Párrafo VII
HORRORES Y BACANAL

Quedémosnos con Doña Elvira y oigamos las confidencias en el salón inmediato, sin horrorizarnos, pues, que sólo son proyectos; ya veremos horrores al final de la fiesta a que hemos de asistir.

El primer introducido en el salón, era un joven prelado, todo gracia y humildad, predestinado poco después a desempeñar el cargo de Pontífice; después de los cumplidos ceremoniales a que no se dispensaba a nadie, más que a Lucrecia: aguardó, baja la cabeza, hasta darle permiso para hablar.

-¿Qué nuevas traéis, amadísimo Darnesio?... ¡Oh! Cuanto me digáis es para mí interesantísimo, en estas horas destinadas a los negocios de la más alta importancia. -Vuestra Santidad, puede bien creerlo: miro los gravísimos asuntos que ocupan la atención de la cabeza de la iglesia, como cosa propia.

-Os lo agradecemos con toda el alma, hijo predilecto de la iglesia.

-Julia, mi hermana, me encarga manifieste su infinita gratitud hacia vuestra santidad, por la merced que os dignásteis hacerle... Había que ver la cara alegre del Papa al oír la misiva y no era menester mucho pensar para adivinar de qué se trataba; lo que únicamente nos debe extrañar es que sea su mismo hermano y prelado por añadidura, el que compre el birrete de cardenal con la honra de su hermana; pero no nos preocupemos de tan poca cosa y oigamos:

-¿Consiente ella, pues? -preguntó el Papa.

-¡Con toda el alma!... Siglos le parecen las horas que tarde en hacer... algo agradable a vuestra santidad: cuando queráis... Y aquí calló para observar el efecto de sus palabras, que lo causaron y manifestó el Papa francamente visible y dijo:

-Mañana, podréis decir que venga a nos Darnesio; decidle que la aguardamos.

El prelado se inclinó en señal de obediencia ejemplar, mientras el Papa proseguía:

-Os recomendamos nuestra promesa, pues. En el venidero consistorio, se os saludará con el título de cardenal. Confiad en nuestra palabra.

El segundo introducido en el salón fue un seglar; en nuestros días se llamaría un agente secreto: un espía. En aquellos tiempos se le llamaba un enviado particular; una especie de embajador en las grandes ocasiones en que era menester la gran astucia, servíanse de aquellos hombres no sólo los papas, sino todos los soberanos de la época.

Este había salido tres meses antes de Roma, con una misión muy delicada para el gran Turco; porque los papas de las iglesias, en aquellos tiempos, no sólo mantenían relaciones con las sagradas puertas, sino que además concertaban alianzas y con esto hacía resaltar su poder: era una política género de promesas el envío de soldados y armas sobre los territorios cristianos, para desolarlos, llevando por todas partes el aislamiento y la destrucción para que los cristianos pidieran protección al pontífice que no le costaba más que otra alianza y con esto hacía resaltar su poder: era una política muy rastrera, pero ¿quien reparaba en estas trampas santificadas por el representante de Cristo? y si alguien reparaba y decía una palabra ¿para qué estaba la excomunión y todas las otras pequeñeces del cordelillo, el puñal y los polvos blancos?

Apenas pareció que el relato de lo concerniente a la comisión o negocio, se acordó el pontífice de un punto capital que se había omitido y preguntó:

-¿Dijiste al Sultán, que su hermano, el heredero legítimo al trono, está secuestrado en nuestra corte pontificia?

-Díjele todo cuanto Vuestra Santidad me ordenó; pero en lo que se refiere a ese extremo de mi embajada...

Y el pobre hombre mudó de todos los colores. Pareció que se le anudaba la lengua. Y el Papa dijo:

-Dime todo lo ocurrido...

-Yo no quisiera ofender a Vuestra Santidad...

-¿Por qué?

-Porque la proposición del Sultán no me atrevo a repetirla a Vuestra Santidad, sólo obligándome a ello...

-Pues bien; te lo mando.

-Entonces no me resta más que obedecer.

