Párrafo XIII
PUSILANIMIDAD DE LOS REYES ESCLAVOS DE LA RELIGION

Tengo que cortar el relato para ver cómo se arregló Alejandro VI, para tener tan a mano los dos capelos ofrecidos al momento de firmar el pacto harto vergonzoso para el rey cristianísimo de Francia; pero es de rigor ver antes como se presenta Don Miguel ante Borgia y oír referir su mala aventura de ser despojado de su presa, que es lo que le dio mayor pie al Papa para romper el pacto primero con Carlos VIII y retirarse al castillo de San Angel.

Al medio día del mismo que le fuera arrebatada su presa, se presenta Don Miguel en la sala de audiencias secretas, humilde y cabizbajo; pero en su defensa, llevaba su daga teñida en sangre y un brazo en cabrestillo; de no tener estos testigos, Alejandro lo tritura con la mirada.

A pesar de estos defensores, de su arrojo y valor, le dice el Papa:

-¿Tenéis la osadía de presentaros ante nos con las manos vacías?

-Crea Su Santidad que se ha hecho lo posible para servirlo... esta sangre... y este brazo... mostrándolo y la daga.

-El Papa: Narrad ligero lo que ha pasado para que sepamos en que podéis sernos útil y para que tome las medidas del caso.

-Tres éramos los que fuimos a detenerlos. El hombre iba atado y a caballo y me precedía una milla, lo custodiaba Onetto; yo iba detrás con las señoras y me acompañaba Barbanera. Su Santidad recordará que me encargó mucho miramiento en las señoras, especialmente con la joven...

-El Papa: Se podía tener, pero...

-Y lo teníamos.

-El Papa: ¿Pero cómo pudieron huir? ¿Incapaces para custodiar a dos indefensas mujeres? ¡Qué hombres!

-No han huido, ¡nos las han robado!

-El Papa: ¿Qué audaz se atreve a poner manos sobre nuestros prisioneros?

-Los Orsini.

-¿Los Orsini? ¡Mira bien lo que dices! ¡Acusas de alta traición a los más fieles hijos de la Iglesia!...

-Con perdón de Su Santidad, las cosas ocurrieron como las relato.

-¿Y cómo las robaron?

-Ibamos yo y Barbanera...

-¿Quién es ese Barbanera?

-Un siervo fiel de Vuestra Santidad y del cardenal mi patrón.

-De tales siervos nada he conseguido.

-Vuestra Santidad tiene motivos para estar irritado con nosotros, pero el deber fue cumplido.

-Basta, prosigue. Si como tienes lista la lengua tuvieras las manos...

-Llegamos a la puerta y la encontramos cerrada, pedimos paso y el sargento nos preguntó quienes éramos y por qué llevábamos dos mujeres atadas.

-¿No teníais nuestra orden escrita?

-La mostramos prontamente, Santidad.

-¿Y no te han obedecido?

-De ella, el sargento se echó a reír.

-Ten en cuenta lo que dices, repito; si dejas escapar una sola mentira, el Maestro Jaime sabrá cumplir su deber.

-Vuestra Santidad podrá hacer lo que quiera.

-Lo haremos. Prosigue.

-Hice observar el sacro sello, y se me contestó que aquello era válido para los vasallos de la Iglesia, pero que para los Orsini no lo era, y que las órdenes que tenía recibidas, le impedían respetar los escritos de Vuestra Santidad.

-¡Cómo! ¿Han dicho que no son nuestros vasallos?

-No sólo eso, sino que me intimó la rendición y que le entregara los prisioneros, de quienes desde aquel momento podían disponer sus señores.

-Y... ¿no fuiste capaz de tenderlo de una estocada? ¿Para qué estáis a nuestro servicio, pues?

-Su Santidad debe comprender que sólo éramos dos y que nos rodeaban una docena de esbirros... con las espadas desnudas.

-¿Las cedísteis sin resistir, pues?

-Fui detenido por el brazo derecho, pero con la mano izquierda y aun a costa de hacerme matar, para cumplir una orden del cardenal César, tiré de mi daga que había envenenado aquella misma mañana y la herí... en el brazo.

-¿A quien?

-A la de más edad.

-Bravo... ¿La heristes mucho?

-El acero penetró dos dedos en el brazo; creo que ni los santos pueden salvarla, la otra quedó ilesa porque simultáneamente sentí una estocada que atravesaba mi brazo.

