borgias.

El doctor, a quien conoceremos por Aducio, era distinto de los médicos de su tiempo.

Había empezado a estudiar la carrera eclesiástica y después de mil contiendas con sus padres, por que no era su vocación la de cura, consiguió que le dejaran pasar a Bolonia, y en vez de la carrera de abogado, siguió la de medicina y filosofía.

Estudiando anatomía, encontró la igualdad de los hombres y tocó en sus manos un tratado de Averroes, y a su juicio, halló que las razones aducidas por la Iglesia contra aquel libro, no tenían razón de ser.

Sus padres, asustados por la impiedad de su hijo empeñados en hacerle sacerdote, acudieron al Obispo de Pessaro, quien, les dijo: "esto es un castigo de Dios porque no habéis entregado a la Iglesia la mitad de vuestros bienes". Y aun les hizo creer que su hijo era el Anticristo en persona (1) y les indujo a sacarlo del seno de la familia, desheredarle y entregar sus bienes a la Iglesia.

Como aconsejó aquel obispo obraron y Aducio tuvo que ejercer su profesión para vivir: pero al poco tiempo, como médico de los Orsini, por su fama justificada, fue el hombre de respeto y aprecio.

Tal era el médico a quien se le confió la cura de Doña Elvira, quien entró en la sala y registró minuciosamente la herida.

Los sufrimientos, no dejaban articular palabra a la paciente. La piel del rostro amoratada, los ojos habiéndose hundido en sus órbitas, la boca y la nariz se contraían de una manera horrible.

Valencia, no comprendía nada sino que algo grave ocurría.

El doctor quiso levantar el brazo por ver la sensación que producía a la paciente, y su rostro se agitó.

En la apariencia, la herida no era grave: un corte superficial cuya curación era de breves días, pero en los bordes de la herida, una mancha violácea se extendía por momentos y ésto observado, el médico dijo:

No hay minutos que perder. ¿Estáis dispuesta a perder el brazo para salvar vuestra vida?

Valencia se tapó el rostro con las manos y prorrumpió en amargo llanto.

Aducio, con gran cariño y mientras hacía los preparativos dijo a Valencia: Valor hija mía: se puede vivir perfectamente sin un brazo y si queréis que se salve vuestra madre, es necesaria la separación de ese miembro, la han herido con arma envenenada.

-¡Envenenada! Exclamó Valencia ¿qué quiere decir eso?

-¡Pobre niña! exclamó la Orsini ante aquella ingenuidad: un arma que mata con solo rasgar la piel.

Doña Elvira, después de meditar un momento dijo al doctor: necesito vivir para ese ángel, doctor.

Aducio, que había seguido a los Orsini en diferentes campañas, estaba familiarizado con esa clase de operaciones y en pocos segundos separó el brazo por la coyuntura y por lo sano sin necesidad del serrucho.

-Ahora es necesario dejarla tranquila, mientras acabo de vendarla, se dormirá.

-Imposible es que duerma -exclamó Valencia.

-¿También eres incrédula? -dijo el doctor.

Ciertamente, el juicio del doctor se confirmó.

Durmió, no tanto por el cansancio, sino por la acción del veneno que se había logrado arrancar.

El doctor dijo a Valencia; id a descansar, niña, que yo velo a vuestra madre.

A pesar de cuanto le dijeron, Valencia permaneció en la estancia, el doctor, no encontraba, el pobre, un parangón, con qué convencer aquella niña; él era hombre de acción ruda, porque la maldad de la iglesia le había privado hasta del amor de su madre.

El doctor seguía muy atento, en el temor de que un particular veneno hubiera penetrado en el cuerpo; pero a las dos horas, afirmó, que la paciente estaba salvada, cuya fausta nueva sacó a Valencia de las más tristes ideas.

Cuando pudo acercarse a Valencia para comunicarle esta halagadora nueva y ante las ideas que se reflejaban en el rostro de la niña, encontró motivos para hablarle de sus dolores y desgracias que la afligían y más de una vez, en sus relatos, Valencia, las lágrimas quemaban sus mejillas... y lloraba el doctor, el desposeído de toda bondad y afectos y condenado a comer el negro pan del estudio perenne.

-¡Oh! Hay que creer en la virtud, exclamaba -cuando se contemplan tales ejemplos. Contad conmigo como un amigo fiel que velará por vosotras.

Al siguiente día, Virgilio Orsini fue a visitarlas y le rogó dijera los motivos por los que el Pontífice las perseguía tan despiadadamente; para lo cual, él, contó primero los motivos que tenía para abandonar la causa del Papa; púsola en antecedentes del concilio que se proyectaba reunir para anular la elección de Borgia y sustituirlo por otro más digno de representar a Cristo en la tierra.

Doña Elvira contó todo lo que ya conocemos; pero entonces recordó que el documento, para mejor custodia, lo había entregado al capitán Juanucho, antes de su visita al Vaticano y con los azahares, no se había acordado de pedírselo, por lo que le recomendaba que por todos los medios, se procurase saber de él.

Encargóse el mismo Orsini de hablar al rey Carlos que al día siguiente estaría en el castillo y disponer el ánimo de los cardenales; pero su estancia fue muy breve, porque ya sabemos el proceder que empleó el Papa para anular la acción del rey y sus aliados.

Una vez que los Vitelli, Orsini y demás señores estuvieron en Nápoles, el Papa buscó un pretexto, que al no haberlo, lo fraguó; ordenó la prisión y envenenamiento de Orsini y puso presos a casi todos los parientes de la familia.

