Párrafo XI
UNA MENTIRA PIADOSA LOS PIERDE A TODOS

Dejemos caminar a éstos y volvamos al punto de los sucesos últimos y veamos lo que le pasa a Francisco.

Después de un buen atracón de trabajar como él decía para poner en viaje en tan corto espacio de tiempo a sus dos señoras, díjoles por toda despedida: "No quiera el cielo que nos separemos para siempre". Triste profecía...

El primer pensamiento que tuvo Francisco fue en el encerrado y dijo: Está bien que está preso, pero no está bien que esté en ayunas, y antes de cuidarse de sí le preparó el almuerzo al preso, ¿qué podía temer si estaba atado?, aunque tuvo algunos prejuicios, los desechó con este argumento que lo retrata en su bondad: "Después de todo, es una buena acción que voy a hacer, dar de comer al hambriento es una obra de misericordia".

Abrió la puerta y brusca e inesperadamente se ve derribado y al punto atado; y él decía, yo no vine a haceros ningún daño ¿no véis que venía a traeros de comer? Calla -le intimó -o tu vida se acabó.

¿Cómo se había soltado el esbirro? El historiador lo dice en larga descripción; yo sólo os digo que estaba suelto y que ató con sus mismas cuerdas a su carcelero, lo dejó atado y encerrado y partió a toda prisa para el Vaticano.

Explicó al Pontífice su odisea y éste, (contra lo que pensara el Florentino) se ocupó más de ellos que del milagro, la muerte del Duque y del rey Carlos; para el Papa, más que todo, importaba poseer a la hermosa Valencia, su hija. ¡Tanto puede una pasión!...

Dió, en consecuencia, las órdenes del caso y pronto, el esbirro, con otros, llegaron a la casa en que ya no vivía Doña Elvira.

Cuando Francisco oyó tantas pisadas encima de su cabeza pensó que venían a libertarlo; pero su sorpresa fue grande cuando reconoció al prisionero que decía a los soldados: pronto, conducirlo al lugar designado.

-¿Dónde queréis conducirme? -preguntó Francisco; nadie contestó. Pronto, decidme, que bien habéis visto como yo me he conducido con tí.

-Ya lo sabréis; en marcha.

-¿Pero qué delito he cometido yo, Dios mío? ¿Ha sido un delito venir a libertaros? Dejadme, que yo tengo que hacer muchas cosas.

-Y yo tengo que cumplir las órdenes que me dan.

-¿Y quien os las da?

-Ya lo sabréis.

-Más tranquilo estaré sabiéndolo ahora.

-¿Queréis saberlo? Pues bien, el Padre Santo...

No quiso saber más Francisco. Todo pasó por su mente; ya se veía colgado, en el potro y en fin hecho pedazos. Pero tenía confianza en que el Papa le reconocería y lo libertaría, y por el camino iba pensando que por nada diría el camino que llevaban sus señoras.

Tan pronto entró en el Vaticano, fue introducido en una sala que de todo podía ser. Sala de audiencias, calabozo y patíbulo. La cosa iba de prisa y a los pocos momentos llegó el Papa como salido de debajo de la tierra, pues apareció por una portezuela bien disimulada en el muro.

Pero entrando, dijo el espía a un individuo que había en aquella habitación:

-Maese Jaime, este negocio es vuestro.

-Dejadlo a mi cuenta, que si no canta, tengo un aparato nuevo que inventé hace tres días y lo probaré con él.

-¿Quieren ahorcarme? dijo Francisco. Es trabajo inútil, porque yo estoy pronto a contar punto por punto todo lo ocurrido esta malaventurada noche.

Había llegado el Pontífice, y como lo reconociera como el marido de Doña Elvira, vestido con hábitos pontificiales, comprendió que le esperaban una serie de tormentos, pero no pensó en morir; ¿que ganaría con su muerte?

El Papa, al sentarse, le dijo con ironía: ¿Me reconoces, eh? tanto mejor, así nos entenderemos bien.

-¡Señor... Su Santidad!... yo soy inocente.

-Silencio; contesta cuando seas preguntado.

-¿Dónde están? Es preciso que digas la verdad.

-Yo no lo sé; el otro lo sabrá.

-Deja al otro, a tí te se pregunta.

-Vuestra Santidad puede condenarme a morir si duda de mis palabras, pero yo no lo sé.

-Maese Jaime, cumple con tu deber.

-Enseguida.

Y al decir esto, el verdugo ató la punta de una cuerda en corredera que pendía del techo a los pulsos y las manos de Francisco y agarró el otro extremo en espera de la orden del Papa.

-Su Santidad esté convencida; yo no lo sé.

El Pontífice, con la mayor sangre fría dijo: Habla enseguida o Maese Jaime comenzará a enseñarte cómo se hace decir la verdad, aunque uno no quiera.

-Vuestra Santidad juzgue si digo la verdad; esta noche al salir de aquí...

-Calle; no es eso lo que se te pregunta. Obre Maese Jaime.

-¡Ay! ¡Ay! ¡Jesús! ¡María!

Este grito ocasionado por la suspensión brusca del cuerpo del pobre anciano, evitó que dijera delante del verdugo que doña Elvira era su mujer.

-Ahora dirás la verdad.

-¡Ay!... repetía Francisco a quien toda oscilación hacía más doloroso su martirio.

-¿Dónde están, dónde están?... era la pregunta única del Pontífice.

Por fin le ocurrió mentir y dice Francisco: Me han ordenado que me junte con ellos en Siena.

-¿Quién las acompaña?

-Un capitán.

-¡Por fin! -dijo el Pontífice respirando; y ahora Maese Jaime, hay que premiar a este hombre de bien, con el cordón, por haber dicho la verdad.

El pobre hombre que no comprendió su sentencia se preocupaba solo de la manera más fácil de salir y huir al lado de sus señoras; no se había fijado, que Maese Jaime, al soltarle la cuerda de los pulsos, había hecho un nudo corredizo, y solo lo advirtió al sentirlo en el cuello y notó que lo suspendían.

A un grito desgarrador de Francisco contestó el soberano Pontífice. ¡Dichoso de vos, que podéis recibir nuestra suprema absolución in artículo mortis!...

El Santo Padre continuó aun allí inmóvil hasta que vio amoratarse el rostro de la víctima, observando minuciosamente los estremecimientos convulsivos de su cuerpo.

El verdugo, para acabar más deprisa con aquella vida, ató al extremo de la cuerda que con sus manos tenía, a un clavo en la pared, y agarrando los pies de la víctima, tiró hacía abajo hasta que desapareció toda señal de vida.

El Pontífice, cuando estuvo bien seguro de que aquel infeliz ya no existía, salió por la puerta oculta, diciendo: Un testigo menos de nuestro pasado.