Párrafo IX

UN ESPÍA

Tras el reto sin precedente del Pontífice a la cristiandad y a la humanidad toda, aun dijo el Papa las siguientes palabras, capaces de hacer perder el juicio a cualquiera madre que no fuera del temple de Doña Elvira.

-Recapacitad Doña Elvira, le dice el Papa; ¿No os dan envidia, los honores de nuestros hijos, el matrimonio de nuestra amada Lucrecia, que no le es obstáculo para entregarse al placer? Pensad en esto. Valencia podría casarse con un príncipe... y...

-Basta ya, exclamó Doña Elvira, y con tal firmeza, que ni el propio Alejandro VI, se atrevió a replicar; lo he pensado ya; abridme las puertas de palacio si aún os queda un resto de cortesía para satisfacer los deseos de una dama.

-Peor para vos, dijo el Pontífice, agitando una campanilla, acompañad a esta dama hasta el puente de palacio; pero tan pronto hubo dejado la estancia tocó otra campanilla y dijo a un esbirro confidencial: seguid a la mujer que en este momento sale de palacio, que no se la toque ni un cabello; pero antes de la mañana, quiero saber dónde habita.

Salió Doña Elvira del Vaticano para dirigirse a su casa; pero mientras llega, oigamos el coloquio de Valencia y Juanucho.

La situación de éste, no era por cierto muy envidiable; joven y apuesto, conquistador impertérrito de corazones femeninos, libérrimo en sus acciones... y... amado de la inocente Valencia confesado por su altiva madre, se ve condenado a pasar largas horas encerrado y solo en una casa, ante la hermosura y candidez de su amada.

Juanucho, sin embargo, era el caballero; no se había equivocado Doña Elvira; éste hizo como el perro fiel que está tres días guardando un convoy de alimentos y no toca bocado, hasta que llega su amo y le da un festín.

Al salir Doña Elvira, Juanucho, evocó todos los recuerdos más tiernos de su azarosa existencia para fortalecerse y cayó en profundo silencio ante aquella angelical criatura.

Valencia, primera vez que se veía ante un hombre a solas no temía por dos razones: por que no conocía maldad y porque amaba al hombre que la guardaba; pero su pensamiento estaba en su madre que por primera vez en sus 16 años la abandonaba, y pareciéndole muy extraño, rompió el silencio como queriendo que el capitán le explicara y le dijo:

-¿Y si no volviera más?

-Si no volviera más ¿quién? preguntó Juanucho como queriendo ocultar la impresión de la niña que él también presentía y con más fundamento.

-¡Mi madre!

-¡Oh! Estad tranquila; volverá.

-¿Pronto?

-No puedo saberlo; más sí os aseguro que si no vuelve yo sabré ir a buscarla, y la encontraré, aunque tenga que prender fuego al... calló para no despertar una nueva sospecha en Valencia.

-¡Pobre mamá! ¡y todo por mí! Y si aún vos no podéis devolvérmela ¿qué debo hacer yo?

-No faltará quien os ampare siempre.

-No faltará alguien, ¿quién si aquí no nos conoce nadie, solo Francisco y vos?...

-¿Y no basto yo para protegeros y defenderos? Replicó fogosamente Juanucho.

-¿Vos? exclamó moviendo ligeramente la cabeza en señal de incredulidad.

-Sí, yo.

La niña manifestó tal descorazonamiento, que las lagrimas salieron de sus ojos y prosiguió:

-¡Oh! Vos no sabéis, que mi padre, que vive aún, nos abandonó; ¡si yo le viera otra vez!... pero hace tanto tiempo que no le veo. ¡Me ha olvidado!...

Y si le vieses, ¿qué harías?

-Le pediría su nombre, siquiera para conocerle... Entonces podríais protegerme, ahora no... ¿qué consideración merece una pobre huérfana?

-Esto no significa nada.

-¡Vaya si significa! Un gentil hombre como sois vos, no puede, no debe descender a dispensar protección a una mujer sin nombre como yo.

-¿Y si quisiera hacerlo?

Perderíais vuestra dignidad, el honor al que estáis obligado si queréis conservar el de familia... ¡Oh! dejadme llorar mi desventura.

-Imagínese el lector cuál sería la sorpresa de la niña, al ver que el capitán contra lo que ella pensaba le contestó de aquella manera, a un tiempo desenvuelto y respetuoso y que en vez de alejarse permanecía a su lado.

-¿Vos creéis así? Exclamó Juanucho; pues ocurre todo lo contrario, las palabras que acabáis de pronunciar, fíltranse en mi pecho de la manera más cruel; no habrá un hombre atrevido que me haga la alusión a vuestra cuna con ánimo de zaheriros sin que los derribe de una estocada; no, Valencia, no repitáis jamás lo que acabáis de decir, ¿Qué mal os hice yo para que me aflijáis de esta manera? Sabed, que a pesar y por vuestra desventura, sois a mis ojos más noble que todas esas mujeres que tienen mil títulos pomposos denigrados, al avergonzar sus nupciales lechos.

