Párrafo VI
NOCHE DE TERRIBLES TRAGEDIAS

Ya vemos que Juanucho está enamorado de Valencia; pero de un amor puro, y conforme a su compromiso, visitaba indefectiblemente una vez por semana la casa de doña Elvira; más esta altiva mujer, no daba confianzas a su visitante y aun imponía sus prerrogativas, hasta que las cosas llegaron a un punto difícil.

Una noche en que Juanucho se hacía muchas consideraciones acerca de su respeto a las señoras y que decía que casi no se conocía ya, salía de la casa un tanto mustio y diciéndose para sus adentros; veremos en qué para esto, lo sacó de su ensimismamiento Doña Elvira acercándosele y diciéndole por lo bajo: "El sábado próximo necesito de vos, disponed las cosas de modo que tengáis libre toda la noche".

-¿El sábado próximo

-Sí, ¿Estaréis disponible?

-Para todo, señora.

Y entonces esta le alargó la mano que el capitán besó reverentemente. Aquella era la primera vez que a Juanucho se le había hecho una tal concesión, y él, por más que sentíase humillado al verse convertido en instrumento de los caprichos de aquella matrona, consolábase ante el logro de tan inestimable prenda de deferencia.

¿Por qué (se decía el capitán) sin amarla, sería capaz de dar la vuelta al mundo, si a esta mujer se le antojara? ¿Que misterios son los del corazón humano?... Si no estuviera enamorado de Valencia, diría que lo estoy de la madre. ¡Vive Dios!... Y a pesar de ello, en mi corazón medía un abismo entre una y otra... ¡Oh, mi razón se extravía! ¡Bah! ¡Pero obedezcamos! Nadie se ha arrepentido de seguir los impulsos de un corazón noble.

En el siguiente sábado, a la hora precisa y antes de salir de palacio, hizo llamar al Florentino, capitán como él en la corte pontificia.

El Florentino era un bravo, y compatriota de Boccaccio, era cruel y sangriento en sus sátiras y bromas; pero era, si no un santo, el prototipo del amigo leal.

-Florentino -díjole cuando éste entró en la estancia de Juanucho; -necesito un amigo

-Te agradezco que me hayas llamado -contestó el Florentino tomando un tono serio, propio de las circunstancias.

-Sabía de antemano que no faltarías a mi deseo. Esta noche...

-Por Dios -Esta noche estoy de guardia... No puedo salir de palacio...

-Lo sé.

-¡Ah! ¿Lo sabes? ¡Mejor! Señal de que no se trata de nada externo a palacio. ¿Hay algo que hacer aquí?

-¡No! Pero yo he de estar fuera toda la noche y tal vez mañana...

-¡Oh! ¿Y se te ocurre eso precisamente la noche que estoy de guardia? ¿Cómo podré acompañarte?

-No importa. Debo ir solo. Pero pudiera ocurrir que alguien tomase mi nombre. Si mañana no estoy de regreso, ¿harás mi guardia?

-¡Aunque fuese por siete semanas!...

-¡Bravo! Te lo estimo. Y estrecháronse las manos ambos amigos.

-¿Y si no me vieres más?

-¡Ea! Déjate de burlas -exclamó el Florentino. Sé cuanto vales y no dudo que regresarás para que podamos vivir juntos cien años más...

-Nada temo, pero nada puedo asegurar. Si no volviese, ten por cierto que caí defendiendo la más santa de las causas.

-¡Válgame Dios! Eso es una broma, pero te juro que si tal ocurriera y alguien, fuese quien fuese, hablase mal de ti en mi presencia, o le corto la lengua o dejo de ser el Capitán Florentino.

-Tantas gracias, y ahora ¡adiós!

-¡Adiós! Pero hasta luego -añadió el Florentino.

Luego éste, notando que Juanucho, como enloquecido, salía rápidamente del palacio murmuró:

¡Lástima de hombre, tan noble haya perdido su habitual buen humor! ¡Ah! ¡Las mujeres! Tomarlas en serio es una sandez. ¡Ah! No cesaré hasta saberlo todo.

En tanto que el Florentino hacía tales conjeturas, Juanucho penetraba en la casa de Doña Elvira, en la que no tuvo necesidad de llamar, porque la señora hacía una hora que esperaba, con viva impaciencia.

El capitán, todo alma y todo fuego, se encontraba de nuevo frente a aquella dama fría, acompasada y grave en todos los actos y en todas las palabras. La alegría interna parecía que jamás se reflejase en el rostro de quien ante Doña Elvira estuviera.

