Párrafo V
LA CONDESA DE VALLADOLID ESPOSA DE BORGIA.

Omitiré aquí muchos pormenores del historiador propios del adorno del literato y os diré: 

La casucha donde hemos visto entrar al capitán, está ocupada desde el día anterior por Doña Elvira, Condesa de Valladolid y de Valencia, una hija arrogante, de 16 años y un viejo sirviente. Doña Elvira, hija de un noble español representante de España en el Vaticano, conoció a Rodrigo Borgia, el que le ocultó su estado eclesiástico, y arregló las cosas de modo, que un curilla de una capilla cercana los bendijera, apareciendo en la misma noche el cura destrozado su cuerpo en su propia cama y arrancadas del libro parroquial las últimas hojas; nadie pudo aclarar por entonces este misterio: tres meses más tarde, moría víctima de una enfermedad denunciante del veneno, el padre de Doña Elvira, quedando también en el secreto, pero heredando, Borgia, en su engañada compañera, una cuantiosa fortuna.

Doña Elvira se vio en cinta y quiso que su esposo hiciera pública su unión, puesto que se sentía ser madre. Con excusas la engañaba hasta que llegaran las calendas griegas; llegó el tiempo y Doña Elvira dió a luz esa preciosa niña que tan trágico fin tendría por la lascivia de su padre.

Supo Doña Elvira el engaño del clérigo Borgia, mas su antigua unión con una tal Venozza que seguía la misma suerte, de la que tenía los dos gentiles hombres que hemos visto dialogar y la famosa Lucrecia, amante de su mismo padre y hermanos. Pero Doña Elvira, mujer castellana, no se dejó arredrar por el envenenador y se apoderó de la acta de su matrimonio arrancada del libro parroquial y lo mantuvo a raya algunos años bajo la amenaza de descubrir el secreto.

En la tarde de que nos hemos ocupado en el párrafo anterior, el criado de la casa, a indicación de la niña, que se llamaba Valencia, sin duda porque la madre se horrorizaba de darle el apellido de Borgia, su padre, el sirviente, en su deseo de presenciar la humareda, obedeció a la niña, desobedeciendo órdenes de Doña Elvira, y aunque lo más oculto posible, fué a la plaza del Quirinal. La belleza, juventud y candidez de Valencia, era demasiada para que algunos ojos no se fijaran en ella y se fijaron los más malos que podían haber para ella; los dos gentiles hombres del diálogo, hijos de Borgia y Venozza y hermanos de Valencia, pero que unos y otra la ignoraban; al menos ella, porque ellos aunque lo supieran no sería obstáculo ser su hermana para corromperla y hacerla su amante como lo eran con su hermana Lucrecia, a la vez que su padre.

Efectivamente, pasó por la mente de los dos gentiles hombres la idea de poseer aquella fragante flor y los siguieron en su camino por fuera de la ciudad, elegido por el servidor de Valencia para ser menos vistos; pero uno de los hermanos Borgia que se había acercado a la muchacha, reconociendo en ella a la hija de su padre, retiráronse; pero ordenó secretamente a sus pajes seguirlas y robarla, y lo hubieran conseguido, lo que el capitán Juanucho (que así le llamaban) que tenía a los Borgias entre ceja y ceja y se le paraban en la garganta sin poderlos pasar, los seguía de cerca siempre, para frustrarles muchas de sus maldades; así es qué cuando los pajes entendieron qué punto del camino les era a propósito, les salieron al frente y trataron de robar a la cándida niña. El capitán llegó con la celeridad del rayo y blandiendo su acero, acometió sin reparar en el número de sus contrarios y dejó tendido de una estocada al que había puesto manos en la niña, poniendo en fuga a los demás; acompaño a Valencia a su casa que le ofreció para poderle recibir cuando pasaran aquellas anormalidades. Más Juanucho ignoraba toda la historia; y si le vemos llamar a una hora intempestiva, es porque habiéndose batido pocas horas antes con los servidores de los Borgias para libertar a la niña, quería advertir a la madre del peligro, porque momentos antes era proclamado pontífice el padre de aquellos libertinos, que era su maestro en libertinaje y maldades.

Oigamos ahora lo que pasa dentro de aquella casa.

Después de muchas vacilaciones, vio que era el capitán y le fué abierta la puerta; él era el único que sabía su domicilio; pero no sabía que vivieran escondidas, como también ignoraba la causa; así es que, a Doña Elvira, aquello, la tenía de mal humor porque no sabía quién era el capitán y creía que sería uno de tantos soldados aprovechadores y constituía un grave peligro; pero se engañó esta vez.