La niña más se tranquilizaba del comportamiento del capitán, más se aferraba en su mente y más aumentaba su amor; pero no comprendía, por su torcida educación, cómo podría aquel hombre realizar sus promesas; sólo podemos nosotros decir que Doña Elvira, en su orgullo castellano, había sufrido tremenda herida de su marido, en aquellos momentos Papa; y equivocadamente, por él juzgaba a todos, y la niña que recibía esta instrucción torcida y no conocía más hombres que el que tenía delante, reñía en ella el sentimiento de su corazón, con la educación recibida.

Habían pasado largas horas y ya desesperaba la niña y Juanucho se impacientaba. ¡Conocía tan a fondo a los Borgias y al Vaticano!... A cada momento se asomaban a la ventana y exploraban el camino, por fin, a las tres de la madrugada, oyeron pasos, no les engañó. ¡Por fin! Exclamó Valencia, y batía las palmas alegremente.

-¡Silencio, por caridad! -gritó, pero bajando la voz, el capitán.

-¿Qué es?... -preguntó aterrada, pero en el mismo tono la niña.

-¿ La véis que viene con Francisco?

-Sí.

-Y allí en el fondo, en la esquina de la calle ¿no os parece vislumbrar, la silueta de otro hombre?

-¡Señor! ¿Puede ser algún asesino?

-Silencio por Dios y prestad atención a lo que os digo.

Valencia, asustada por la seriedad y la alarma que se reflejaba en el rostro del capitán, prestó atención.

-¿Tenéis cuerdas en casa?...

-¿Cuerdas? ¿Que queréis hacer?

-Luego os diré. ¿Las tenéis?

-Sí.

-Buscadlas pues, en tanto que yo salgo, y apenas entre Francisco, dádselas y ordenadle que comience a desandar lo andado.

-¿Y a donde os dirigís, tan apresurado?

-Voy a donde me llama el deber, cumplid vos lo que os he dicho y luego volveré con mejor cara.

No era menester mucho talento para que se comprendiese que aquella sombra era un espía de Borgia y si podía volver al Vaticano, antes de dos horas, estarían todos perdidos.

En el mismo instante en que Doña Elvira entraba en la casa, el espía dio vuelta y dijo; ya lo sé, y empezó a caminar hacía el Vaticano.

Pocos pasos había dado y apareció a su vista el capitán con la espada desnuda en la mano.

-¡Ríndete, canalla!...

Resistir, hubiera sido locura. La sorpresa del asalto, y la duda de que bajo la armadura pontificia podía ocultarse algún alto personaje, le quitaron toda fuerza.

-Sigue adelante y entra donde entró aquella mujer a quien espías.

El sicario, confuso, echó a andar y entró.

Francisco estaba a la puerta con las cuerdas en la mano y el capitán le ordenó amarrarlo fuerte y encerrarlo en el sótano y bien seguro.

Todas esas escenas ocurrieron en pocos minutos; pero el esbirro tuvo tiempo de distinguir el distintivo del capitán y de conocer su voz y se decía: Si llego a la libertad, bien caro me habéis de pagar esto.

El capitán entró en el salón donde estaba Doña Elvira y aguardaba ansiosamente, con Valencia.

Una sola mirada de la condesa sobre la frente de Valencia bastó para conocer la serenidad de la inocencia y ésto aumentó la estimación que por el capitán sentía.

Pero al saber que Juanucho en el mismo momento que ella entraba había entrado había salido para perseguir a un desconocido, involuntariamente dejó escapar esta exclamación:

-¡Aún más sangre! ¿No he presenciado hoy bastantes escenas trágicas? ¡Dios mío!...

Mas luego que vio que lo conducían preso y lo encerraban, dejó que el capitán terminara aquel asunto.

-¿Dónde está? -preguntó la condesa.

-Lo he mandado encerrar.

-¡Jesús! ¿Creéis, capitán, que podemos convertirnos en carceleros?

-En esto no he pensado, sino en evitar otra cosa peor para vos y vuestra hija. Si este hombre queda libre, antes de dos horas somos todos perdidos. -Antes que todo, la dignidad; -dijo Doña Elvira -así es que antes de degradarnos de esta manera, mejor es dejarlo libre.

-Yo estoy pronto a obedeceros, pero obrando así vuestro retiro es descubierto y...

-Cambiaremos de habitación.

-Nada conseguiréis ya... porque...

-Hablad capitán; yo hoy estoy trastornada de ver... Quiso decir los crímenes y escenas que había visto; pero calló por la presencia de Valencia.

-El espía me ha reconocido; que me pierda a mí, no me importa, soy soldado... y nada me asusta, sino vuestro fin... yo tomaría otro bando y no nos volveríamos a ver.

-¿Y quien sería el audaz que nos separe? Dijo inocentemente Valencia.

-¿Quién sería? No puedo decíroslo, no te importa saberlo; te basta saber que efectivamente lo harían.