-Pero ¿es que pretendes abrasarme en las llamas de la curiosidad?

-En lo que afecta a su hermano, el Sultán me ordenó proponer a Vuestra Santidad doscientos mil ducados que él pagará bajo fe de buen musulmán, apenas por mediación vuestra, le sea devuelto el heredero... pero muerto.

Pareció que el hombre se había arrancado del pecho un gran peso que le oprimía, luego de pronunciar estas palabras temía alguna acometida del Pontífice; pero éste le dijo afablemente:

-¿Y para decirme ésto me hiciste desear tanto tiempo?

-Pero es que... creía.

-No importa, cuando el Sultán pague los doscientos mil ducados, tendrás, como es justo, tu parte.

-¡Ah! Y yo que creía -exclamó el espía al abandonar la estancia -que al oír tal proposición me arrojaría de su presencia!... ¡Convertirse en un vulgar asesino, en un envenenador asalariado!... pero es verdad; es el Papa y luego con absolverse a sí mismo... todo queda igual que antes.

Aquella noche no tenía más visitas concedidas, pero como estaba siempre pronto a entrar en negocios aún en los días de fiesta, para así gozar luego más tranquilo de los placeres de la vida... y gozaba más cuantos más negocios dejaba terminados; mandó que se presentaran sus dos hijos mayores, que desde hace tiempo conocemos, con los que quería terminar un plan que habían empezado la noche anterior, sobre someter a todos los señores de la Romaña y establecer una dinastía con uno de sus hijos.

Cierto que se necesitaba ser Borgia para acometer aquella empresa; pues, era necesario renacer las falsas donaciones de Constantino y Carlomagno, con la falsa decretal de Isidoro que había sido descubierta y aprobada falsa ya hacía siglos; si esto no pasaba, emplearían otros medios más fáciles y más positivos.

El Duque de Gandía y el cardenal César Borgia sus hijos, habían oído la noche anterior la proposición de su progenitor, hecha con el más amor apostólico.

El cardenal César Borgia, joven, estaría potente y sano a la hora de la muerte del Pontífice, su padre, y con 99 probabilidades, escalaría el trono pontificio, aún que tenía aversión a la vida del clérigo. El Duque de Gandía, por el contrario, sentía una singular pasión por el cargo cardenalicio, y su gran sueño era, suceder a su padre en el pontificado; por cuya causa, los dos hermanos eran rivales; pero ya veremos terminar esta noche, entendiéndose los dos, o sobrando uno de los dos.

Pero lo que más disgustaba al duque, era, que el proyecto de su hermano si llegaba a privar, la Romaña sería dividida en dos y él la quería para sí sólo y aún alcanzaba más lejos.

Animados de tan diversos sentimientos, comparecieron ambos ante el padre; uno dispuesto a proteger el proyecto y discutir el plan mejor para llevarlo a término lo más antes posible; el otro, combatirlo y hacer que padre y hermano lo abandonasen, porque, como el perro de la fábula, todo lo ambicionaba para sí o para nadie. Oigámoslos con Doña Elvira.

-¿Cómo encuentran mis amados hijos el proyecto planteado anoche? -dijo Alejandro VI.

-Creo que no se puede proyectar nada mejor -contestó el cardenal César; quien si bien, condecorado con el cardenalato, no estaba aún convencido de la distancia que separan a los diversos grados eclesiásticos, obligándolo a tomar un tono más respetuoso.

-¿Y vos, mi querido Duque de Gandía? En nuestra cara se refleja el hábito que tenéis de estar plenamente conforme con la disciplina eclesiástica.

-Supongo que, si yo no tengo esa costumbre, no haréis me culpe, -interrumpió César. Los báculos sientan bien en brazos de los pastores, y las inclinaciones, en las espaldas de los humildes; pero yo no puedo doblegarme; sólo como hijo obediente, puedo someterme.

-¡Oh, ya lo sabemos amado César! -exclamó el Pontífice. El birrete que lleváis en la cabeza no os gusta; pero no lo arrojéis lejos de vos para testimoniarnos nuestro respeto. Y al decir esto tocó familiarmente la espalda de su hijo, pero pronto se volvió a su otro hijo y le dijo: vamos, decidnos vuestra opinión.