Soldado y todo, Juanucho, se vio cortado en cuanto estuvo en presencia de las dos señoras, porque veía en Valencia un símbolo de pureza y en la madre la dignidad de la madre que sabe serlo y la altivez de la castellana y condesa por añadidura; pero dijo secamente el propósito de su visita y comprendió que había hecho bien por la exclamación y estupefacción de las dos mujeres; pero Doña Elvira, reponiéndose pronto, hizo como que no le importaba, y Juanucho se vio obligado a decir: Duéleme señora haber venido en momento tan inoportuno; pero nosotros los soldados, no disponemos de mucho tiempo libre, ni en las horas de visitas.

No he de repetiros -contestó fríamente la condesa- cuán satisfecha estoy de que se halle ahora en mi casa persona a quién me obliga caballerosamente; pero no por ello debo dejar de advertiros que efectivamente, no es esta la hora más a propósito para visitas. Luego tomando una bolsa llena de oro en tanto que acompañaba al capitán hacía la puerta, dijo ofreciéndosela: No intento pagar el servicio que me prestasteis, pues pertenece al género de aquellos que con nada del mundo se paga; mas os lo doy solamente, para que no divulguéis la buena acción que habéis realizado.

-¡Señora! -contestóle altivamente el Capitán dando un paso atrás -no he venido a eso. En cuanto al secreto, debe bastaros mi palabra de honor, y ¡vive Dios! que jamás falto a ella. Si pretendéis, por medio del oro, privaros de las visitas de un inoportuno, no es menester tanto. Bástame la intención y podéis estar segura que desde hoy el capitán Juanucho, no volverá jamás a pisar los umbrales de esta casa,

Al oírle expresar de esta suerte, Valencia imaginóse en aquel soldado un héroe legendario de nobleza no confundible con la clase de soldados que en aquella época llenaban la Italia, fue un relámpago aquel pensamiento y, mitad confusa, mitad deseosa de trocar todo disgusto en armonía y amistad, quiso entrometerse en el diálogo y rogar al capitán que no recibiese como insulto lo que su madre creía recompensa al servicio prestado. Doña Elvira, empero, seguía en su rudeza e interrumpió a la hija.

-Ya sabe -dijo -qué cosa es un soldado. La posición falsa de dos mujeres perseguidas y obligadas a ocultarse vale mucho para él, más que el oro. Mas un hombre de honor como os preciáis de ser, no debe abusar de la imprudencia de una chiquilla y de un viejo chocho.

El capitán, enrojecido, enojado como si se le hubiera dirigido el mayor insulto, palideció hasta quedar su cara blanca completamente y encarándose con la dama exclamó: No; no dejaré insultarme más, señora. Si en vez de mujer hubieráis sido hombre, acero en mano os pediría cuentas de estas palabras. No; no podía esperar de vos semejante acogida. Debo advertiros, no obstante vuestra conducta, que viváis prevenidas, vuestros perseguidores son poderosos, y si un día u otro necesitáis mi auxilio, os acordáis de mí, que no será tardío mi brazo en socorreros. Y cuando ésto ocurra, vos misma me vindicaréis... Sabed, señoras, que hoy como ayer y siempre, mi espada está a vuestras órdenes.

Y dicho esto, hizo una ligera inclinación y dirigióse hacia la puerta. Iba a salir ya, cuando rompiendo el glacial silencio que siguió a las anteriores palabras, Valencia dijo: Capitán, detenéos un momento... Doña Elvira, ante la contestación del soldado, quedó estupefacta. Presumió que su poca experiencia la había engañado probablemente, haciéndole creer que todos los hombres habían nacido a imagen de Rodrigo Borgia. El honor y la generosidad de Juanucho, habíanla sorprendido. Habituada a mirar desde lo alto los marciales uniformes conque los poderosos de la época vestían a sus sicarios, había confundido al capitán con uno de tantos esbirros, quien al decir la verdad, era una verdadera rareza. En el fondo de su conciencia, conservaba Doña Elvira el sentimiento de la justicia y dolíase del daño hecho, pero su orgullo impedíala reparar el mal causado. Por su gusto, de otro modo procediera; pero a su juicio, retirar una sola de sus palabras dichas a un soldado, fuera igual a perder el decoro. Si el capitán hubiese podido penetrar en su ánimo, se hubiera dado cuenta del cambio de opinión que en la hermosa dama se operó, pero darlo a entender, equivalía para ella a la deshonra.

