Párrafo X
LA FATALIDAD LOS PERSIGUE

Cuando el capitán Juanucho atravesaba los umbrales del Vaticano, el día clareaba. El Florentino salió al encuentro y estrechándole la mano, exclamó:

-Mi pronóstico se ha cumplido. ¡Has regresado! Ahora solo falta que bebamos unas copas a tu... salud... pero ¿qué tienes? ¿No estas en vena?...

-¿Qué quieres que tenga? ¿No te decía ayer que alguna tempestad se cernía sobre mi cabeza?

-Pero... ¡Bah! chico, ya estás entre nosotros sano y salvo. Algo abatido, pero eso no tiene importancia... y ¡aguarda!... ¡Si parece que has llorado! ¡Qué diablo! Tienes los ojos rosáceos como los de una niña que acaba de sufrir una gran pena.

-Sí, tal vez tengas razón; pero ahora me conviene acabar presto.

-¿Y qué hay que hacer presto?

-Aun no te lo he dicho, debo partir ahora mismo, sin que nadie se entere hasta que esté algunas millas de Roma.

-¿Estas loco? Ea, bebamos a mi salud, si no quieres que bebamos a la tuya.

-¿Quién sabe si nos veremos en otro lugar y en otro sitio? Entonces podremos beber tranquilamente a nuestra reciproca salud.

Y al decir esto le enseñó el semicírculo del cuello al arrancarse la cadena.

-¡Gran Dios!... Has jugado... ¿Ha funcionado alguna mesa fuerte para aceptar la prenda? Voto va...

-La mesa ha sido simplemente mi cabeza... y la de algún otro... ¡Basta! ¡Adiós Florentino!... recuérdate de mí alguna vez.

-¡Cómo adiós! ¿Te parece este el modo de despedirse de los amigos?... Cuando Juanucho me dice que sobre su cabeza se ciernen graves peligros, el capitán Florentino no le abandona, no, hasta verle seguro...

-Mas yo no puedo perder un momento más.

-Yo aun no he sido relevado, pero ¿hacía dónde os dirigís?

-¿Lo sé yo acaso? Sólo conozco los primeros pasos.

Entonces se dirigieron a la habitación de Juanucho, donde cambió la armadura pontificia por la de soldado libre. Él hubiera querido confidenciar con su amigo, pero el secreto no era solo suyo, y nada le dijo.

El Florentino se dijo para sí: Me rechaza para que no me comprometa, pero dentro de una hora seré relevado y lo seguiré, veremos entonces si me rechaza; por la puerta que yo guardo no puede salir, solo puede salir por la Flaminia...

-Adiós Florentino, cuida de mis deudos y en un apretón de manos los dos volvieron la cara para no verse llorar.

-Espera, dijo resueltamente el Florentino; voy a dar órdenes en sentido de que no me esperen; me imagino que debemos partir.

-Es que quizás no lleguemos a tiempo -repuso Juanucho, todo estriba en que antes de que parta, no llegue al Vaticano de regreso un individuo... que...

-¿Qué?

-Que salió de aquí hacia las dos.

-Justo, lo conozco, en el brazo llevaba las insignias de pertenecer al servicio del Papa.

-Pues es el mismo -repitió Juanucho, ciñéndose la espada y poniéndose el yelmo.

-Entonces, dijo Florentino, yo puedo salvarte; él debe entrar y yo he de verle. ¿No te parece?...

El capitán Juanucho asintió y se dirigió a las caballerizas para tomar uno de sus caballos.

-¿Entiendes? dijo el Florentino, busco algún pretexto para no dejarlo entrar. En último caso lo entretengo todo lo posible... ¿Pero por qué te empeñas en que no arriesgue yo algo en tu favor hasta verte en salvo?

Picó espuelas diciendo: adiós, y pronto se perdió de su vista.

Ya en las afueras de la puerta Flaminia, los minutos se le hacían horas y las horas siglos.

Los recelos de que algo les hubiera pasado lo impacientaban; por fin vio venir dos cabalgaduras y se unió a ellas y en pocos segundos decidieron tomar el camino de la república libre de Venecia.

No habían andado dos millas cuando sintieron la veloz carrera de un caballo; en el primer momento se creyeron perseguidos, pero él con un anteojo, pronto vió que era el capitán Florentino.

-No os apuréis, condesa, el que llega me ha vigilado sin duda. Es un amigo de corazón, el capitán Florentino, a quien no he dado explicación ninguna. Quizás viene a prevenirnos de algún peligro.

