Párrafo VIII
BACANAL, CRÍMENES Y FRATRICIDIO

Como ya conocemos a Alejandro VI, vamos a pasar por alto largas consideraciones del cronista, y partamos de estas palabras del Pontífice: "Esta vez estás en mis manos y de grado o por fuerza, la condesa inclinará la cabeza".

Doña Elvira recordó que su hija tenía a su lado a Juanucho y nada debía temer por ella; tomó ánimo para arrostrar aquella prueba que creyó seguramente sería la última.

Fue conducida por una galería lóbrega y la ignorancia completa de los misterios de aquel inmenso palacio, produjeron en la dama el efecto del ajusticiado ante el verdugo; pero reunió todo su valor, porque sabía que Juanucho apelaría a todos los medios para salvar a Valencia de los esbirros de los Borgias; y es seguro que la niña, a no haber mediado la altanería de la condesa y dejándose llevar de las proposiciones de Juanucho, se hubiera librado de la infamia, porque Juanucho, aunque aguerrido, no podía luchar sólo contra toda la corte pontificia y sabía que la prudencia es hija del valor en determinadas circunstancias.

Al entrar en aquella galería, Doña Elvira se contrajo y el Pontífice, hombre conocedor a primera vista del flaco de las personas, dijo: ¡Ah! ¿Tenéis miedo? No, contestó Doña Elvira, es el cambio brusco del ambiente y este aire me daña, os habéis engañado.

Siguieron en silencio y en determinado punto de la galería, el pontífice apretó un resorte y abrióse una portezuela y, una oleada luminosa penetró en aquel antro obscuro y al reflejo, pudiéronse ver las cosas; ella estaba contrariada; por el contrario, el Pontífice, estaba satisfecho.

¿Véis? Le dijo, os conduzco a un lugar bien diferente de la cárcel a donde creíais ser conducida; e introdujo a la condesa en el salón examinando la impresión que le producía. Apenas la noble española dió una mirada a su alrededor, presa de una convulsión de asco, quiso ocultar su rostro en las manos, pero el roce de la toga pontificia le producía el efecto de una serpiente que se le enroscaba y le inspiraba horror, pero a la que hay que mirar fijamente y sin titubear, hasta vencerla y verse libre de sus acometidas. Por esto, la calma y el desprecio reaparecieron instantáneamente en aquella mujer heroica.

¿Que escena era aquella que tal impresión causara en el alma de la castellana? Describámosla, aunque el asco nos produzca náuseas mortales.

En el fondo y en la parte diametralmente opuesta a la portezuela, bajo esplendoroso dosel, elevábase un trono. Lucrecia, la temible y disoluta hija de Rodrigo Borgia lo ocupaba en actitud de reina de la fiesta.

Como tal la revelaba la corona que tenía en las manos, destinada a premiar al vencedor del torneo brutal; y por si este detalle no bastara, el cortejo de adoradores que a sus pies se agitaba, hubiera dado indicio de que la reina era Lucrecia.

Vestida de modo que mejor pudiera llamarse medio desnuda, su belleza brillaba esplendente, realzada por las ropas y las luces, de tal suerte, que hubiera podido ser comparada a la gentilicia Venus, sin detrimento para la forma de la Diosa Amor bestial, más que carnal.

A sus lados sentábanse sus hermanos, quienes habían cambiado sus trajes cardenalicios por otros más conformes con el vestido de Lucrecia y, el nuevo esposo, que luego de haberle dado su nombre, debía renunciar a sus derechos. Luego otros prelados, entre los que se distinguía Darnesio; otros personajes significados en la corte pontificia, hablaban, reían y bromeaban, exclamando de vez en cuando: ¡Bravo! ¡Bravo!.

Cuando el Pontífice y Doña Elvira estuvieron cerca del trono, el primero preguntó a la reina de la fiesta:

-Lucrecia: ¿Os divertís esta noche?...

-Más de lo que creía.

-¿Son valientes?

-La corona parece ganar, ¿véis aquel fornido, de cabellos negros?... pues es él.

-¿Aquel que está en el fondo próximo a la orquesta?

-Aquel.

-Ya le veo.

-Ha sido vencedor siete veces y ahora parece dispuesto a un nuevo triunfo... es un verdadero diablo... cuasi... y calló, no por temor de ofender el pudor, sino por suscitar celos de familia, cosa que hubiera sido altamente inoportuna en aquel momento en que estaban juntos el padre y sus hermanos, preferidos amantes.

Aunque ya es esto demasiado grave, nada encontrará el lector que justifique la impresión de Doña Elvira, puesto que ha oído las conferencias que hemos relatado; pero la cosa cambiará de aspecto apenas veamos con los ojos del alma, lo que los ojos materiales del cronista e historiador Maquiavelo y Doña Elvira en toda su realidad vieron.