Valencia, sentía en parte los prejuicios de la época y de su madre; pero no tenía tantas razones para desconfiar de los hombres; además, parecíale excesiva la dureza de tratar así a un hombre a quien debía la salvación en un trance que su instinto le hacía adivinar peligrosísimo. A su edad y habiendo vivido siempre encerrada entre las cuatro paredes de su casa, no podía precisar qué cosa entendía por honor, pero su espíritu femenino, sagaz por propia naturaleza, hacíale conocer involuntariamente, la verdad.

Y observando la lucha interior que el ánimo de su madre sostenía, deseando dar a ésta, ocasión propicia para mostrar su equitativo juicio, fue cuando llamó al capitán.

-¿Ha llegado ya -dijo Juanucho entrando de nuevo en la casa -la hora de que use mi espada en servicio vuestro?

-Todavía no -contestó con más dulzura Doña Elvira -pero quizás no esté muy lejano ese día. Siento haberos juzgado tan mal, pero escasean tanto las almas verdaderamente generosas... Permitidme capitán que os presente mis excusas... Fué una equivocación.

-Basta señora, -contestó Juanucho, haciéndose cargo de la turbación de la dama. -No permitiré jamás que una dama se humille ante mí... Lo doy todo por olvidado y para daros una prueba permitidme una palabra.

-Decid.

-He sabido que los atacantes de vuestra hija son sicarios de los Borgias. Con tales enemigos, es inútil esperar salvación; no tenéis más que un remedio. La fuga. En Roma, ellos son omnipotentes, pues ya os anuncié que esta tarde fue proclamado pontífice el cardenal Rodrigo Borgia.

Palideció hasta el extremo Doña Elvira y como fuera de sí repetía... Pontífice... él... y... yo... que tengo una prueba de... Dispensad capitán, pero me he impresionado mucho y hoy no tratéis de inquirir la causa. Y se desvaneció.

Pronto recobró el sentido y dijo:

-No es nada, es un vahido... todo ha pasado. ¿Pero está seguro, capitán, de que será Papa y cómo lo habéis sabido?

-Señora. Papa lo es. Lo oí con mis oídos proclamar por el maestro de ceremonias, ante el pueblo en la plaza del Quirinal, y ésta fué la causa de apresurarme a venir a preveniros, porque sabía que los que batí poco antes, eran sicarios del proclamado Papa.

-He aquí lo que son los hombres... y pensar que yo tengo en mis manos la prueba... de... ¡Oh, por caridad, capitán, no hagáis caso de las expresiones que salgan de mis labios; estoy en estos momentos tan angustiada!

-En su caso, señora, estimaría ponerme en salvo.

-¿Y donde? ¿En Toscana? Allí están los Médicis, peores quizá. ¿En Nápoles? Allí están los aragoneses, no de mejor clase por desventura. ¿En Francia? Su rey es cristianísimo... ¿En España? Su rey menos malo, pero al fin es católico... Y con todos esos tiranos están íntimamente ligados los Borgias.

-Quizá en Venecia -indicó el capitán.

-No. No quiero huir; quiero verle humillado a mis plantas. Quiero venganza y no partiré sin haberla realizado... como lo exige mi honor castellano.

Nada de esto entendía el capitán Juanucho y decía en sus adentros: "Si lo hubiera prevenido, no entro en este lío, pero ya estoy adentro, y un soldado pundonoroso, jamás retrocede"

Y por otra parte, Valencia, seguía allí contemplándole fijamente con sus ojos, y aun cuando en aquel diálogo no había abierto la boca, daba visibles muestras del interés con que seguía y predisponía en favor de su madre el corazón del noble capitán.

La hermosa niña admiraba la lealtad y la generosidad de Juanucho. No es simplemente soldado ese capitán, decía para sí. Ese capitán es de fijo un gentil hombre y, a tan magnifico carácter, unía Juanucho una figura gallarda y eran sus movimientos y sus acciones naturalmente elegantes, de suerte, que en su imaginación juvenil, la niña no podía soñar mejor y más cumplido tipo varonil.

Después de una breve pausa, continuó el capitán:

-Sean cuales fueren vuestros proyectos, divido con vos el odio que profesáis a los Borgias, y ofreciéndoos mi brazo, no hago más que seguir mi impulso al que no acierto sustraerme. Servíos de mí como de una máquina: desde este instante os pertenezco entero.

-Acepto la oferta -contestó Doña Elvira -y desde hoy comenzaré a servirme de ella.

