Párrafo VI
LA ESPAÑA PAGANA Y LA FOBIA DE LOS PAPAS

Hago este párrafo, para dedicarlo a un personaje que surge en esta triste historia, que es el epílogo de la política de Manuel I, y el prólogo de la obra complementaria que sellará otro papa, ocho siglos mas tarde. Este que me ocupa ahora es, Hildebrando, luego San Gregorio VIl. No he de recriminar al hombre; antes merece mi admiración su tesón. Recriminaré su obra y el papa que obra como ejecutor de la aspiración fundada por Manuel I, en el famoso "después de esto, yo me sé lo que me haré". En Hildebrando ha encontrado la iglesia católica la personificación de su teocracia; preparó, de antemano, al ser elegido papa, los caminos que le habían de conducir al fin que se proponía, que era la dominación universal, quitando a reyes y emperadores su poder, para someterlos a la más baja condición; quitaría los derechos feudales a obispos y señores; arrebataría los derechos de elección al pueblo y sellaría su obra, oponiéndose a la naturaleza en lo más grande de su obra: la procreación, consagrando el celibato.

Los reyes eran para este hombre, lo que los soldaditos de plomo para los niños; y los emperadores, lo que un siervo negro para un feudal; el pueblo todo, su buey de trabajo sin derecho de ninguna especie; y el clero, el mismo clero, fue sacado del derecho común de los hombres; tenían que ser célibes y siéndolo, no son seres racionales; no pertenecen ya a la madre naturaleza; no siéndolo, faltarían a su juramento y se verían obligados a ser parricidas del fruto de su propio ser. Parece, que el propósito de Hildebrando, era poner en ridículo las leyes de la naturaleza y corregir la obra de Dios.

Su astucia e ironía, raya en los límites de lo maravilloso; recién acababa España de restablecer su nacionalidad, después de largos siglos de luchas. Esta nación, pagana por su apóstol Santiago y no católica ni romana por ningún pacto, descansaba un momento de su azarosa vida; Hildebrando les endilga a los condes de esta nación la siguiente carta: "No ignoráis, les dice, que desde los tiempos mas remotos, el reino de España (1) es propiedad de San Pedro y que pertenece todavía a la Santa Sede y a nadie más, aunque esté en manos de los paganos; porque lo que una vez ha entrado en la propiedad de la iglesia, nunca deja de pertenecerle". La astucia tiene aquí su grado superlativo; la ignorancia de aquellos hombres en las cuestiones internacionales debido a los largos siglos de lucha contra los invasores del suelo Español, que no les habían dejado lugar a ilustrarse en varias generaciones, era aprovechada por la insaciable política de dominio de Hildebrando, que era el fin que se había propuesto el Papa de las alianzas: y a pesar de ser una hipótesis, (de que nadie tenía conocimiento en España de tal pertenencia), como el tributo no les era pedido, se callaron: pero para el Papa, el silencio es otorgamiento. Que no era católica España en ese tiempo, lo confirma el mismo escrito, pues dice: "Aunque esté en manos de los paganos". (2)

A la Francia católica, pero cuyo rey tenía el derecho de investidura a los obispos, le conviene quitarle aquella prerrogativa; y como el rey no le hace caso, amenaza así: "si el rey no renuncia al crimen de simonía, los franceses heridos por el anatema, rehusarán obedecerle por más tiempo".

La excomunión, arma mil veces más terrible en aquellos siglos de ignorancia y fanatismo que todo el veneno que suministraron los Borgias, era temida hasta por el temperamento mas fuerte; no tanto porque el anatemizado no encontrara asilo ni aún su cuerpo sepultura, sino por que excomunión han dado esos representantes divinos, que alcanzó a tres generaciones; y el amor de un padre hacia sus hijos (que no quiere verlos desgraciados), hacía, que los hombres ahogaran su protesta en su pecho, y los papas, desnaturalizados por el celibato, sabían este flaco del hombre y estaban seguros por la ignorancia impuesta durante siglos y aprovechaban estas circunstancias; y por si había algún rebelde que los desenmascarase, crearon el santo oficio, que fue para el mundo católico, lo que la castración para un animal de buena sangre.