-Maldición -exclamó el Florentino -creí no darte alcance, y luego de hacer un respetuoso saludo a las damas, añadió: ¡Ah! querías burlarme; pero soy perro viejo en estos negocios, y ya ves como acerté tu camino.

-Pues has hecho mal -contestó Juanucho.

-¡Mil rayos! ¡Que un hombre se tenga que oír tales cosas! ¿Desde cuándo se hace mal en prestar un servicio a un buen amigo?

Doña Elvira, que el primer momento se vio contrariada, aguzó el oído.

Juanucho dijo al Florentino: ¿Quieres proseguir? ¿Acaso han intentado seguirnos? Habla de una vez.

-Media hora después de haber tu partido, un grito conmovió todo el palacio... ¡aquello era un pandemonium!... ¿Qué es? ¿Qué es? nos preguntábamos todos sin obtener respuesta. Por fin oímos. ¡Un milagro! ¡Un milagro! Figúrate, que todos los prelados, cortesanos y cardenales, aseguraban haber visto con sus propios ojos el mayor de los milagros que han visto los pasados siglos y esperan ver los venideros... Alejandro VI, pontificaba y en el momento mismo de la consagración, todos esos prelados y más señores, vieron que la hostia se había convertido en un hermoso niño, que vivo y coleando, se dejó introducir en la boca del Pontífice. Figúrate las habladas, los comentarios a la santidad del Pontífice que tan señalado favor recibe del cielo. El niño Dios desciende para entregarse a él...

Juanucho sonreía por creerlo una de tantas invenciones del Florentino; pero éste protestó y dijo ser la realidad, jurando por su honor militar.

Las damas y Juanucho seguían con interés este relato. Juanucho dijo:

-¿Es esta la novedad que queréis darme?

-Este es el preámbulo. Primeramente las cosas melancólicas, para después las cosas alegres. Poco después del milagro, se esparció la voz de que el Duque de Gandía fue hallado muerto de una puñalada y lanzado al Tiber; ésto no lo han visto los prelados, pero ésto es verdad; más sin embargo, a su noticia, todos lloraron, hasta Darnesio, que quisiera ver todos los capelos sobre su cabeza.

-¿Y se sabe quién lo ha muerto?

-No. Se sabe únicamente que el Pontífice conoce la desgracia de su hijo y que la creyó un mandato del cielo para castigarle del pecado de soberbia en que había incurrido a consecuencia del milagro.

-¿Y nada más? Preguntó Juanucho, que no adivinaba porque Doña Elvira se azoraba al oír el relato.

-Una cosa más. ¿Sabes que el Pontífice tiene puestas sus esperanzas en Colonna, a quien indujo a ponerse a sueldo del rey de Nápoles, quien se ve destituido ya por la tempestad que Carlos VIII envía contra este lado de los Alpes?

-Sí, lo sé.

-Pues acaban de llegar al castillo de San Angel las tropas que guardaban el castillo de Ostia. Y han llegado desorganizados, sin aliento, como si alguien los persiguiera. ¿Adivinas algo? Colonna se ha rebelado: y ahora es dueño del castillo y del puerto. Carlos VIII, puede entrar allí como en su propia casa. ¿Qué te parece, ha tenido el Pontífice tiempo para pensar en tí y en esas dos señoras a quienes acompañas?

Entonces se supo claramente la verdad de las cosas: el rey Carlos, no estaba tan lejos como se creía, ha pasado ya de Florencia y se dirige a Roma.

-¿Se dirige a Roma? preguntó Juanucho.

-Con el ejército del Duque Alfonso, se retira a los precipicios de la Romaña, y por ésto ha sido que yo me adelanté a prevenirte, por si quieres ponerte a sueldo del rey como hombre de armas. Pero ahora me acuerdo, paréceme que se debe pensar dos veces antes de arriesgarse a ir al encuentro del rey Carlos, con este género de mercancías...

Aquí se hizo un momento de alto. Los fugitivos menos Valencia que no entendía de estas cosas, calculaban las eventualidades que ofrecía un viaje en aquella dirección. El acompañante pensaba en el amigo que tan mal le correspondía en no ponerlo a la disposición de las señoras, pero esta vez volvió la cara Doña Elvira y la reconoció y exclamó:

-Gran Dios, debe ser ella. Seguramente es ésta la mujer del Papa, como oí esta mañana al cardenal Darnesio... Entonces... tiene razón Juanucho de seguir esta conducta.

Doña Elvira que había llamado a Juanucho y pensaron en lo peligroso del camino parece tomaba otra determinación, y el Florentino que ya los había acompañado un buen trecho, volvió grupas hacía Roma añadiendo: Si no nos volvemos a encontrar, acuérdate de mí.