-Perfectamente. Apenas llegue a Palacio pediré mi licencia.

-No, Capitán. Debéis seguir allí.

-¿Cómo puedo pues -preguntó embarazosamente -servir al mismo tiempo a vos y a los Borgias?

-En el Palacio podéis informaros mejor. Por otra parte no os reconozco el derecho de hacerme observaciones acerca de lo que os diga. Acepté vuestros servicios pero no he renunciado a la prerrogativa de dirigirlos. Vos debéis continuar como si nada hubiese ocurrido, y aun más, debéis procuraros la estimación del nuevo señor.

-Os obedeceré ciegamente, más a todo evento y para que vos no receléis de mí, sabed, señora, que soy hijo del General Sanseverino.

Con esta respuesta quería el capitán dar a entender a Doña Elvira que, siendo hombre de honor y de nacimiento ilustre, no creía lícito hacer traición a quien le pagaba desde aquel día; el nuevo pontífice era su señor.

-¿Vos? -exclamó Doña Elvira, que no acertó a comprender la intención de aquella confidencia -No desmiente vuestro porte tal origen; ciertamente debo hacer justicia.

-¡Ya lo decía yo! -exclamó para sí Valencia, satisfechísima de aquel descubrimiento, que para ella era un hecho ya previsto.

El capitán mientras tanto, recapacitando mejor sobre el asunto, pactó varias razones que devolvieron la tranquilidad a su conciencia de soldado.

-Pero hijo natural, señora, añadió con humildad, faltaría a mí franqueza militar si callara esta circunstancia.

-Y ¿qué importa? ¿No están poblados de hijos naturales las primeras casas de Roma? -contestó Doña Elvira.

Y al decir esta última frase notó Juanucho que de los labios de la Condesa pugnaba por salir otra revelación, muerta también antes de escapar.

Esperemos a ver, pero con toda clase de precauciones. El capitán que empezaba a sentir la necesidad de respirar el aire fresco de la noche y de meditar acerca de las rarezas de aquella mujer, salió de la casa.

Desde una habitación inmediata a la que se sostenía el diálogo, solo pudo oír Francisco, único sirviente desde hacía años de Doña Elvira el nombre y al salir acompañando al capitán hasta la puerta le dijo muy quedo:

-Capitán, yo sé muchas cosas, pero salvadlas.

Ya en la calle el capitán se decía: "¡Algo hay! ¡Algo grave ocurre! Y yo que soy el comprometido debo tener mucha prudencia".

Apenas había abandonado la casa el capitán, Valencia que sentía una viva curiosidad, corrió a su madre y le preguntó: ¿Qué quiere decir hijo natural?.

El lector puede imaginarse la contestación embarullada de Doña Elvira, como haría cualquier madre que se encontrase en aquellas circunstancias. Tal sería la explicación que Valencia dijo que nada comprendía; pero Doña Elvira que no tenía ganas de seguir la conversación le dijo: "Son cosas que no te corresponden saber; cuando llegue la hora a propósito, ya las conocerás".

Esta frialdad de su madre decidió a Valencia a retirarse y acostarse, pero en vano trató de conciliar el sueño; el capitán; las conversaciones, el hijo natural, todo le preocupaba.

Mientras Juanucho llegaba al Vaticano se decía: "Yo sirvo a quien me paga y tengo el derecho de escoger el estipendio mejor. Entre el dinero del Papa y una niña como Valencia, es natural que prefiera la última... Así, puedo seguir en palacio y aun ser traidor del Papa, sin que esto constituya una vergüenza, puesto que Borgia es un canalla".

El razonamiento no era muy lógico; pero hay que aceptar los hombres como son y no a medida del gusto; en aquel tiempo se hubiera denominado flor de la lógica, lo que Sanseverino revelaba y aun hubieran ponderado la sagacidad y honradez que en su discurso mostraba.

Valencia, para él, era ya algo más que una niña bonita; su recuerdo, llenaba la mente del apuesto capitán. Había cambiado totalmente su carácter en aquella tarde y cuando regresó al Vaticano, sus compañeros creyéronlo loco o enamorado.

Cada uno se preguntaba, cuál era la causa de aquella súbita mudanza; y el Florentino, un capitán como él en íntimo de Juanucho, con la exquisita ironía de Boccaccio que lo caracterizaba, aseguraba definitivamente, que... el capitán Juanucho había cometido su primera majadería, se había enamorado; y Juanucho que sabía que no con deseo de zaherirle gastaban aquellas bromas sus compañeros de armas, contestaba con chistes y sonrisas.