-Bueno, menos mal. Muerta la madre, más fácil nos será apoderarnos de la hija. Pero... pensar que puede estar en otros brazos... maldición; ¿pero cómo has podido llegar aquí?

-A la madrugada, llegó el jefe de los Orsini que recorría las puertas y me puso en libertad, a cambio de que trajese una comisión para Vuestra Santidad.

-¿Una comisión para nos?

-Ve y dile a tu señor (me dijo), lo que te ha ocurrido y añade que la tierra de los Orsini ha dejado de ser feudo del Pontificado, y que pronto me verá en Roma como jamás me vio.

-¡Lo veremos! ¡Lo veremos! Quizás no tenga tiempo de llegar aquí. Puedes retirarte y ya que has tenido celo para cumplir nuestras órdenes, te damos nuestra suprema bendición subconditione: entiéndelo bien, subconditione, de que otra vez nos sirvas mejor.

Se disponía a salir Don Miguel, y le dijo el Papa:

-Oye, ¿y el otro prisionero?

-Leoneto, mi compañero, lo condujo a campo traviesa y por esto no se ha enterado y no los podrá auxiliar.

-¿Y por qué no hiciste lo mismo con las mujeres?

-Era demasiado peligroso tratándose de damas.

-Así tal vez estarían en nuestro poder.

-Quizás no, porque cuando estuvo a la vista de la ciudad, un pelotón de soldados de Colonna, tal vez creyendo prestar algún servicio a Su Santidad... se lo quitaron y con ellos lo llevaron.

-Entendido, retírate y dile al cardenal César que venga urgentemente.

En tanto vino César que tardó bien poco, el Papa tramó la venganza; era preciso malquistarlos unos con otros, y ganarse al rey Carlos, atándolos de pies y manos y aquí concibió la excomunión y luego dar los birretes que no tenía a mano; pero tenía los grandes medios para tenerlos pronto.

Llegó César y sin darle tiempo a saludarlo exclamó:

-¡Maldición! ¡Osar y de un golpe arrebatarnos tres prisioneros: y menos mal, que el más peligroso está herido de muerte... ¡Pero por la innata prevención de la madre, ver a nuestra hermosa hija Valencia en otras manos! Hupf... ¿Y no se empeñaba en hacerla virtuosa? ¡Ah! ¿Y no hubiera sido mejor, verla feliz y venturosa fulgurando su hermosura, siendo la esposa de algún príncipe predilecto del padre, amada de sus hermanos, radiante y dichosa? ¿Por qué hacer caso de esa majadería que los imbéciles llaman virtud?

¡Vaya un papita, lector!... como Pontífice hace cruz y como amoroso padre, hace raya.

Sabe Dios hasta cuando hubiera estado en esos sabios raciocinios, si una algarabía de los mil diablos no le hubiera llamado la atención.

César salió a la antecámara y volvió diciendo:

-Nada, nada. Son Lucrecia y Julia que riñen entre sí por entrar una primera que la otra y los guardias les prohiben la entrada.

-¡Ah! ¡Ah! debe ser cosa deliciosa verlas así: dad orden que pase una y otra. Para las niñas de nuestros ojos, no deben haber secretos: por lo menos nos devolverán el buen humor que desde esta mañana nos ha abandonado.

Apenas había pronunciado el Papa estas palabras, cuando se presentaron las dos mujeres sin la venia del Pontífice.

-Lucrecia, ya la conocen los lectores bien, como bellísima mujer y sin pudor de ninguna especie y abandonada a todos los vicios.

Hacía tres días que deseaba estar a toda costa estar a solas con su padre y en un momento del que sólo son asequibles las mujeres pedirle una gracia como prueba del amor paternal; y como no conseguía ese momento, sea porque el Papa tuviera hondas preocupaciones, fuera porque Julia, hermana de aquel cardenal que fue hecho sirviendo de alcahuete de ella por ganarse el birrete, Lucrecia no era atendida; y como ahora era urgente conseguir lo que se proponía, o de lo contrario se suspenderían las fiestas bacanales por falta de oro; se propuso forzar al Pontífice.

Julia, era, sobre más joven que Lucrecia y flor recién deshojada y la más bella de las mujeres Romanas, hacía las delicias del Pontífice.

Dejemos palabras y cuestiones nimias de requiebros y entremos en el gran argumento.

-Papa: ¿Qué sabéis de los Orsini?

-César: Que se han aliado, contra nosotros.

-Lucrecia: Todas las personas son feudo del Papa y tienen la obligación de ser fieles a la Iglesia.