-A decir la verdad, me siento capaz de decir francamente...

-¿Qué? ¿No sois de nuestro parecer?

-Comprendo que pueda ser mal interpretada mi oposición, pero está en mi convencimiento y no puedo manifestar otra cosa.

-Dejad esos preámbulos; exponed en que fundáis vuestra oposición; a nos, place la franqueza.

-Me sorprende que el cardenal, mi hermano, no opine como su Santidad, nuestro progenitor (añadió César), pero siento más curiosidad por saber los extremos en que funda su opinión, que por ver las bombas que habéis colocado hoy en San Angel.

-¿Se me concede, pues, libertad de palabra?

-Amplia, amplia, replicó el Papa.

-Pues bien, yo no puedo convencerme en absoluto, ni oponerme en absoluto al proyecto; lo encuentro bueno, pero con la venia de Vuestra Santidad, lo discutiré un poco.

-¿El proyecto os gusta entonces? -replicó el Papa.

-Como proyecto es excelente.

-¿Es que acaso no os placen los medios?

-Yo... os diré... no me parecen los mejores... ni tampoco los más adecuados a la índole de vuestra misión en la tierra... pero si queréis que calle...

-Pero eso ¿qué importa? ¿Conocéis la lógica? -dijo el Papa.

-Creo que sí, dijo el Duque.

-ues entonces, el fin justifica los medios.

-¿Qué nos importa ¡Claro! -interrumpió César -por ejemplo, que un enemigo nuestro caiga muerto de una estocada en buena guerra, o herido por la espalda? El caso es que caiga: la forma puede ser la que sea. El resultado es quitarse un estorbo.

-Hermosas son vuestras razones -dijo en tono humilde el cardenal duque; más sacrificar en un momento tantos hermanos nuestros en Cristo; tantos devotos católicos...

-El Papa: ¿Os parece un pecado demasiado grande?

-El Duque: Ciertamente, no sería una culpa pequeña ante el tribunal supremo de aquel que ha de juzgar todas nuestras acciones.

-El Papa: ¡Ah, ah! Parece que no os acordáis que nuestra facultad de absolver y perdonar es infinitamente grande.

-César: Ciertamente. Vuestra absolución, ¿no es cierto que alcanza al pasado, presente y porvenir?

-El Duque: Duélome haber hablado, pero yo creía no decir tantos dislates como me dáis a entender.

-El Papa: Menos mal que habéis comprendido vuestro yerro.

-El Duque: Es que aún no he dicho todo.

-El Papa: ¿Aún no? ¿Por qué?

-El Duque: Por que me parece que en vez de asegurar la victoria con nuestro predominio, haremos lo contrario.

-El Papa: Es extraño este raciocinar...

-César: Si no fuera por que temo faltar al respeto de su eminencia el cardenal, mi hermano, creería, que tiene miedo al purgatorio... o a la aparición de las almas de los condenados; pero por si algún día realizamos nuestro proyecto, os aseguro que las almas de los muertos no vuelven, a pesar de todos los libros que se han escrito y se pueden escribir al propósito... y si no recordad a cuantísimos hemos dado el salvoconducto para la otra vida y ninguno se ha dignado venir a invitarnos para probar su agradecimiento por el favor que les hicimos de librarles de vivir en este valle de lágrimas.

-El Duque: Sí los muertos no vuelven, su recuerdo agita la conciencia: y quedan muchos vivos que nada les impedirá concertarse contra nosotros con odio y venganza justificados y destruirán nuestro plan.

-El Papa: He aquí una sabia observación que merece tenerse en cuenta; esta vez, habéis hecho honor a vuestra inteligencia y la mía... Más... ¿Cómo os lo arreglarías vos, para allanar estas dificultades?

-El Duque: Yo... Yo... Suspenderé por ahora toda deliberación a este propósito y esperaré...

-César: (Airado): ¿Qué cosa? Explicáos.