Al rey de Hungría le dice: "Como sabréis por vuestros antecesores, vuestro reino, es propiedad de la Santa Sede, desde que el rey Esteban devolvió todos los derechos y todo su poder de su iglesia a San Pedro; sin embargo, hemos sabido que habéis recibido ese reino como feudo del emperador de Alemania. Si es así, debéis saber cómo podréis recobrar nuestro afecto y el favor de San Pedro. No podréis tener lo uno ni lo otro ni siquiera ser rey, sin incurrir en la indignación pontificia, a menos que os retractéis de vuestro error y declaréis poseer vuestro feudo, no de la dignidad real, sino de la dignidad apostólica". De este tenor escribe a todos los reyes de la tierra, a unos para quitarles el reino, a otros para dárselo.

Pero todo esto no obedece más que a un plan trazado que sería el golpe decisivo, enemistando a unos contra otros; dando bendiciones e indulgencias a los más criminales, los uniría y llevaría las armas bendecidas por él contra aquellos que no quisieran someterse y ser ciegos. No es posible aquí enumerar todos los hechos de este pontífice, superior a la maldad misma, porque sólo hago cimientos y autos a las conclusiones a que me veré forzado a arribar con gran sentimiento mío; pero no he de dejar de mencionar el hecho culminante de la obra de este papa, que es el destronamiento de Enrique IV de Alemania; este hecho lo dice todo y es el más inaudito que registre la historia.

Este emperador, (contra quien iban los tiros del Papa Gregorio VIl), es acusado de simonía y de crímenes, porque se opone abiertamente, a aceptar el celibato para el clero de Alemania, por ser inmoral y antinatural. El Papa lo excomulga: manda a sus legados y despojan de derechos a los obispos que no quieren acatar el celibato, porque era caprichosa tal imposición y porque estos tenían sus mujeres y sus hijos y no podían sacrificarlos ante unos cánones mil veces impuros y desnaturalizados. Enrique IV no pudo prestar atención toda la que merecía el asunto, porque estaba empeñado en una guerra con los sajones enemigos del imperio y eran sus acusadores gratuitos, favorecidos por Gregorio.

Enrique, se río primero de la excomunión; pero por segunda vez fue excomulgado y se le dieron vuelta muchos obispos y otros servidores, por el terror que les daba la excomunión, aprovechando la iglesia este momento, para levantar otra vez a los Sajones, con su ayuda y derrotó a Enrique, encerrándose este en Worms, para reorganizarse. Se había señalado un concilio donde debía acudir Gregorio, para celebrar un juicio y oír a Enrique; pero aún están esperándolo. Sabía Gregorio que no podría justificar sus excomuniones y sus derechos: El concilio depuso al Papa, pero el Papa no decayó y redobló sus amenazas.

Enrique, quiere a su pueblo, y para cesar en la lucha y que los pueblos pudieran gozar alguna paz; y porque entendía, que aunque el Papa, jefe del cristianismo tuviera por arma la excomunión para castigo de los rebeldes, tenía el principio cristiano la reconciliación, admitida a quien confesaba sus faltas arrodillándose ante su representante y, en bien del pueblo que regía sus destinos, optó por llegar a Gregorio, imponiéndose esta humillación y, el padre espiritual que no debería importarle de lo material, se daría por satisfecho. Enrique se engañó; ni este Papa ni los antes que él ni los habidos hasta ahora, ni los que haya: (Y bendigamos a Dios que serán pocos), ni han creído en lo que representaron, ni han empuñado el cetro pontifical más que por la concupiscencia y para exterminar a la razón y aún a la humanidad.

El Papa Gregorio, vivía más en el castillo de la princesa Matilde que en parte alguna, (quizás para mejor guardar el celibato) y allí llegó Enrique; se vistió de penitente, se despojó de sus insignias y entró en el segundo recinto de los tres, que tenía la fortaleza y, allí esperó tres días con los pies descalzos sobre la nieve. Al cuarto, a instancias de la princesa Matilde, fue recibido por Gregorio; le levantó las excomuniones y se hicieron mutuas promesas y el juramento por parte del Papa, de que quedaría en el secreto aquel acto; más al salir Enrique del castillo, encuentra a su séquito furioso, que le llena de improperios por su bajeza y se ve solo y en las ciudades lombardas no lo quisieron recibir. Gregorio coronó su obra indigna haciendo públicas las confesiones de Enrique antes de salir de su entrevista; esto sólo bastaría para crear mil infiernos (ya que no hay ninguno) para castigo, sólo del hombre inicuo y bajo: y sin embargo, fue llevado a los altares, con lo que se ha hecho la iglesia, solidaria de sus hechos, aunque otro papa lo descanonizó. Tal será la obra de Gregorio.

