Párrafo IV
HISTORIA INTERESANTE, UN PAPA Y PAPÁ QUE HACE RAYA. RODRIGO BORGIA O ALEJANDRO VI

Lector: ya sigo viaje para buscar a mi Dios de Amor un asiento, donde tú lo puedas adorar; y como estoy seguro de encontrar algún jalón, allá donde predicaron Juan y Jesús, tierra donde se han desarrollado los sucesos más importantes de la historia de las religiones en la antigüedad y puntos donde las ciencias y doctrinas y dogmas tuvieron su asiento por largos siglos, voy a escudriñar cuanto se me presente que pueda darme la primera luz para orientarme; porque después de mi decepción, no sé en verdad, camino, sendero, ni vericueto, que me conduzcan al logro de mi deseo. La iglesia católica, ha barrido y desfigurado, todo lo que podía dar luz a la razón, pero yo soy súbdito del gran general "No importa" y esa iglesia de los crímenes se verá castigada con mi descubrimiento del asiento del Dios Amor y no habrá conseguido esa religión nefanda, más que retardar la unidad de los hombres de la tierra en una sola familia, bajo un solo credo y, estos hombres, al saber que vivieron engañados, se volverán contra los verdugos de su conciencia; y no será mía la culpa, sino de ellos, de los ministros de ese Dios monstruo de los católicos, hermano en hechos, de todos los dioses irracionales de todas las religiones que formaron la alianza.

La historia que voy leyendo es un recorte de la "Vida de los Papas" y si tomo la de Alejandro VI (que no es ni mejor ni peor que las de los otros) es por no sé qué atracción ha despertado en mí un personaje que en ella figura, y que fue enlazado como caballo americano y colgado, en los mismos días que Don Rodrigo cae envenenado por sus polvos blancos; veo motivos muy interesantes y copio; lee tú, lector.

Antes de empezar la historia que te he prometido voy a transcribir un escrito del papa Victor III, refiriéndose a su predecesor Benedicto IX.

"Horroriza, decía, recordar, cuál fue la vida de ese papa; con sus robos, asesinatos y abominaciones, afligió al pueblo Romano; más tarde, no pudiendo los ciudadanos sufrir tanta villanía, reuniéronse y lo arrojaron de la ciudad y de la sede pontificia, adonde regresó poco después para escandalizar al orbe entero con sus crímenes".

¿Que tal lo que dice un papa de otro papa?

Al atardecer, del 11 de Agosto de 1492, la plaza del Quirinal, presentaba un aspecto desusado; de ordinario no era muy frecuentada en aquellos tiempos, de día, ciertamente, se observaba en ella alguna vida; más de todos modos, el número de transeúntes era tan limitado, que la hierba crecía en el suelo.

En el fondo de la plaza, casi en ángulo y en el espacio intermedio entre el oriente y el septentrión, elevábase un edificio antiguo, sobre las ruinas del que un siglo más tarde se construyó el palacio del Quirinal.

Un ancho trozo de terreno inculto extendíase en torno de este majestuoso edificio, como para rodear de soledad a los individuos que lo habitaban; terreno, que después se convirtió en jardín de cerca de dos leguas. Cuando se comenzó la construcción del nuevo palacio, hizo comprender en ella, además de la parte de que ahora nos ocupamos, otra parte convenientemente reservada para uso de los cónclaves cardenalicios.

Un observador atento, habría juzgado aquel edificio por una hermosa ruina de los buenos tiempos de Roma, no creyéndolo jamás construcción del siglo XV. Era una mezcla de antiguo y moderno. Sólo una pequeña parte del mismo, invisible, a quien de frente lo contemplara, podía dar una idea del oficio a que estaba destinado.

Para quien desde allí lo mirara, ofrecía el aspecto de una prisión horrible y tétrica; las puertas y ventanas, cerradas todas por gruesas barras de hierro, aumentaban el misterio de aquel edificio, mitad nuevo y mitad ruinoso.

Y no obstante, las miradas de la muchedumbre se dirigían en aquellos momentos a la ventana mayor de aquella tenebrosa fábrica. Por la atención y los murmullos que su contemplación producía, hubiera dicho por cualquiera, que de aquella ventana, a la sazón tapada, dependía la felicidad, no ya de Roma, sino del mundo entero. A estar en pleno día, se hubiera visto, que atravesando los hierros y postigos, salía de aquella ventana un tubo de los que se emplean para las estufas y caloríferos. Mas el sol apagábase ya, y aún que los ojos de la muchedumbre seguían fijos en la contemplación, nadie que no conociera las costumbres locales hubiera podido imaginar, que una cosa tan insignificante, pudiera originar tanta curiosidad y tanta impaciencia.

