Párrafo XII
LA LUJURIA EN SU GRADO MÁXIMO

El destino es cruel, mas la ley humana egoísta, hace sentir con sus arbitrariedades y su injusticia los rigores del destino en toda su intensidad.

El Papa, tenía mucha prisa en destruir todo lo que le pudiera acusar de usurpador y bígamo, y por ésto, en medio de graves conflictos políticos que le amenazaban, redoblaba su empeño en quitar las piedras que por su lujuria se había puesto él mismo en su camino, pero sin abandonar su lujuria; por lo que se veía en la necesidad de ser tirano y criminal.

La mañana esta del milagro y del asesinato refinado del desgraciado Francisco, había recibido un correo del rey Carlos, anunciándole que tenía refugiados muchos cardenales en su campamento y que se disponía a celebrar un concilio en el que sería depuesto Alejandro VI y puesto otro en su lugar; pero hombre que era de no asustarse de tan poca cosa, no se sorprendió y pactó en secreto haciendo concesiones y aun se atrajo ayuda para sus siniestros fines.

Por el pacto, adquiría fuerzas para acometer a los Orsini, Vitelli y todos los señores de la Romaña, cuyo proyecto oímos discutir y que fue causa del asesinato del Duque de Gandía.

Resuelto en pocos momentos, con dignidad o sin ella, pero con la aviesa intención de burlarse también pronto del pactante Carlos VIII, le quedó tiempo pronto para la persecución de los fugitivos, que dicho sea en verdad, no le importaba del todo, cuanto podía temer de los documentos que Doña Elvira poseía; lo que le importaba era, deshojar la flor de Valencia, su propia hija, en lo cual lo hemos visto tan tremendamente empeñado.

Al momento de haber dejado "aliviado de la vida aunque colgado del cordón" a Francisco, llamó al honorable asesino del Duque de Gandía, César Borgia, su hermano, y sin más explicaciones, se produjo este diálogo.

-Papa: Se me ha dicho que disponéis de un hombre a toda prueba, capaz de las más árduas empresas...¿podemos tener fe ciega en él?

-César: Vuestra Santidad, no tiene más que probarlo, respondo de él.

-Papa: ¿Quién es?

-César: Don Miguel

-Papa: Le conozco, ¿puedo disponer?

-César: Como de mí; puede disponer como le convenga.

-Papa: Dos mujeres... estas dos mujeres... tienen en sus manos nuestra suerte, la vuestra y la de la Iglesia, y su detención como comprenderéis, no es cosa de confiarla al primer recién llegado, aun cuando entre nuestros servidores contamos con algunos, excelentísimos y seguros.

-César: No dudo del asunto en su importancia y si lo dudara, la aseveración de Su Santidad me haría saberlo, por lo que, estamos a sus órdenes.

-Papa. Lo sabíamos y os quedamos agradecidos. Don Miguel, pues, elegirá dos, tres o cuatro compañeros o los que necesite; se pondrá en camino y las traerá vivas o muertas.

-César: Vuestra Santidad dígame el camino a seguir.

-Papa: Siguen el camino de Toscana; hace pocas horas estaban aun en Roma; mas os advierto que las acompaña un hombre de armas... un loco, pero terrible hombre por su valor. El capitán Juanucho.

-César: ¿Es preciso apoderarse de él también?

-Papa: Precisamente antes, porque es terrible.

-¡Oh! En cuanto a valor, puede confiar Su Santidad en Don Miguel; no se encuentra en Italia un soldado que ose ponerse a su paso.

-Papa: Que la joven venga viva si es posible, y si no que los maten a los tres, pero que los traigan.

Ya hemos visto, que Francisco, por salvar a sus señoras y pensando salvarse él mismo, mintió al Pontífice, diciendo que las señoras iban camino de Siena y Francisco sabía que se dirigían a Venecia, pero las noticias que les comunicara el Florentino, hizo a Doña Elvira cambiar de rumbo sin que todas las razones de Juanucho bastaran a convencerla; y por esta coincidencia, tomaron rumbo a Toscana; y es que, Doña Elvira, había cometido el mayor de sus errores al hacer la visita al Papa y erró para siempre ya en todos sus planes y con ello condenó a la desgracia a seres inocentes; pero no debemos argumentar contra la desgracia, pero sí contra los prejuicios.

Siguieron camino y llegaron a Braciano, ciudad defendida según el arte de la guerra donde tenían sus castillos los Orsini, que aquel mismo día se habían rebelado contra el Papa y se unían a los Vitelli para defender sus feudos.

Como era ya noche, esta circunstancia, no les permitió dar una ojeada al aspecto de una casa-posada y pidieron albergue.