A la dama, no se le ocultó la alegría del capitán, a quien alargó la mano sonriente como jamás lo había hecho antes, la que besó el capitán conmovidísimo:

-Necesito de vos esta noche, capitán.

-Y yo estoy aquí aguardando vuestras órdenes.

Al decir estas palabras, el capitán se apercibió de dos novedades. Valencia no estaba allí, y doña Elvira vestida en traje de calle. Creyó que se trataba de acompañarla, y dijo:

-Cuando queráis salir, yo os seguiré.

-No, capitán, la misión que pienso confiaros es más seria que la de acompañar a una dama. Para esto basta Francisco, (éste era el sirviente viejo y de confianza y el único).

-En todo he de obedecer, señora.

-Yo voy al Vaticano.

-¿A esta hora?

-A esta hora -contestó la condesa, en tono tan resuelto que no admitía réplica.

-Pero dudo -se aventuró a decir el capitán -que seáis recibida.

-No os preocupéis por ello; tengo a mi disposición unos pasaportes que en todo tiempo hacen que a mi paso se abran todas las puertas y lugares, aun los más inaccesibles.

-Pero -quiso añadir Juanucho -es que esta noche es de gran fiesta.

-Lo sé.

-Se celebran las bodas de Lucrecia con el príncipe de Pesaro.

-No lo ignoro, capitán. Mas os repito que me basta la voluntad de entrar para que se allanen todas las dificultades.

-Si esto creéis...

-Hablad sin reparo.

-Quiero deciros que el capitán de guardia, también os dejaría pasar, con solo una palabra mía.

-¡Bien! Dadme una contraseña para él. Pero, no... aun no es hora de mezclar una tercera persona en estos negocios... Tengo suficiente con que me digáis quién es...

-El Capitán Florentino. Mi nombre os bastará para que os deje paso libre.

-Bueno, esta parte ya la hemos terminado. Ahora hablemos de vos. ¿Habéis recapacitado acerca del riesgo a que os exponéis?

-No acostumbro a meditar cuando se trata de peligro... tengo suficiente con que me digáis una sola palabra vuestra para que me sienta capaz de arrostrar todos los imaginables.

-Dejemos a un lado los cumplimientos. Si queréis retiraros, aun estáis a tiempo.

-Perdonadme, pero todo lo tengo pensado de antemano y no me retiro.

-Os agradezco doblemente vuestra conducta, y ahora nobleza a nobleza obliga. Podréis hacerme traición y quizá yo me pierda esta noche, pero vos quedáis siendo el depositario de todos mis secretos. Una dama castellana, puede equivocarse; pero cuando fía en un hombre, coloca la muerte en sus manos. Leed.

Y al decir esto le entregó un pergamino. El capitán lo rechazó diciendo: "Me basta conque vos habléis"

Pero Doña Elvira insistió y a cada línea que leía quedaba más sorprendido. Cuando hubo leído la primera hoja de aquel documento, exclamó:

-¿Vos también?

-Sí, yo fui esposa de aquel miserable.

-Pero esto es una infamia.

-No importa, ved que aunque joven, he tomado mis precauciones. Y afortunadamente, las tomé a tiempo. Cuando celebrábamos secretamente nuestras nupcias, dos testigos allegados a mi padre se apersonaron en el acto, sin que Rodrigo les esperara. Una hora después, el infame hacía destrozar al párroco que había efectuado nuestro enlace y al siguiente día hacía envenenar a mi padre. Lo supe tarde para vengarme. Mas este documento es un tesoro; es la fe de nuestro matrimonio. Pudiera darse el caso de que el Papa quisiera hacerlo desaparecer; por esto os lo confío.

-Estad segura de que antes de robármelo, deben enviarme a la otra vida.

-Pero no todo acaba aquí.

Juanucho miró sorprendido, temeroso de conocer una nueva revelación, más terrible que la primera, y Doña Elvira prosiguió:

-Yo y Francisco vamos al Vaticano. La honra y la vida de mi hija, quedan en vuestras manos. No acepto promesas -añadió viendo que Juanucho quería hablar, -os he conocido y me fío de vos... y peor para vos y aun más para nosotras, infelices y desventuradas, sí fuérais capaz de hacerme traición.

-Doña Elvira -exclamó el capitán ante tanta confianza y tanta desventura -os ruego que alejéis toda duda...