El abigarrado conjunto que formaban los espectadores con sus diversos trajes, llamaba la atención. Los moños altos y los vestidos de diversos antitéticos colores, constituían un conjunto a un tiempo ridículo y grandioso.

Las mujeres abundaban, y eran ellas las que con sus cuerpecitos pequeños y sus faldas, atraían las miradas de todos.

La ansiedad crecía; de pronto un grito de ¡paso! ¡paso! dado por los batidores de un grupo de dignatarios de la corte pontificia, interrumpió el general murmullo. Oíanse voces de mal contentos, imprecaciones, injurias a los cardenales, acompañados de acciones obscenas que para nada escandalizaban a las bellas espectadoras.

Los codazos dados por los pajes de la cohorte antes citada, abrieron camino entre la multitud. Cada uno de aquellos dignatarios traía en una bandeja de plata, un huevo, un pan pequeño y un cáliz de vino.

¡La cuaresma aún dura! decía algún espectador; tenedles a dieta y veréis cómo se deciden pronto.

Lástima que sólo sean veinte y tres, añadía otro, si hubiera estado acuciado todo el Sacro Colegio algunos días, hubieran permanecido tranquilas las mujeres romanas.

De todos modos, contestaba un tercero, podrán decirnos algo de los que están allí dentro. Y señalaba al palacio ruinoso. Sí; pero la clausura no está reñida con el apetito, replicaba el primero.

El diálogo amenazaba prolongarse, cuando uno del grupo imponiéndose, exclamó: ¡Guardáos que ahí vienen! A estas palabras, mitad misteriosas, todos volvieron el rostro y a poca distancia contemplaron dos gentiles hombres a caballo, en torno de quienes el pueblo parecía amotinarse, más por temor que por respeto.

Uno de ellos, el más alto, cabalgaba con más seguridad que el otro y lanzaba sobre la multitud unas miradas que ni podían ser tenidas por odio como por desprecio; en la manera de mover la mano, que casi involuntariamente se agitaba moviendo un palo, hubiérase tomado, por un espadachín famoso. En las manchas de la cara, descubríase al calavera empedernido, y en su mirada, notábase el aficionado a las mujeres; apenas podía ser contemplado, sin que seguidamente inspirara deseos de aplastarlo como a un reptil venenoso.

El otro, en cambio, aunque semejaba hermano, bien fuera por la momentánea apostura, bien por el hábito de no mostrar tan claramente sus vicios, prevenía decididamente a su favor. En sus maneras, mucho más corteses, en el mirar menos feroz y el porte de su persona, mejor parecía un prelado en candidatura, que un espadachín de profesión.

Estamos ya en el sexto día, dijo el primero de los gentiles hombres, y esos malditos aún no se han decidido; no, todavía no se ha visto la humareda, repuso el segundo; esto es buen indicio.

-¿Buen indicio? ¿Se ha empleado nunca tanto tiempo en asaltar un castillo inexpugnable como ahora para nombrar papa? ¿Y estas incertidumbres, no os revelan bien claramente las ganas de mandarlo todo a paseo?

-Podría aún darse ese caso, pero el cardenal Ascanio...

-En cuanto al cardenal Ascanio que procura salvarse él, era preciso verle con qué sonrisa melosa me escuchó cuando puse a sus ordenes los cuatro mulos cargados de oro; a la vista de tantos ducados, dijo, que el cónclave elegiría al cardenal nuestro padre...

-Esto es natural en el cardenal Ascanio, pero, y el cardenal de Venecia, ¿no me exige cincuenta mil ducados oro por su voto?

-Y el cardenal Ascanio ¿no ha pedido, además, a nuestro padre, la investidura del grado de vice-canciller, el cargo más productivo del Vaticano?

-Y aún esto es nada, César querido, comparado con los dos castillos de Monticello y de Soriano, cedidos también a cambio del voto del cardenal Orsini, y la abadía de Lubiaco, destinada a Colonna; a la ciudad de Napi, prometida al cardenal Parma; con Savello existe compromiso formal de darle Civita Castellana; y a los demás, menos a Della Rovere y a sus cuatro compañeros y dinero y promesas...