En aquella casa, desde hacía mucho tiempo, solo se refugiaban estudiantes y al llegar éstos, los creyeron de mayor fuste y acariciando una buena recompensa el posadero, se deshacía en cumplidos. Una sirvienta, llamada Bárbara, fue la encargada de prestar servicios a las damas y Juanucho le había prometido una buena recompensa para que sirviera lo mejor posible.

Acomodaron sus caballos, y estaban disponiéndose a tomar un pobre alimento que se les había podido disponer, cuando Juanucho prestó atención a una disputa que había en la cantina: "No puedo acomodar sus caballos, ni tengo habitación para vosotros; la casa está llena y ahora acabo de colocar otros tres caballos y la única habitación que había hube de darla a dos señoras y un caballero que han llegado", argumentaba el posadero.

-Pues nuestros caballos tienen que ser recogidos.

-Pero si no tengo dónde. ¿Cómo haré?

-Saca a la calle los que ahora has metido.

-_¿Querrías que hiciera esto contigo?...

-¿Qué barullo es este? Dijo otra voz que llegaba.

-Señor, tengo mis cuadras llenas y éstos querían que saque a la calle tres caballos que ahora acomodé de dos señoras y un caballero...

-Phss... Cállense brutos... si no llego a tiempo, echáis a perder nuestra dura empresa.

-¡Qué Don Miguel!... ¡Siempre Vd. es original!...

-¡Callarse de dicho!

Juanucho que había puesto atención, al oír el nombre de Don Miguel palideció.

Doña Elvira había comprendido el peligro y dijo: Si no hay más remedio nos defenderemos; y como para demostrar a Juanucho que se defendería, le mostró un puñalito que escondió en el corselete.

Juanucho la miró con lástima; trató de saber, por Bárbara, las personas que había en la discusión y ésta que ya había sido comprada por Don Miguel; mintió a Juanucho diciéndole que eran ocho. Don Miguel estaba seguro de que eran aquellas señoras y el caballero a quienes perseguía.

Don Miguel se sentó en la mesa con sus compañeros y hablaba a voz fuerte para que pudieran oírlos el capitán Juanucho y las damas, dijo a uno de los suyos:

-¡Barbanera! Concretar pues vuestras disputas y concretemos algo más interesante.

-¿Y ello qué es?

-Que las tres personas que perseguimos están aquí.

-¿Estáis seguro, Don Miguel?

-Segurísimo.

-Es preciso buscar el modo de dar el golpe...

-Eso es fácil... entramos en la pieza, atamos a los tres, los amordazamos, despachamos al galán al otro mundo y luego nos apoderamos de las palomitas, que según se afirma, son un buen bocado.

-Mal imaginas, Barbanera.

-Yo no veo otro modo.

-Es menester obrar sin que nadie se entere; los Orsini, en cuyo territorio estamos, han cambiado la bandera y desde hoy son enemigos del Papa; y si se apercibieran de nuestro proceder, tendríamos que abandonar nuestra misión por irrealizable.

-¿Y cómo, pues, vamos a hacer; nos volveremos por donde hemos venido?

-¿Estáis locos? Volver sí, pero con ellas.

-¿Cómo hacer, pues?

-¿Te has fijado en esta muchacha?

-Sí, y no es mala moza.

-Pues ella nos servirá, ya está arreglado.

-¡Qué diablo de Don Miguel!

-Ahora a callarse y prepararse. Vosotros esperaréis tras la puerta trasera, y cuando veáis salir al caballero echadle mano, pero sabed que es temible y quizás no seáis bastante los tres; cuando estáis con él, yo entraré en la habitación y quedarán presas las señoras.

Efectivamente, había dispuesto Juanucho la fuga en esa forma, seguro de encontrar pronto auxilio en las puertas del castillo de los Orsini en caso de apremio; y como las órdenes le habían sido dadas a Bárbara, para que al tiempo que se indicaría tuviera los caballos preparados, Juanucho saldría por la puerta trasera, exploraría el terreno y no habiendo peligro, haría una señal y ellas saldrían por la puerta principal.

Como Don Miguel estaba enterado de estas disposiciones, preparó la emboscada y tomó las precauciones para desalmar a la dama del puñal, pues sabía hasta este detalle.

A la media noche, Juanucho y las damas, estaban preparadas; todo les hubiera salido bien, si no fuesen vendidos por Bárbara.

Juanucho salió y ellas preparadas habrían salido al oír la señal, Juanucho, al salir fuera, en su caballo ensillado, al momento quiso volver atrás, pero la puerta se cerraba a sus espaldas al mismo tiempo que por los dos lados le venían dos jinetes espada en ristre; apenas tuvo tiempo de recurrir a su espada; pero arremetió contra uno con empuje, seguro de dar cuenta con el otro pronto, pero el terreno en que se desenvolvía no era suficiente para desenvolver su defensa en lucha tan desigual, y a pesar de esto, sus adversarios perdían terreno y al caer el caballo de uno de sus enemigos llamado Onetto, hizo saltar el suyo y cayó sobre Barbanera que no esperaba acometida tan brusca y tremenda y cayó rodando y con el yelmo destrozado; mas con este violento ataque en terreno tan estrecho, el caballo de Juanucho resbaló y rodó, quedando éste preso con la pierna debajo del caballo, que sin tiempo a levantarse, le atacó Onetto que ya había podido ponerse a la defensiva; pero en el momento en que va a ser herido Juanucho, tuvo aun suerte de que dos fuertes brazos le sujetaran y Onetto no hirió.

