Párrafo II
TOMA FORMA LA IGLESIA CATOLICA

Ya no existen los apóstoles; pero dejaron sembrada la semilla del maestro y el precursor y discípulos licenciados (que ya vamos a conocer con el nombre de sacerdotes) que no tardarán en llamarse obispos y llenarse de privilegios, quebrantando el ejemplo de humildad de Jesús; pero a pesar de eso, eran celosos por las doctrinas de que eran depositarios y hubo hombres célebres y tristemente célebres por sus discordias, y como no había un código definitivo y la mayor parte de las doctrinas seguían por tradición y cada uno las entendía como le convenía, pasó el segundo siglo, entre discusiones estériles y cada obispo era el primero; pero por fin reconocieron autoridad en el de Roma, pero muy relativa, puesto que cada uno definía a su entender, las tradiciones y lo poco que se había escrito; pero quizás el siglo segundo es el más limpio y que mejor se practicaba la doctrina de Jesús y el mundo respiraba un algo de armonía y aspiraba a la posesión de la libertad, porque aquellos primeros cristianos, en su sencillez, se amaban y auxiliaban, porque habían sido enseñados en el amor por los discípulos de Jesús y primeros sucesores de estos: claro está que luchaban, porque así como quiera no se le impone al tirano que comparta y considere a todos sus semejantes como a sí mismo; pero en esas luchas no había odio de parte de los cristianos que oraban y trabajaban y adoraban a Dios y allí estaba el asiento del Dios de Amor. Roma aun conservaba su imperio y de la mayor parte del mundo era el Cesar el Emperador, por cuya causa, en lo civil, militar y administrativo, había que acudir a aquel centro; esto prestaba algún motivo para que los obispos de todas partes prestasen algún respeto mayor al de Roma, que tenía que representarlos muchas veces ante los emperadores, en los tribunales y en todo lo que se refería a sus litigios, permisos y concesiones, y porque allí quedaban a la custodia del obispo de Roma, los cuerpos de Pedro y de Pablo, fundador de la religión cristiana.

A principios del siglo tercero, ya había tomado la religión cristiana, un tinte indescifrable de religión y política, quizás, porque la tradición iba corrompiendo el sano y humilde principio; y bajo el obispo, elevado a pontífice con el nombre de Manuel Primero (hombre astuto y político mañoso) convocó a los obispos que se habían creado para la administración de las cosas de la religión y les expuso con claridad el estado de la religión que decaía por falta de base, porque, los príncipes, no se avenían con la humildad de la religión que se les había predicado y los magnates se rebelaban, porque sus súbditos pretendían ciertos derechos de libertad e igualdad; había algo más y más serio que lo anterior y es que, este Papa se había encontrado con un número fabuloso de evangelios; tantos eran, que entre muchos autores que comentan el caso, eclesiásticos y no eclesiásticos, oscila entre 44 y 52 y todos se contradecían. Este Papa, Manuel Primero, en el año 13 del siglo tercero, convocó y reunió pues, a todos los prelados y les dijo: "Si no defendemos y trabajamos para dar vida a la religión que representamos, somos holgazanes y su fin ya lo tocamos; conviene, pues, unificar ideas con las demás religiones que tanto tienen de verdadero y falso como la cristiana y adquirir el beneplácito de ellas para hacer una religión e iglesia universal, prometiendo darles el código que al efecto se producirá y cada uno conservará su independencia; después de esto, yo sé lo que me haré para llevarme la supremacía".

Acordado y autorizado Manuel I para tratar con las otras religiones, acudieron a su llamado los jefes de las más importantes y firmaron una alianza por la que autorizaban a la cristiana, a tomar de sus doctrinas, todo lo que fuera conveniente. Desde este momento, la iglesia católica, entra en un estado político y declárase abiertamente de derecho divino y se impone a las religiones que le han suministrado sus materiales; hace dogmas, crea artículos de fe, ofrece dignidades a los príncipes, consagra sacramentos, levanta templos a la materia y ... echa el Dios de Amor del asiento que Jesús preparó en la sencillez y humildad de sus doctrinas.