-Lo sé... O por lo menos los creo injustificados mis temores -contestó la matrona. -¡Oh! No merece esa pobre niña su nombre, o lo que es peor un nombre deshonrado, que sobre la tierra no sostiene otro amparo que vos, yo... y ese pobre Francisco. Más... solo os tiene a vos, (añadió la pobre madre bañada en lágrimas) si yo y Francisco no volvemos. Ella, os ama (dijo en voz baja). Mas acordáos, que una hija de Alejandro VI es su concubina actual, y que mi hija, falta de todo apoyo, podría verse obligada a serlo también.

Terrible presentimiento del corazón de una madre. No fue su concubina, pero fue deshonrada de la manera más salvaje como veremos. El capitán no podía ocultar por más tiempo la emoción que experimentaba de ira y de desprecio y amor al mismo tiempo. Mil diversos sentimientos, experimentados por primera vez, se agitaban en su pecho. Solo acertó a decir algunas palabras que Doña Elvira entendió a maravilla.

-¡Adiós! -díjole luego de una breve pausa -que mi hija no sepa nada. ¡Valencia!, gritó luego.

La niña compareció seguidamente. La madre la besó y abrazó y luego unió las manos de ella y el capitán. Pocos minutos después, Doña Elvira y Francisco abandonaban la casa y se perdían en la obscuridad camino del Vaticano.

El capitán había dicho la verdad. En el Vaticano todo era fiesta y alegría. Más de suponer, fiesta pontificia, no de príncipes o gente tan elevada que no fuera una bacanal inmunda. Narremos.

Lucrecia, hija de Su Santidad Alejandro VI había sido casada con persona de baja estofa, y como para la hija de un Papa no era esta posición conveniente; apenas escalado el trono pontificio, apresuróse Alejandro a pronunciar el divorcio. En el registro en que constan los particulares de aquella causa, se asegura que, el divorcio fue pronunciado porque Su Santidad fue sorprendido en la estancia de su hija por el esposo; yo creería esto un mal querer del yerno al historiarla, pero las crónicas nos dijeron algo peor; pues lo cierto es, que al poco tiempo, había dado el Papa a Lucrecia diversos esposos; unos príncipes, otros duques y otros marqueses, con los que pacíficamente, dividía el pan cotidiano y el amor. Los celos no existían para aquellas gentes. Esta noche se celebraban las segundas nupcias de Lucrecia con el señor de la ciudad de Pesaro, Don Juan Sforza.

Llegada Doña Elvira al Vaticano y presentada al capitán de guardia, Florentino, le bastó pronunciar el nombre de Juanucho, para que aquél en persona la acompañara hasta la antecámara del Papa, recomendando que hicieran recibirla con urgencia; Francisco quedó en el patio, que a pesar de su verbosidad, ni una palabra habló, por más que le tironearon los soldados y la horrible tardanza de su señora.

El Pontífice se encontraba en sus glorias presidiendo aquella orgía, que ya tendremos ocasión de conocer; se le acercó el maestro de ceremonias y le dijo al oído: Un importuno desea hablar con Su Santidad.

-Pues el momento no me parece el más oportuno, dijo Su Santidad.

-Esto le he dicho yo al solicitante, pero me entregó este pergamino, asegurándome que apenas lo viérais, sabríais de qué se trata. El Pontífice lo abrió y leyó: "Doña Elvira Borgia"

-Felizmente ha salido de su casa para venir a caer en nuestras manos. Luego de tantas pesquisas inútiles, por fin sabremos noticias de nuestra hermosa Valencia; y alzando la voz, dijo: Sea introducida acto seguido en nuestras habitaciones privadas; trátase de una penitente devota y no podemos negarle nuestros paternales auxilios.

En tanto que se cumplían sus órdenes se levantó de su asiento sin que se perturbase la fiesta y tras las reverencias que requería Doña Elvira.

-Sed la bienvenida -díjole Alejandro al entrar en la sala en que ésta esperaba. -Hacía tiempo que nada sabíamos de vos y por más que lo procurábamos, ninguna noticia pudimos adquirir. Creed que nada habíamos escatimado para enterarnos de vuestra salud, pero nuestras pesquisas resultaron inútiles,

-Me alegro -contestó fríamente Doña Elvira -y presumo que no serán muy agradables las nuevas que vengo a darte.

-No por nos, sino por el lugar que ocupamos; recordad, señora, que estáis hablando con la cabeza visible de la iglesia, el vicario de Cristo.