Cuarenta criados y otra tantas meretrices, completamente desnudos danzaban en la sala al ritmo de una orquesta situada junto a una baranda; y durante los intermedios, abandonábanse a los obscenos actos en todas formas y figuras (1), divirtiendo con sus bajezas a una corte que buscaba, en semejantes espectáculos, estimulantes en el vicio decadente de los individuos y que hacía avergonzarse de sí misma a la ciudad en que se albergaba tanta podredumbre, protegida con el manto de la santidad, sin que el mundo se indignara al ver tal abyección.

Doña Elvira se encontraba allí peor que en un infierno; sin que me detenga a explicar su excitación el horror que la agitaba, el enojo que casi la paralizaba de rabia y congoja. El lector puede imaginárselos: si se había equivocado en la juventud aceptando un matrimonio a espaldas de su padre, no era su culpa tan grande que por ella mereciera aquel castigo.

Empero tuvo un consuelo que hizo más llevadero su dolor. La turba de concurrentes, le ofreció una desviación, permitiéndole ver el rostro de los encenagados, y se sintió superior a todos.

Acabó la fiesta. El afortunado, pasó a recoger la corona de manos de Lucrecia, la que encomió desmesuradamente al joven alentándole a conquistar nuevos laureles.

Doña Elvira, que a ninguna de las insertas palabras de los invitados había prestado atención y que ni aun a las del mismo Pontífice hiciera caso, oyó perfectamente cuando este dijo al cardenal César:

-Ella ha dado ya la invitación para esta noche, por tanto, vos, podéis renunciar a la fiesta.

-Lo veremos, contestó César secamente, que entendió el sentido de aquellas palabras.

-Prudencia, hijo mío, prudencia...

Mientras los demás descendían las escaleras, el Pontífice tomó la mano de Doña Elvira y la condujo a la misma galería que antes viéramos; pero en lugar de descender por la escalerilla, la hizo pasar por una porción de logias desde la que dominaban infinidad de salas débilmente iluminadas, semejantes a aquella en que acababa de celebrarse la fiesta de orgía tan depravada.

De pronto introdujo a la condesa en una habitación en la que presenció una nueva y horripilante escena de dolor. En el fondo la sala, yacían dos moribundos asistidos de algunos familiares y sus agonías eran capaces de mover a piedad al corazón más enfurecido.

¿Los véis? Eran dos bichos que me estorbaban, un arzobispo y un cardenal, de quienes no sabíamos que hacer. Mañana sucederá lo mismo al hermano del Sultán, cuando llegue su hora.

Doña Elvira miró azorada aquellos dos agonizantes, asistidos de dos pajes, especialmente encargados de privarles de todo socorro, y volviendo la vista, exclamó: "Confieso no haberos conocido nunca tanto como esta tarde; veo que habéis progresado en el transcurso de los años; pero tened presente que existe una justicia, si no en este, en el otro mundo".

-¿Creéis? -dijo el Papa -que si fuera cierto, S. S. Alejandro VI, podría reinar tranquilamente como reina?

Con esta contestación inesperada oída de boca del Pontífice de la cristiandad, la condesa recibía el golpe de gracia; con aquel hombre, ningún trato se podía tener, ni ningún arreglo esperar. Su hija, hubiera tenido que avergonzarse de tal padre; pero por este lado, a ella, como madre, correspondía legitimarla como nacida en Roma. El documento que ella poseía, en todo lugar que no fuese Roma, hubiérase creído falso, y así con esfuerzo contestó

Tenéis razón. Es preciso que acabe por creer solamente en mi virtud y la de mi hija.

Alejandro no pudo contenerse y exclamó: Si no fuera por vuestro orgullo, me inspiraríais compasión. A vuestra edad, se necesita estar loca para no comprender qué cosa es esta comedia que se llama vida.

El coloquio empezaba a tomar un camino sobradamente extraño, cuando un grito estridente que venía de la galería próxima, llamó su atención.

A toda prisa recorrieron el resto de la logia o galería que les separaba del lugar de la ocurrencia; en viendo lo sucedido quedaron ambos contristados.

El Duque de Gandia, hijo del Pontífice, yacía en medio de un charco de sangre con el corazón partido de una puñalada. El cardenal Cesar, su hermano, en un ángulo y con la vaina de su puñal vacía contrastando su sangre fría daba órdenes a sus familiares de que el Duque fuese encerrado en un saco y arrojado al Tiber.

Doña Elvira creyó que el dolor del Pontífice era natural, pues no podía creer, a pesar de todo lo que ya conocía, que un padre pudiera ver con satisfacción y aún con gozo, el asesinato de un hijo por otro hijo; pero se desengaño pronto, cuando oyó al Pontífice que dijo:

-¡Demasiado fuego pone César en sus cosas! ¡Y nos que le habíamos recomendado prudencia y cautela! Es una ligereza, que le costará un acto de contricción y algunos días de abstinencia, ¡Cuantos días perdidos!.