Era Don Miguel quien llegaba y evitó la segura derrota de sus compañeros, pues el golpe de Onetto en la dirección que llevaba podía en el peor de los casos causar alguna sangre, sin detrimento mayor. Don Miguel, una vez amarrado Juanucho, ordenó a Onetto que lo condujera hasta donde estaban ocultos sus compañeros; entre tanto, dijo: Yo voy a recoger a las señoras que ya están prontas.

Estas se resistían a obedecer al esbirro, pero al ver que iban a ser tratadas a viva fuerza, obedecieron sin dejar violentarse.

El complemento de esta dolorosa tragedia, debía tener lugar en Roma, cuyo camino vamos a seguir. Como ya sabemos por las palabras de Don Miguel, los Orsini y los Vitelli con los Colonna se habían unido para defenderse contra la usurpación de sus estados por Alejandro VI, y con este motivo recorrían la campiña sus hombres para asegurarse de sus servicios y hacer conocer la unión de los tres señores.

Poco habían andado, cuando un pelotón de los Orsini les salió y los detuvieron, gastando la más pesada broma con Don Miguel por su preciado contrabando.

Don Miguel quiso hacerse el valiente, primero; luego invocó su carácter de delegado pontificio, mostrando el sello del Pontífice; pero el sargento, con desprecio, le contestó que el único señor de aquellos territorios era Orsini y sus aliados, y le intimaron la rendición, pero a fuer de buen empleado se acordó de "que en caso de necesidad que matara a los tres" y, al rendirse, clavó su acero envenenado en el brazo de Doña Elvira, no dándole tiempo a que hiciese otro tanto con Valencia, pues una daga se había posado en él.

A su compañero Barbanera ya le habían preso otros soldados del mismo pelotón.

Doña Elvira, hízose conocer por su título de condesa y fue conducida con Valencia al castillo, donde por lo temprano de la hora, los señores dormían tranquilamente, pero fueron avisados y se dio órdenes de que fueran asistidas y desagraviadas.

Dejémoslas y veamos qué le ocurrió a Juanucho. Como una milla más adelante del sitio donde han sido libertadas las mujeres, distancia que había recorrido en el tiempo que tardó Don Miguel en recoger su presa, les asaltó un pelotón de soldados de Colonna y al ver a un militar preso y maniatado, los detuvieron. Onetto quiso huir, pero fue preso y castigado por su desobediencia y el capitán libertado de sus ligaduras.

Juanucho, había salido ileso de la refriega; pero sin embargo, fue el menos afortunado de los tres fugitivos, pues por su carácter militar en un territorio declarado en guerra, desde aquel día, fue llevado preso al jefe de Colonna; excusamos decir que hubo de dar explicaciones bajo juramento de honor de que Colonna guardaría secreto, y conocido por Colonna por el apellido Sanseverino, le dio la libertad.

¿Pero para qué quería Juanucho ésta, sin saber dónde y qué suerte habían corrido Doña Elvira y Valencia?

Colonna, aliado con Orsini y Vitelli, entrarían aquel mismo día en Roma y ésto podría ponerle en camino de saber si habían sido conducidas allá las dos mujeres y si aun era tiempo, intentaría salvarlas por cualquier medio, aunque fuese necesario prender fuego al Vaticano.

Por otra parte, los aliados con Colonna, ¿no iban sobre Roma y contra el Papado de Borgia? ¿Por qué pues no alistarse en sus filas y sería inmune bajo las leyes de guerra, si era preciso atentar contra el Vaticano?

Aceptó pues la invitación de Colonna y a poco salió hacía Roma con los soldados que le habían sido confiados, porque aunque el día anterior Alejandro VI había pactado con Carlos VIII y sin más fin que tomar unas horas para forjar la venganza, se retiró al castillo de San Angel y desde allí lanzó la excomunión a Carlos. Este buscó enseguida, con promesas y pactó ofensivo y defensivo con Colonna y sus aliados y fueron sobre Roma.

Pero el rey Carlos VIII de Francia era llamado el cristianísimo y por igual eran sus consejeros, los que, temiendo los efectos de la excomunión, empezaron a abandonarlo: y como esto era lo que perseguía Borgia, pronto tuvo ocasión de pactar de nuevo a su gusto y dio dos birretes de cardenales a dos amigos de Carlos.