Enrique, comprendió su error; quiso tomar la ofensiva, pero ya era tarde y fue sustituido en el trono por Rodolfo su hijo, y éste, se apresuró a acatar la imposición de Gregorio. Aun Enrique quiso revalidarse, pero en vano; se había deshonrado humillándose ante el Papa: por esto, con la insidia y la felonía que él sólo podía tener, escribe a Rodolfo, con un doble sentido, en el que le reconoce el título de rey, pero atado al carro de la iglesia; y para obligarle más y como no dándose por aludido en nada que atañese al destronamiento de Enrique, le dice estas palabras: "Aquel de los reyes que reciba con respeto el juicio que el Espíritu Santo dictara por nuestra boca, ese obtendrá nuestro apoyo y nuestra obediencia".

Enrique no quiere acceder ni abdicar, y anciano y achacoso por los sufrimientos, se retira al castillo de lngelheim donde se le presentan los arzobispos de Worms, Colonia y Maguncia, que le hablan como señores de autoridad sobre él y le quieren obligar a abdicar; les pregunta el anciano: ¿Porqué soy así tratado? Y le contestan: "Porque has desgarrado durante muchos años el seno de la iglesia de Dios; porque has vendido los obispados, las abadías y dignidades eclesiásticas; porque has violado las leyes sobre la elección de los obispos; por estos motivos han decidido el soberano pontífice y los príncipes del imperio echarte del trono y de la comunión de los fieles".

El anciano contestó: "Pero vosotros que me acusáis, vosotros arzobispos de Maguncia y de Worms, que me condenáis por haber vendido las dignidades eclesiásticas, decidme: ¿Cuanto os pedí por vuestras iglesias?... Y si nada os pedí, como no podéis menos de confesar, si he cumplido mis deberes con vosotros, ¿por qué me acusáis de un crimen que no he cometido? ¿Por qué os juntáis a los que han hecho traición a su fe y a sus juramentos? Tened paciencia unos días; esperad el término natural de mi vida, cuya proximidad anuncian mi edad y mis padecimientos".

Casi se enternecían por estos lamentos; pero el arzobispo de Maguncia, gritó enfurecido: ¿Porqué vacilamos? ¿No nos cumple a nosotros consagrar a los reyes? Si el que hemos investido con la púrpura es indigno, despojadle de ella. Los tres se arrojaron sobre el anciano y le arrancaron la corona y el manto, los ornamentos y las insignias reales y se los llevaron a Rodolfo, su hijo, borrego atado de pies y manos por Gregorio, que se dejó investir con ellos.

Enrique, escapado a las furias de aquellas tres fieras, abandonado de sus servidores y amigos, es extranjero en el seno de sus ciudades; y como objeto de horror y de espanto, todos se apartaban de él con terror supersticioso; había levantado un templo a la... Virgen... en Spira y se fué allí a refugiarse y pidió favor, con humildad, al obispo; pero el anatema lo perseguía; no se le admitió ni aún se le dio agua y fue echado a empujones a la calle, rodando por la escalinata donde quedó tendido y pocos días después expiraba de tristeza y rabia,

El anatema le seguía después de muerto; fue sepultado en Lieja por el clero, pero el Papa Pascual, lo mandó desenterrar y lo tuvieron insepulto varios años en una celda de la Catedral de Lieja. No puedo comentar yo aquí, Que comente el lector. Sólo puedo hacer una pregunta. ¿Será ésta la obra que llevó a Gregorio VII a los altares? Si es así, todos los que han sido papas deben tener el culto que se le rinde a San Gregorio.

(1) ¿Podría ignorar que esa península estaba dividida en el primitivo y viejo reino de Navarra, con las Vascongadas y la hoy Aragón Valencia y otros, como Castilla, y principados como Cataluña y aun la unidad española no era?... Eso no importa al audaz.

(2) P. Lanfrein: "Historia política de los Papas".