-Convenid, pues, conmigo, que lo mejor sería prender fuego a ese palacio por los cuatro costados y asarlos todos dentro del Quirinal, si no estuviera entre ellos el cardenal nuestro padre.

-Además aún quedan esperanzas.

-¿No son 18 los votos seguros?

-¡Dieciocho!

-Y los cardenales del Cónclave, ¿cuantos son?

-Veintitrés.

-¿Dos tercios de los votos?

-¡Es claro, en realidad sólo había quince, no obstante...!

-Digamos dieciocho. ¿Y estos votos no podrán determinar la elección en el primer escrutinio?

-Seguramente, pero... Pero ¿qué? El primer día no se vió la humareda y por lo tanto no debieron decidirse... ¿Y que han hecho hasta hoy?... Nada más que soliviantar a esta muchedumbre, para la que no existe lenguaje más claro que los cañonazos... ¡Mira! ¿No ves allí los pajes que regresan? Aún esta noche quieren cenar muy parcamente sus eminencias.

Entre tanto, mientras los dos gentiles hombres sostenían el diálogo apuntado, los pajes, acompañados por los dignatarios, habíanse aproximado a las puertas del palacio y habían depositado en un torno los alimentos que consigo tenían. Dió vuelta el torno y los domésticos del interior retiraron la cena destinada a los cardenales. Luego de haber realizado esta operación regresaban con el mismo ceremonial al Vaticano.

El haber visto entrar cena tan sobria, fue motivo para que gran parte de la gente se calmara.

¡Esta noche se deciden; pronto veremos la humareda!

Explicaré lo que es esta humareda. Los cardenales cuando se reunían para elegir pontífice, eran encerrados en el palacio descripto, donde cada uno tenía su propia celda sin que pudiera salir de la misma, hasta que hecho el escrutinio resultaba elegido nuevo papa. Solo recibían aire y luz de lo alto pudiendo comunicarse entre sí; pero haciendo casi imposible el ponerse de acuerdo. Por la tarde, cuando terminaba el escrutinio y ninguno de los candidatos contaba con dos tercios a lo menos de los votos, se quemaban las papeletas y el humo salía por una chimenea; aquella sobre la que ya dije antes se fijaba en aquellos históricos momentos la mirada del pueblo romano.

Mientras se veía la humareda, la elección no se había realizado, pues cuando ésta es válida se conservan las papeletas.

La mitad de la gente que estaba aglomerada en la plaza habíase desanimado y estaba ya a punto de partir como también nuestros dos gentiles hombres; cuando se oyeron frecuentes golpes de maza como para destruir la tapia interna que cerraba la ventana mayor.

Un grito de satisfacción acogió aquellos golpes; y el pueblo de Roma (que en otro tiempo tenía la facultad de elegir pontífice) aplaudía a los veintitrés cardenales que finalmente se la habían usurpado; y que se complacían en elegir únicamente a uno de ellos para vicario de Cristo. A los pocos minutos la tapia cayó y apareció el maestro de ceremonias revestido con la capa pluvial y con la cruz alzada en las manos. A su aparición sucedió un silencio sepulcral.

Vengo a anunciaros -exclamó el maestro de ceremonias- la buena nueva. Tenemos pontífice. Es papa el eminentísimo y reverendísimo Rodrigo Borgia, arzobispo de Valencia, obispo de Alba y de Porto y Vicecanciller de la Santa Iglesia. Su santidad ha tomado el nombre de Alejandro VI y desde este momento debéis ya respetarle como cabeza visible de la comunión cristiana y como dispensador de las gracias del Altísimo.

Cuando terminó, las aclamaciones resonaron llegando en poco tiempo a un paroxismo indescriptible. Mayores no hubieran sido si el anunciante hubiese comunicado al pueblo que Cristo en persona había descendido a la tierra para sentarse en el trono de los pontífices.

Los dos gentiles hombres no pudieron reprimir un impulso de alegría; aproximáronse y estrecháronse las manos y exclamaron a un tiempo: ¡La victoria es nuestra! De ellos, el que ya conoce el lector con el nombre de Cesar, díjolo con expresión tal, que sin menester más, era lo bastante para reflejar la lujuria y su ambición; el otro, en cambio, sabía disimular mejor sus pasiones.

