Párrafo III
EL CRIMEN DEL SACRAMENTO DE LA EUCARISTIA

El sacramento, misterio y dogma de la eucaristía, ya dije que no podía haberlo instituido Jesús, porque es irracional; es cierto que pueden culpar a Juan Evangelista que lo dice en su evangelio; pero, ¿cuándo y quién ha escrito esa quimera? Yo digo que Jesús no ha instituido esa impiedad, y si vive Jesús como hijo del hombre o como hijo de Dios en espíritu, con cuerpo o sin él, que me desmienta.

Probé que no es Dios, "que siendo Dios omnipotente, dicen, hace todo cuanto quiere". Yo digo que Dios no puede hacer absurdos, ni es antropófago para querer estar bebiendo en todos los momentos la sangre de su hijo; puede ser que así sea el Dios de los católicos que ellos han creado; pero ese Dios es un monstruo horrible y sólo puede ser Dios de lo absurdo, pero no se atreverá a llamarse Dios de las almas libres. Jesús conocía bien el verdadero Dios, que es el Dios de Amor que busco y esto sólo basta para que yo me funde en su mismo principio y sostenga que Jesús no es inventor impío de su mismo sacrificio. Repito que he estudiado a Jesús por todos sus lados y voy a salvarlo del despotismo de los que se llaman sus ministros; ministros que lo ponen en el potro y lo desprestigian con ejemplos y palabras.

Mas lo más inicuo es, que dice la iglesia que "a las palabras de la consagración, dichas por un sacerdote por indigno que sea, las substancias del pan y del vino se convierten en el cuerpo y sangre de Cristo"... ¿Eh? Hagamos un alto y respiremos; "en el cuerpo y sangre de Cristo", dice; ya dije lo que era Cristo y Manuel I no era de los que reparaban en pelillos y lo mismo le hubiera dado representar al Cristo solo, como representó al Jesús-Cristo: ellos lo querían comer y beber y, dos pedazos de madera que son el antiguo Cristo o Krisna no se pueden engullir sin que algunas astillas se hubieran clavado en la garganta de los consumidores. La sangre y carne de hombre, ya pasan; y, dicen malas lenguas, que dicen los que la han probado, que es muy sabrosa y que el que la come una vez, desea comerla siempre; de modo, que se ha acabado mi respiro; el crimen se hace en Jesús que es hombre y no en Cristo que es madera en el antiguo y piedra por el hecho y dicho de Jacob.

Volvemos, pues, a que "cualquier sacerdote por indigno que sea, al pronunciar las palabras de la consagración, convierte las substancias de pan y vino en el cuerpo y sangre de Jesús" y... entra masticado en el cuerpo de ese... ¡miserable! Aquí, ya se me escapa la pluma para pronunciarme; pero aún quiero tener más calma, porque veo una figura que corona la obra de Manuel I. Es Pío IX proclamando los dos mayores absurdos.