Como Doña Elvira no contestara nada a las anteriores palabras quiso el Pontífice demostrarle que a todo atendía y le dijo: todavía otra visita y os devolveré la libertad; pero sabed aprovecharos de estas enseñanzas.

Abandonaron las logias y se internaron en un corredor que conducía a las habitaciones particulares.

Frente a las de Lucrecia. El Papa sacó un llavero y abrió las puertas que a ellos daban acceso y entraron.

La disoluta hija estaba desnuda y tendida en el lecho en la posición más provocativa; no tenía porque ocultarse de dos, cuando en medio de la bacanal así se mostraba y con su hermosura incitaba a todos.

El Papa sin tener en cuenta a Doña Elvira ni a las camareras de Lucrecia, colocó a Doña Elvira tras un cortinaje y fue al lecho de Lucrecia; ésta dijo por todo apóstrofe: ¿Vos el primero esta noche? Sed bien venido... de fijo que hoy, hasta el propio Duque tendrá que aguardar...

-No veníamos, Lucrecia, más que a daros las buenas noches, pero volveremos más tarde, dijo sonriendo.

-Hágase vuestra voluntad, padre mío, que estás en la tierra. Péseme o no, siempre seré para vos una hija obediente.

Salió y condujo otra vez a Doña Elvira a las habitaciones reservadas donde le dijo:

-Acabemos ahora nuestro diálogo; espero que habréis comprendido la importancia de nuestro cargo y la nulidad de vuestro documento.

-He visto y oído cuanto me basta para avergonzarme de haber sido un tiempo vuestra esposa; que yo renuncié por mi voluntad a todo derecho, es cosa fácil, pero quiero una repudiación que me baste para asegurar la honra de mi hija.

-¿Seguís obstinada? Os hablaremos con toda franqueza. Repudiándonos implícitamente confesaríamos que en otro tiempo fuimos vuestro marido, y no podemos dar tal escándalo a toda la cristiandad.

-¿No me queda pues más remedio que obrar por mi propia cuenta?

-Una palabra más: vos solo tenéis un documento ¿verdad?

-Pero en toda regla.

-Nos os habemos dado cien más para daros prueba de nuestra largueza. Id y decid a todo Roma, que nosotros compramos la hermosura de la joven Darnesio con un birrete de cardenal para su hermano; publicad que estamos obligados a servir al gran turco y asesinar a su hermano, por dinero; narrad que proyectamos destruir a todos los señores de la Romaña; describid las fiestas que a diario se celebran en el Vaticano como la de esta noche ante mi presencia, para reanimar el vigor que los años nos quitaron; haced saber, que hoy despacho al otro mundo un hijo mío por otro hijo, por mi secreta conveniencia; escribid en los ángulos de la ciudad, que nos el Pontífice, pasamos las noches en los brazos de nuestra amantísima hija Lucrecia; y frente a todo eso ¿qué significa vuestro documento? Pues cuanto digáis y hagáis, será una impostura a juicio de todo el mundo que para eso lo hemos cegado, y vuestro altivo orgullo castellano, caerá en el peor de los ridículos.

¡Lector... Lector... Lector...! ¡Por amor del Dios Amor, por tu dignidad, despierta!... el salivazo asqueroso lanzado en la cara de la noble castellana, ha caído en toda la grey cristiana y católica y aún de toda la humanidad. Pero sigamos a mi héroe Juanucho, porque ahora empieza su acción.

(1) He dudado yo mismo (dice el historiador) como habrá dudado el lector de la verdad de cuanto explica el narrador; pero para más plena justificación, transcribiré las siguientes líneas de Buchardo, testigo ocular, dice: "Darnesio, in sero, fecenunt coenam cum duce Valentinense in camera sua in palatio apostólico. Quincuanquinta meretrices, honestae cortigiana nuncupatae, quae post coenam chorarunt, cun servitatibus et ollis ibidem es instantibus, prisus in vestibus niu, deunde nudoe, post coenam fuerunt candelabra communis mensoae cum candelis ardentibus, et proyectae anti candelabra per terram costanae quas meretrices ipse super manibus et pedes nudea. Candelabra percuntes, coligebout: Papa, duce et Lucrecia sorore sua presentibus et videntibus. Tanden exposita dona, ultimo disploides de serico, paria coligorum et alia pro illis, qui plures dictas meretrices concualiter agnoscerunt quoe fuerunt ibidem in anta publica camaliter tractae arbitrio presentium..."

¿Bastará para el lector? De todas suertes, la justificación es tan solemne, que nada podría desmentirla

Baldino FERDENOLI.