La niña iluminada exclamó. ¿A qué vienen tantos subterfugios? Bastante comprendo. ¡Pobre capitán! y yo... soy hija de aquel monstruo... y él... ¡mi padre! y prorrumpió en amargo llanto.

-¡Pobre niña! exclamó el capitán.

-¡Cuántas veces he maldecido la hora que di oídos a sus palabras amorosas! ¡Oh! ¡Pero en el pecado llevo la penitencia y la cumple esa desdichada hija mía... exclamó Doña Elvira.

-¿Queréis, pues, que lo ponga en libertad?

Esperaba su sentencia, cuando oyó esta pregunta:

-¿Y no podríais sustraernos a las iras vaticanas y vivir cerca de nosotras?

-¡Señora! -dijo resueltamente el capitán -mi honor de soldado, no me permite la traición sin merecer la infamia; antes prefiero la muerte.

-¿Y por no faltar a ese honor os convertiríais en carcelero o en verdugo?

-Ni una cosa, ni otra...

-¿Pues?...

-Pues solo hay un camino que seguir; mi honrosa retirada de esta casa.

-Si ésto es necesario, antes que faltar a vuestro honor y convertirnos en vulgares asesinos, sea; dijo la Condesa.

El dolor la sofocaba, pero aún sostuvo los vivos deseos de llorar y le alargó la mano al capitán, que titubeó si despedirse por última vez de Valencia.

Doña Elvira le dijo: No sufráis por ella; evitadle este dolor... Confiad en mí, que yo aguardo vuestro regreso y os doy palabra de entregárosla pura como la dejáis.

-Pero... es una temeridad que os deje aquí solas. ¡Oh! no, aun a costa de mi reputación, no puedo abandonaros hasta dejaros en salvo. Sólo entonces me debo separar.

La condesa comprendió que esto era un sacrificio heroico y ella no tenía derecho a inutilizar aquella acción. Comprendió, que puesto en libertad aquel innoble espía, el capitán era descubierto y ella caería en manos del Papa y su hija... ¡Oh! Convertida de grado o por fuerza en la amante de su padre como Lucrecia: y esto le hizo pensar más racionalmente. ¿Que podía esperar ya en Roma? Si ella hubiera sido sinceramente católica, podría soportar todo lo que el Papa le había mostrado y era infalible para absolver y aun podría reputarse por santo.

Pero su fe, según el sentir católico, se había apartado del camino del cielo, y ya en ese camino, prefirió la fuga a merecer los honores de santidad y que Valencia, fuese adorada en el altar de su hermosura, como Lucrecia.

Después de esta reflexión, se volvió al capitán y dijo:

-Tenéis razón, preciso es huir y pronto los tres -y acordándose de Francisco, dijo.

¡Pobre anciano! Se unirá a nosotros cuando estemos salvadas.

-¿Y a dónde iremos? preguntó Juanucho.

-¿Dónde? Muy lejos, donde no queme la tierra como aquí.

-Los seguiré hasta el fin del mundo; repuso Juanucho.

-Veremos; en tanto esperamos en la puerta Flaminia; allí nos encontraremos pronto, antes que puedan venir a buscarnos.

-Mas hasta esto siento dejaros solas, y si habéis de atravesar la ciudad, conviene una escolta.

-Dejadme a mí eso, vosotros esperadnos fuera de la puerta Flaminia.

Antes de salir, Juanucho llamó a Francisco y le dijo:

-¿Amáis a tus señoras?

-¡Santo Dios! ¿Pero creéis que alguien puede dudar de ello?

-Bien; entonces, ten cuidado con ese truhán, que es espía de Alejandro VI y cuya libertad quizá sea ordenada pronto por tu señora; la vida de ellas, depende de ti.

-Pues si me ordenan tal cosa, tengo una vieja espada y...

-Eso no te será ordenado; y por tu parte, guárdate bien Francisco, yo conozco esta gente.

-Haré lo que me mandáis, mas no comprendo...

-Limítate a darle la libertad lo más tarde posible, cuando tus señoras se encuentren muy lejos de aquí.

-¿Mudamos otra vez de casa? preguntó Francisco.

-Has comprendido, pero no lo dejes chistar hasta que ellas estén fuera de peligro. Con ello va sus vidas, la tuya y aun la mía.

-¡Virgen Santísima! Yo siempre lo he dicho, capitán, que vos sois un gran hombre.

-Ahora atiende. ¿Serías capaz de prestarme un servicio?

-¿Dudáis?

-Toma esta cadena (y se arrancó del cuello una cadena de oro, regalo de su padre, lo que le arranco algunas lágrimas); dádsela a Valencia y decidle, que se la envía el capitán, y añadió: Dile que en cualquier caso, si no ahora, vivo o muerto, volveré a encontrarme en su camino.

-¿Debe saberlo ella sola? interrumpió Francisco que guardaba una moneda de oro, pero al levantar la vista el capitán había desaparecido.