-El Duque: Que el tiempo ofrezca ocasión propicia.

-César: Y en tanto, ¿nos cruzaremos de brazos?

-Duque: ¡Oh! No se hará mucho esperar.

-El Papa: Si no os explicáis mejor, no os entendemos.

-El Duque: me explicaré con un proverbio: Entre dos litigantes, el tercero que llega es él que vence: los señores a quienes se quiere destrozar, están siempre en guerra entre ellos, como los Colonna y los Orsini, cuyos odios rebosan todo límite. Pues bien: atizando uno contra otro, nosotros podemos debilitarles, destrozarles poco a poco y hacer, poco a poco, pero más seguro, lo mismo que hecho de golpe, que podría redundar en nuestro daño.

-El Papa: Entendido, perfectamente entendido. Podéis desde luego volver a honrar la fiesta con vuestra presencia, que nos iremos allá, luego de haber despachado otro asunto con nuestro amadísimo hijo el cardenal César. Si vos sois la mente, él es el brazo de vuestro padre.

"Guarda lector estas últimas palabras que pronto verás que es una inícua y descorazonada sentencia".

Los dos hijos se inclinaron y el Duque, salió dudando del éxito de su proposición. Quedaron solos Alejandro y César; el primero concentrado en sí mismo, dudaba de proseguir adelante, sabiendo que Doña Elvira lo estaba oyendo.

-Esto es demasiado -decía para sí -más después de breve reflexión, añadió en voz alta... ¡Y qué, que lo sepa!. Cuanto mejor me conozca, más me temerá.

Ya entonces, desechando todo pensamiento, exclamó dirigiéndose a su hijo que estaba pronto a sus órdenes.

-El Papa: ¿Lo habéis oído?

-César: todo.

-El Papa: ¿Qué os parece?

-César: Por mi parte os diré que, o son locuras, o son supersticiones de viejas, esos odios que llenan el entendimiento de mi hermano.

-El Papa: sonriendo. Crees haberlo entendido todo, pero nada sospechas de la verdad.

-César. Que tenía muchas de las virtudes paternas, exclamó: ¿Me he engañado tal vez?

-El Papa: ¡Claro, mi querido César! Debajo de esa aparente oposición... oculta...

-César: ¡Ah! -exclamó como iluminado por un repentino rayo de luz. ¡Comprendo!

-El Papa: ¿Qué comprendéis? Sepamos.

-César: Que pretende dar largas al negocio, y que dejándolo para más adelante, podrá reunir en uno el poderío que nosotros queremos repartir entre tres.

-El Papa: Precisamente, hijo mío. Parece que hayan puesto en tu cabeza mi propia inteligencia. ¿Y quien le habrá inculcado esas ambiciones? ¿Es tan extremadamente estúpido que haya podido suponer por un instante siquiera, que no comprendería yo sus intenciones? Es menester mucha audacia. Yo no osaría tanto. Y con la diestra acariciaba su daga. Lo que importa, César mío, si el cardenal Duque quiere que olvide mis deberes de justicia, no considerando iguales a mis tres hijos...

-César: Decid beatísimo padre.

-El Papa: El deseo que no podría quizá cumplir, es evitar que el Duque se provea de aquel salvoconducto blanco de mí invención...

Aquí debo advertir al lector de conformidad con los historiadores, que la familia Borgia hacía uso de un veneno particular, bautizado por ellos, "Polvos blancos"

-César: ¡Por Dios! ¿Le creéis capaz de acción semejante?

-El Papa: Sí, lo creo, porque los sondeos que está haciendo en el ánimo de los cardenales para el caso de que hayan de reunirse en próximo cónclave... Es preciso que el perro corra más que la liebre.

-César: Pero hasta ahora no ha dado ninguna señal...

-El Papa: Decid mejor que no habéis reparado en ello...

-César: No puedo, a pesar de todo, acostumbrarme a la idea...

-El Papa: Decidme, ¿qué clase de acogidas os dispensa en la actualidad Lucrecia?... Y creed que vuestro hermano no acaba de dar señales en balde.