-El Papa: Bien dicho Lucrecia; por ese discurso sólo, has merecido de la Iglesia el birrete de cardenal; es preciso acabar con todos esos señores de la Romaña. Con sus estados, se puede formar un bonito ducado, para ti... mas...

-César: ¿Mas les protege el rey Carlos, queréis decir?

-Papa: Ciertamente, esa es mi especie...

-César: ¡Si se pudiese recurrir al salvo conducto blanco!

-Papa: No, no. Abandonemos esos pensamientos. Puedo provocar contra él todas las iras de la cristiandad; y además, tengo aun otras armas para reducirle a la obediencia.

-César: ¿Y qué ha pensado Vuestra Santidad?

-Papa: Por ello te llamé.

-César: ¿Y qué disposiciones ha tomado?

-Papa: Lo que no se logre por la fuerza, se obtiene por la astucia. De un enemigo irreductible, haremos un siervo celoso.

-César: Preciso será que cedáis en algún extremo.

-Papa: Cederemos, cederemos. Pero en tanto, es necesario proveer para que las condiciones sean menos onerosas.

-César: Justamente; pero para eso será necesario un buen ejército.

-Papa: Nada. Los consejeros de Carlos, han puesto sus ojos en el manto de los prelados y el capelo cardenalicio. El rey Carlos, por su parte, quiere correrse al reino de Nápoles. A los primeros, los podemos satisfacer; y al segundo, le negamos nuestro apoyo, le damos la excomunión y para obligarlo a romper los pactos y aun a hacer armas contra los hoy sus aliados, le prometemos el reino de Nápoles y nuestra absolución. ¿Qué tal os parece el plan consejeros?

-Lucrecia: No entendí una palabra.

-Papa: ¡Malo... malo! Hija mía, mal principio tiene vuestra intromisión en el consejo de la Santa Iglesia.

-Julia: Yo lo encuentro admirable todo.

Lo cierto es, que ésta entendió mucho menos que Lucrecia; pero estaba bien aconsejada del cardenal su hermano, para asentir a todo y por esto habló así la cortesana.

-Papa: Ahora, César, recurramos a nuestros medios.

-César: El erario está exhausto.

-Lucrecia: ese era mi apuro, y por eso venía a...

-Papa: Perfectamente entendido y, a todo proveerá el representante de Cristo; ¿qué proponéis?

-Lucrecia: El Cardenal de Capua...

-El Papa: Es viejo y hace mala figura, y además, es riquisímo: no habíamos pensado en él.

-Lucrecia: Y el capelo vacante produciría...

-El Papa: Cuidáos de ésto, César.

-Lucrecia: Permítame ahora Su santidad hacerle un cargo, prevaleciéndome de mi cargo de consejero; es sobre vuestros torneos amorosos.

-Papa: ¡Ah! Maliciosilla. ¿Qué quieres decir con eso?

-Que exigen mucho dinero...

-Papa: Mal momento, hija mía: el tesoro está exhausto... no quiero suspender las fiestas... y... ¡Si se pudiera por ahora hacerlas sin dinero!... ¡Al menos que tengáis algún bello plan madurado!

-Lucrecia: El Cardenal de Módena, es un instrumento inútil y la más triste figura.

-Papa: ¿Y querías darle un salvo conducto... y sus cuantiosas riquezas?...

-Lucrecia: ¡Sí Su Santidad no quiere suspender las fiestas!...

-Papa: Veamos lo que dice el tercer consejero: y preguntó a la Darnesio.

-Julia: Para mí, no quiero nada. Sí para uno que aun no está en el mundo. (Se sentía madre).

-Papa: ¿Y qué deseas para ese señor no conocido aún?

-Julia: Ya que estos consejeros se acordaron del de Capua y el de Módena, yo he puesto los ojos en el de San Angel que es mejor pieza.

-Papa: En pocas palabras, me pedís tres cabezas. ¡Ah picaruelas! Estudiemos...

En cuanto al primero, lo exige una necesidad del estado. El segundo, nuestras necesarias diversiones, y el tercero, lo pide la que impera en nuestro corazón. En el fondo, pues, ninguno de vosotros quiere cometer un delito; es cuestión de dinero; así, pues, cardenal, vos proveeréis.

-César. Cumpliré las órdenes de Vuestra Santidad.

-Papa: Ya veis, tres porciones en vez de una sola. Ingéniate cardenal y luego concederemos nuestra suprema bendición.

Comentad vosotros lectores. Yo copio a los historiadores.