En Nápoles, hizo fracasar al rey Carlos y lo hizo pasar a Francia, haciendo reconquistar el reino al anterior rey y dejó entre tanto vacantes, por los medios que ya conocemos, doce birretes que ofreció a otros tantos cardenales de los territorios de la Romaña, haciéndoles jurar que darían su voto cuando llegara el caso de fundar una dinastía para el duque de Gandía, cuyo título ya llevaba su hijo César, para lo cual renunció al cardenalato permitiéndole casarse.

Con ésto anuló el concilio que se intentaba celebrar para destruirlo y acto continuo intimó a Baldomera Orsini la rendición. Esta, tuvo aun tiempo de avisar a los suyos y opuso resistencia, que aunque débil, fue suficiente para dar tiempo que llegaran los suyos y defenderse.

Por esta causa, delegó al doctor de prevenir y aconsejar a sus huéspedes huir, si estimaban sus vidas; el doctor, las pasó negras para prevenir a Doña Elvira y fue necesario, para que lo creyera, que se presentara Doña Baldomera y le relatara la muerte de Virgilio y el apresamiento de casi todos sus parientes.

Doña Elvira, sin embargo, dijo: ¿No me habéis dado hospedaje y vivido tranquilamente en la paz? ¿por qué no os hemos de acompañar en la tribulación?

-Convenceos que sería imprudente. Elegid donde queréis refugiaros y mis soldados os escoltaran.

El doctor les refirió que en Florencia era el único sitio donde el Papa no tenía autoridad, y que había allí un fraile tan valiente y virtuoso, que había conseguido emancipar a Florencia y hacerla república y que era el azote del Papa, reyes y príncipes y que sólo reconocía la autoridad de Cristo.

Si queréis dirigiros allí y no despreciáis una carta mía para este fraile que es Savonarola...

-¿Y cómo, sois vos, doctor, que nos aconsejáis dejemos en estos momentos a Doña Baldomera?

-Señora; mi larga experiencia me permite saber muchas cosas y sé que hoy es la intimación a los Orsini; luego a los Colonna; más tarde a los Vitelli y, finalmente, a todos los príncipes y señores, hasta que por el puñal, el veneno y las batallas, no quede más señor que el Papa.

-¿Y vos creéis así?

-¿Yo? Yo no creo nada señora... sólo no dudo de que Alejandro VI morirá y que a este tirano le sucederá otro que no será mejor.

Acordóse, pues, en medio de las protestas de agradecimiento y de cariño, que al día siguiente saldrían para Florencia y salieron, acompañados por cuatro soldados; en cuatro días de penosas jornadas, llegaron a Florencia, donde los soldados se despidieron y volvieron al castillo.

Las damas entraron por la puerta Romana y pasando junto al famoso palacio Pili donde se despidieron sus guías y defensores, siguieron ellas sin rumbo y atravesando el puente viejo, llegaron a la plaza del Duomo.

Aquí dijo Valencia: ¿Pero dónde vamos? Que sé yo, dijo Doña Elvira... Si al menos tuviéramos a Francisco... ¡Pobre! ¡Cómo habrá acabado su vida!...

¿Y no tienes la carta del Doctor?

Que inocente eres, se acepta para no ser descortés...

¿Pero que vamos a ponernos al amparo de un fraile, y con la recomendación de un doctor?.

Todavía asomaba en Doña Elvira su altanería; pero le chocó demasiado que la gente andaba preocupada de sí misma y que los que pasaban junto a ellas ni aún les miraban la cara. Sorprendió varias conversaciones y admiró la virtud de aquel pueblo que no dependía de la corte romana. ¿Diría verdad el doctor?

El doctor le había referido la historia de Savonarola y los progresos de sus consejos y ejemplos en Florencia y se dijo: no será del todo humillante presentarse ante ese fraile, desde que sabe hacerse respetar y querer de toda una ciudad... pero... en fin si el acaso nos pone en camino...

Valencia que había adquirido alguna experiencia de que su madre se equivocaba muchas veces por su altanería como se lo había hecho notar Juanucho, le dijo:

-De no ser así, no podemos andar a ciegas por las calles al menos que vayamos a una hostería y esto debemos huir; me acuerdo demasiado de la de Braciano.

Vayamos a ver al fraile y al menos nos preparará una persona que nos busque un criado de confianza.

El acaso, que había dicho Doña Elvira, no tardó en presentarse, pues, llegaron a una plaza donde hay una iglesia de la que salía mucha gente y preguntó a uno que pasó cerca:

-¿Cuál es el convento de San Marcos?

-El convento aquél, la iglesia ésta, contestó el interpelado sin perder paso

Doña Elvira llegó al convento, mostró la carta al portero y éste dijo: Pasad a la iglesia, colocáos en el confesionario de junto al altar mayor y yo lo dirigiré allí para que así os reciba más pronto.

A los pocos minutos apareció Savonarola que nada de particular ofrecía sobre los demás hombres y frailes, a no ser sus penetrantes ojos, su amplia frente y color blanco, cualidades que no descuidó de reconocer Doña Elvira.

Entregada la carta, la leyó y las miró repetidas veces y por fin les dijo... Desdichadas... venid conmigo: las acompañó unos pasos, llamó a un lego y le ordenó acompañase aquellas señoras a casa de Valori, diciendo que las mandaba él.

Llegaron y al ver la recomendación fueron debidamente atendidas y acomodadas.

(1) ¿Será este hombre de ciencia, realmente el anticristo?... ¡Oh!... Si lo es, tendré un compañero más que me acompañe en mi engorrosa empresa de buscar a mi Dios de Amor. Ya lo veremos.