-César: ¡Ah! La frialdad que ella me demuestra, tiene relación quizá...

-El Papa: Unidla a los favores que dispensa el Duque y sacad la consecuencia...

-César: ¿Así pues, tengo en el Duque un rival preferido?

-El Papa: Y aprovechado, que aun es más. ¿Crees que Lucrecia hubiera disminuído para con vos y para conmigo su ternura y su pasión, si alguien no le hubiera dicho que nuestros cuerpos huelen a cadáver?

-César: ¡Oh! Pero aun estoy a tiempo de prevenir el delito. Comprendo que la cosa es grave, pero velaré la vida de mi padre y aun a costa de la mía.

-El Papa: ¡Prudencia, César mio, prudencia!

-César: No temáis, no, que me falte la sangre fría que he de menester en la ocasión propicia; estad seguro. El salvoconducto blanco es de efecto inmediato en las naturalezas afeminadas; yo creo mejor y de más positivos resultados cuatro dedos de hoja acerada.

-El Papa: Alabo vuestro noble corazón y el acatamiento de que no dáis muestras; pero os recomendamos mucha prudencia. Nos, no podemos penetrar en las causas que ahora convierten a dos hermanos, en dos enemigos; mas por ahora, vos y nos, debemos tratarnos fríamente a fin de evitar celos. Todavía estamos a tiempo de evitarlo todo, obrando como se debe. Idos ahora a la fiesta, luego seré con vosotros.

El Cardenal César se despidió de su padre no sin asegurarle que pronto sabría el resultado de su conducta, sin que nadie pueda sospechar la mano oculta que dió el golpe.

Apenas Alejandro VI quedó solo, abrió el gabinete en que había encerrado a Doña Elvira.

Esta, yacía con la cabeza inclinada por el peso de tanta maldad como había oído, pero pronto recobró su habitual valor y demostró no asustarse de nada. El Papa sufrió una decepción, pues creyó que encerrándola allí y oír tantos proyectos de crímenes, de incestos cometidos que en nuestros tiempos el pueblo tomaría la justicia por su mano allí donde encontrase la causa, pero que en el Vaticano y en esos tiempos, era la cosa más corriente y vulgar.

Doña Elvira le reprochó agriamente tal conducta y renegó de la mancha que había echado sobre su noble apellido, haciéndose su esposo y le dijo: ¿Puedo ahora salir de palacio? Pues ya se había convencido de que nada conseguiría de aquella bestia.

El Pontífice quería a todo trance imprimir en su ánimo el terror y le dijo: Sería demasiado pronto; aun es necesaria vuestra presencia unos momentos más.

Si creéis asustarme haciéndome oír diálogos semejantes a los que acabo de oír os equivocáis; cuanto se podría horrorizar a una mujer vulgar, puede producirme a mí, valor. Cuanto de ahora en adelante podéis hacerme ver y entender, sólo puede producirme ya una impresión semejante.

Sabíamos bien, que érais una mujer decidida y valiente; pero no era tal nuestro propósito, aunque vos nos lo atribuyáis; apóstol de la verdad y del amor cristiano, deseamos aproximarnos los corazones en verdad alejados como habéis sospechado. Nuestro coloquio no ha terminado si mal no recuerdo y podemos reanudarlo y tal vez encontremos un medio de arreglo.

-El pensamiento del Pontífice era dañino y se colmaría con la posesión de Valencia, su hija.

Doña Elvira comprendiéndolo dijo decididamente: "Si créeis ganarme en algo por ese medio, os habéis equivocado, Rodrigo; y conservando su majestad, añadió: Estoy aquí y no puedo marcharme ahora, según es mi deseo; haced lo que queráis, pero tened presente, que de los dos, no seré yo la que ceda...

-¡Ah! ¡Ah!... Decid que la risa no sienta bien a los labios de un Pontífice, sino me reiría de vuestros propósitos caballerescos, con estrepitosas carcajadas... Y luego tomando de la mano a Doña Elvira la condujo a la sala de fiestas.