-Con mi marido, con Rodrigo Borgia hablo, con nadie más.

-Con quien queráis, pero con el Pontífice. No puedo consentir que se le falte el respeto debido a nuestra jerarquía y menos en un lugar que con nuestra presencia santificamos.

-Hable yo como hablare, nunca faltaré lo bastante al respeto debido a ese vil hombre que un tiempo fue mi marido. Y la noble española se esforzaba en hacer resaltar su condición de legítima esposa. Entonces Alejandro VI, a fuer de habilísimo diplomático, continuó tomando una actitud humilde.

-Si Cristo nuestro maestro, fue insultado, ¿por qué no he de serlo yo también, gusano rastrero?

-Déjate de imposturas, ¡canalla! -interrumpió airada Doña Elvira. -Ha pasado ya el tiempo de las falsedades y preciso es que hablemos sin engaños y cara a cara.

Por esto no se inmutó el Papa ni perdió su habitual ironía: así más sereno estaba cuanto ella más confusa y viendo que le faltaría sangre fría que a él sobraba, dijo cortando por lo sano:

-He venido no a perder el tiempo, sino proponeros un arreglo.

-Soy todo oídos para vos, hija predilecta de la Iglesia. Hablad.

-Sabéis que tengo una hija.

-La conocemos, es bella, en lo que no hace más que parecerse a su madre.

-Sabéis también quien es su padre...

-Eso es lo que ignoramos.

-¿Como? ¿Osaréis decir?...

Y púsose en pie, las manos crispadas, los ojos saltando de las órbitas, loca...

-Despachad pronto, que no estamos en España. En cuanto a los hijos no ignoráis que puede asegurarse la maternidad, pero que la paternidad... Y aquí enmudeció para que la retinencia diera más vigor a la frase.

-No importa -respondió fríamente Doña Elvira, recobrando su presencia de ánimo, convencida de que lo más conveniente era luchar con armas iguales; -vuestras ofensas sólo a mí alcanzaron; vuestra hija está ya en edad de casarse...

-¿Sabréis decirme cuál?... -replicó el Papa -porque hijas en cristo... lo son todas las nacidas de madre.

-Preciso buscarle un esposo, añadió Doña Elvira, sin desconcertarse y haciendo caso omiso de las palabras que Borgia decía como Pontífice.

-Alguien la habrá llevado a las fuentes bautismales; el sacerdote no hubiera cumplido su deber bautizándola, desconociendo los padres... Si supiéramos que había procedido así, caería en nuestra desgracia.

-Yo he venido a buscar el nombre de su padre, exclamó Doña Elvira. Y lo dijo con tal ahinco que el Papa llegó a desconcertarse,


-¡Ah! ¡Ya entendemos! Venís a pedir justicia contra algún poderoso. Por lo que a nosotros afecte la justicia no será negada. Nombrad al canalla; decid quién es, y le haremos sentir el peso de nuestra augusta cólera.

-El poderoso, el traidor, os es bien conocido a vos; podéis realizar este acto de justicia.

-¡Ah! Ya comprendemos; en pocas palabras; quisiérais que depusiera el manto pontificial y la tiara.

-No me preocupa lo que debáis hacer. A mí me interesa el honor de mi hija; si proclamado nuestro matrimonio, tenéis que dejar todos esos talabartes ¿qué me importa a mí?.

Pobre Doña Elvira; aquí se sentenció. Su amor la perdió, y el derecho de justicia que en su país se hubiera hecho, la ofuscó.

-¿Creéis que nos importa gran cosa ese documento? Sabíamos ya, que algo parecido obraba en vuestro poder, pero vamos a probaros cuanto nos importaba... Os ruego paséis unos instantes a la habitación inmediata. No temáis nada; nos importa demasiado saber el paradero de nuestra hermosa Valencia, para que nada intentemos ahora contra vos.

Doña Elvira estaba ciega de rabia y de valor y fue impelida por el Pontífice a pasar a la habitación inmediata donde se oía todo lo que se hablara en el salón de conferencias secretas, donde acudía entonces el Papa, por que había llegado la hora de éstas.

La pobre mujer, es preciso confesarlo, se desilusionó por completo y no pudo conservar el vigor de sus facultades. Ella esperaba que la presencia de un documento matrimonial debía ser bastante para inducir al Pontífice a un arreglo. No creía pedir mucho; quería solamente la legalización del nacimiento de su hija y no preveía que una tal medida implicase para Alejandro VI la caída del trono pontificio.