Quedamente alejáronse de aquel paraje, tomando la calle que conduce a la plaza Navona y al Vaticano; más al dar vuelta en una esquina, hirió sus oídos una imprecación cuya enormidad enseguida comprendieron. Querían retroceder para buscar al insolente que se atrevió a decir: ¡Canallas! ¡Bandidos! ¡Hijos de...! ¡Esos son los señores de Roma! Mas quien lo dijera habíase confundido ya entre la muchedumbre.

Cuando estas palabras les hirieron las fibras más hondas del corazón, fácilmente comprenderá el lector, de qué laya era su padre, Rodrigo Borgia, o sea el nuevo pontífice. No había podido alcanzar al delincuente. Con paso rápido se encaminaron nuevamente al Vaticano, reprimiendo el despecho de no haberse podido vindicar, y alegres, en cambio, de verse convertidos en amos de Roma.

Quien lanzó el cruel apóstrofe contra los hermanos Borgia, era un joven como de unos veinticinco años, vestido totalmente de hierro, (éste es mi interesado) al paso de quien, la muchedumbre se separaba respetuosamente. Llevaba la armadura cuajada de dorados adornos y lo mismo el cinto, del que pendía larga espada.

Caminaba decidido y franco, como sí el peso de la armadura para nada le pesara. El respeto con que el pueblo cedía prestamente el paso, nacía de una consideración espontánea, por más que las armas que mostraba lo revelaban por capitán de la guardia vaticana. Como todos los soldados de su tiempo servía a quien mejor le pagaba; pues a la sazón, no estimaban deshonroso contrastar a Italia siendo Italiano, ni abandonar el servicio de un Estado para pasar al de otro, ya que la razón del estipendio lo justificaba todo.

Era, no obstante, distinto de sus compañeros de armas por algunas cualidades características de su alma, que le hacían simpático a la gente, mientras que valían también al aprecio de sus superiores. Intrépido frente al peligro, capaz de aterrar a los más valientes adversarios siempre que se tratara de una guerra legítima; aborrecía igualmente la traición y el veneno. Por razón de su cargo, en más de una ocasión había tenido que presenciar alguna de aquellas escenas dolorosas, estigma de la humanidad, pero entonces en lugar de permitir a sus soldados estrellar a un niño contra las paredes o descuartizar un pobre viejo, ordenaba inmediatamente que la brutalidad cesara.

Más de una dama érale deudora de la honra, pues la había salvado del extremo ultraje, declarándolas prisioneras suyas. Y sus compañeros maliciosos, aseguraban que con esa conducta generosa, había conquistado muchos femeninos corazones.

Era, pues, envidiado de los suyos, más ninguno le tenía odio ni se arriesgaba a ponerse en su camino. Gozaba fama de valiente y si alguien hubiera sentido ganas de disputarle una conquista, lo hubiera pensado primero... para retirarse después.

Todas las bromas que se permitían sus compañeros eran reticencias donosas o dicharachos francos propios de soldados, contestando a éstos con donaire, pues no carecía de ingenio nuestro héroe.

Por lo demás, algo loco como soldado de aquella época tan amante del juego, que en esto no se diferenciaba de los demás; y tan dispuesto para confiar el producto de su trabajo a los dados, como a destripar al enemigo de quien le pagara, como beber una botella de vino a la salud del primero que encendiera una guerra, rompiendo los ocios de aquella vida sedentaria.

Habíase encontrado en el puente de Lamentana, donde seis años antes el duque de Calabria había conseguido una espléndida victoria sin derramamiento de sangre, con él ejercito papal; y sus primeras armas no fueron muy afortunadas según decía él mismo, por no haber hecho probar a nadie el frío acero de su espada. A este propósito, solía decir, que el arte de la guerra estaba en decadencia; vencer sin herir, era juego de chiquillos, y si se proseguía de aquella suerte, no pasaría, a su juicio, mucho tiempo, sin que en vez de hombres, los generales contratarían a los escultores con la obligación de suministrar un numero de estampas en el día y lugar determinados.

Al año siguiente fue más venturoso. Prestó servicio a los venecianos; había combatido al Duque de Tirol, a las órdenes del de Camerino y después a las de Roberto Sanseverino, unos de los mejores generales de su época.

Tuvo ocasión de distinguirse en varios encuentros y aquello fue su fortuna. Porque el general, llamándolo así y averiguando sus orígenes, acabó por saber que era un hijo natural suyo y por eso lo elevó al grado de capitán, cosa que le fue facilísima, gracias a la influencia de que disponía entre los gobernantes de la serenísima República, por el dinero de que podía disponer y por las pruebas de valor que su hijo había dado en todas las ocasiones.

Pero también fue la causa de su primer desventura, porque copado con su padre y un pelotón de los suyos en una emboscada, recibió varias heridas, y auxiliado por los demás, apenas sí alcanzó a recuperar el cadáver de su padre.

A propósito de este hecho, nadie podía preguntarle sin que enseguida dejara de ver sus ojos humedecidos por una lágrima y cuando narraba sus aventuras militares en el Tirol, concluía diciendo siempre:


-¡A lo menos hubiese esperado más a distinguirme y no le habría conocido para perderle tan súbitamente y, como tantos otros, me hubiera creído hijo de algún cardenal!. 

Ultimamente, pasó al servicio del Papa, quien conociendo sus prendas y su estirpe, le había nombrado capitán de la guardia palatina. Aquella no le gustaba, pero aceptaba en tanto, a falta de otra mejor, pues a la sazón reinaba una paz completa en todas partes. La muerte de Laurencio VII y la elección de Alejandro VI, poco o nada le importaban aun cuando estaba destinado a cuidar y garantizar la vida y tranquilidad de ellos.

No podía empero, tolerar, la depravación de costumbres que el papado había originado en Roma y solía decir: "Si no se puede por menos; si nada existe válido si antes no es comprado por un puñado de oro, sean respetadas a lo menos las mujeres y los niños que quieren permanecer honestos. Si no es honroso en tiempo de guerras, durante las que los derechos de victoria todo lo justifican, peor ha de ser en tiempo de paz el atropello continuo de la familia. ¿Por qué ha de ser aquí una desgracia, nacer con una cara bonita y un cuerpo seductor?"

Más que nada, resultábale intolerable, la altivez y depravación del cardenal Rodrigo Borgia, en aquel instante elegido Papa con el nombre de Alejandro VI, y por ello, no podía ver a sus hijos; por esto, cuando podía estorbarles algún infame complot, ebrio de alegría se frotaba las manos diciendo: Por esta vez os engañásteis, pícaros. Si hablaba con alguien, no podía dejar de decirles: Estas sábanas son de la tela peor que puede ponerse en venta. Es mala raza y las aguas del Tíber no bastarían a lavarlas de asesinatos y envenenamientos.

He aquí por qué, al paso de los dos hermanos, se le escapó aquella exclamación, que se confundía con el fragor de los vítores que las turbas enviaban al cielo en acción de gracias por el nombramiento del nuevo pontífice, y reparando en ello, exclamó: ¡Ya veremos dentro de un año! Si estos locos no lloran de vergüenza o de dolor antes del Agosto del año 93, me contento con perder esta espada, regalo de mi padre.

Luego empezó a caminar; atravesó la plaza, llegando a la cumbre del monte Viminal; luego dobló a la derecha hasta Santa María la mayor, dirigiéndose luego al Esquilino.

Despacio andaba dibujándose en su meditabundo rostro una íntima alegría. Diversos pensamientos cruzaban su cerebro y ninguno de ellos melancólico, y se puede asegurar, que por nada del mundo hubiera renunciado a su paseo por aquellos solitarios barrios, esperanzado de sorprender y poner en fuga a tres o cuatro pajes de la casa Borgia, por más que desde aquel momento, el padre fuera ya su principal.

-¿Que dirá cuando me vea? Decía entre sí. ¿Y cómo me recibirá la madre... la madre de sus hijos, cuando me reconozca?... En fin, ya que por ellos arriesgo mi piel, tengo el derecho de contestarles... si algo me dicen que no me acomode... ¿Y si al verme ponen cara de mal contentos?... Peor para ellos... Un capitán, bien vale alguna cosa y no así como así se le trata... ¿Y si luego resulta peor para mí? ¡Meditemos!... Pero, ¡ea! ¡Voto va! Después de todo soy soldado y a la primera ocasión me largo en paz.

Y con este pensamiento llegó junto a una casa de miserable aspecto, a cuya puerta llamó. Abrióse la entrada e internóse nuestro hombre en ella, continuando sus raciocinios de igual suerte.