Párrafo VIII
LA LEY DE MOISES Y EL PUEBLO DE ISRAEL

Volvamos al Sinaí; allí se ha dado la Ley escrita que perdura en nuestros días; yo he hecho la verdadera historia de la aparición de la Ley. Pero hay una leyenda que da la iglesia... ¿Romana? ¿Católica? ¿Cristiana?... Pues, señor, este es otro galimatías. ¡Tantos nombres!... y aun, Apostólica...

¡Ay mi Dios de Amor! ¿Dónde iré a parar? Pero, calma razón mía, calma, estudia. Digo, que dice esa leyenda: "Moisés recibió el decálogo escrito por Dios entre relámpagos y truenos y fuego de una zarza que se quemaba"... Yo, ya le he dicho al mundo la verdad. Juzgue con su razón. Pero en cualquier forma, la ley, Moisés la dio escrita y es la más hermosa de cuantas leyes pudieran dictarse, pues manda: "Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a tí mismo"; y, la diera Dios escrita o grabada; la dictara de palabra, o Moisés la escribiera por inspiración, es ley que nadie puede rechazar en sus dos partes divina y humana; la parte divina es justísima al pretender que se ame sobre todas los cosas al autor de ellas; y la parte humana, nos lleva al amor fraternal universal, porque todos universalmente somos hermanos, como hijos del mismo creador.

Aquí está la Ley de Dios, llegada desde el centro de la luz a un grupo de hombres que lucharon por su amor y por su libertad: pero esos hombres, los hemos visto prevaricar al primer momento. ¿Cuál es la causa? ¿La materia que está pegada como una lapa a lo material? ¿El espíritu que no ama a Dios sobre todas las cosas?... Pero dejemos que la ley sea conocida y entendida y sigamos a este pueblo un momento, puesto que oímos el nombre de "Jehová" que significa, en su idioma, Padre.

Anunciada la ley, el pueblo adoró a Dios; pero era necesario esparcirla entre todos los pueblos siguiendo !as disposiciones del testamento de Abraham y conforme a las cláusulas aumentadas en él, por Jacob, para lo que era necesario un plan. Los ancianos, reunidos, escribieron ese plan y sus leyes, pero no las acepta Moisés, ni las firma, porque son contrarias al espíritu de la ley dada por él, con las que el pueblo es conducido por esas leyes que proclamaban la guerra contra todos los pueblos que no aceptaran sus leyes; no la ley dada por Moisés, porque ésta va impresa en el espíritu de todo hombre y aun de todas las cosas; la implantación de estas leyes que hacían derivar de ley de Dios, necesitaba jueces y reyes y sacerdotes y, todo esto ya es contrario a la divina ley: aquella es enteramente espiritual y del alma: las proclamadas para implantarla eran enteramente políticas y tiranas, por lo cual nacieron pronto las discusiones, aun dentro de los mismos que habían presenciado la tempestad y a Moisés en medio de ella.

Al pueblo, no se le puede oprimir; la ley de amor, lo prohíbe; el espíritu, es enteramente libre y, ni aun Dios su creador le corta el libre albedrío que al crearlo le dio; su conciencia solo lo hará cumplir sus deberes, lo que no conseguirá la opresión.

Por esta opresión, se renovaron las castas y las supremacías y por el odio entre hermanos, un pueblo libertado por su propio esfuerzo, cae en una nueva esclavitud más bárbara que la que sufriera en Egipto; pero allí estaba la ley dada en el Sinaí, aunque monopolizada por sacerdotes que la encerraron en un arca y la llevaban como bandera a las luchas entre hermanos. De modo, que vemos, que la ley de Amor, es convertida en bandera de guerra y por la fuerza, impuesta; y a los que no querían aceptar esa religión (ya política y de furor) se les tildaba llamándolos "paganos" y tenían que contribuir con más cargas que los creyentes, al sostenimiento del boato establecido, y aun así, eran tratados como perros.

Estas desigualdades, fueron causa de continuadas escisiones y de cruentas luchas entre los reyezuelos que se ponían al frente de unos cientos de hombres que se acuchillaban por amor de Dios y, los unos eran condenados al fuego eterno y los otros, preferidos, a la gloria eterna, después de haber disfrutado de la gloria de la vida material; por estas luchas, ningún pueblo, o tribu, tenía estabilidad en ninguna parte, hasta que los más fuertes se fueron apoderando de los derechos de todos y pudieron hacer un pequeño pueblo en Judea.

Aparecieron algunos hombres adelantados a los que llamaron Profetas y, unos lloraban por la maldad del pueblo; otros lo arremetían y publicaban sus escándalos y les amenazaban en nombre del Dios ofendido y hasta los hubo que anunciaron la destrucción de Babilonia y Jerusalén. Otros, más sabios, hablaron que vendría el Mesías de Abraham y Jacob y quizás estas prédicas tuvieron un buen resultado porque un tanto se apaciguó aquel pueblo y tuvieron algunos siglos sino de entera calma, de relativo bienestar: pero no fué de parte de los magnates y sacerdotes, sino del pueblo que creyó en la espera del Mesías anunciado por los profetas.

Este tiempo, fué bien aprovechado por los sacerdotes y reyes para dar esplendor y brillo a sus cultos, con lo que eclipsaban los ojos del pueblo que llegó a fanatizarse. Tuvo, sin embargo, algunas libertades más el pueblo y le era dado discutir en el templo algunos principios y oír las discusiones de los sacerdotes; el pueblo, en el fondo, adoraba al verdadero Dios; pero los sacerdotes, comerciaban con esta adoración y fe del ignorante pueblo.

Ha habido reyes sabios, a su modo, que han llenado de gloria (al decir de los libros santos a los que remito a mis lectores y que juzguen con su razón en ellos). Hay en ellos mucho serio, pero hay más fantasía y ridiculez, e historias que son cuentos y cuentos que quieren hacer pasar por historia; pero todo libro es respetable si se estudia racionalmente, y la biblia, tiene, indudablemente, mucho que estudiar, como los libros de la vedanta.

Pero me horroriza, que en treinta y seis siglos que señala la biblia donde está el decálogo de Moisés que encierra el principio del bien y que es todo amor, solo veo odios y no encuentro en ninguna página de sus hechos ni una remota idea de honrar al Dios de Amor en verdad, ni al prójimo, como a semejantes, ya que no como a hermanos, que es lo que manda aquella ley; ni aun el sabio Salomón, ni el santo... rey David, que en sus interminables cantos y lloriqueos, no saben más que pedir destrucciones de sus enemigos y castigos para sus súbditos y armar ejércitos devastadores, mientras ellos se entretienen entre trescientas mujeres, para que les aplaquen la ira y enjugarles las lágrimas; y si los reyes son con sus gobiernos el retrato de sus pueblos, ya tienen mis lectores el retrato hecho de aquellos pueblos, que tenían en su arca la ley de Dios; en un arca hecha de madera; mas no en el arca de su corazón.

Así corrió la ley de Dios, 17 siglos, sin ser puesta en práctica, cuando un pueblo "feroz y bárbaro" (según los sacerdotes de aquella religión judía) se apoderó de los dominios de aquellos reyes de mujeres, y los ató a su carro y, Roma, que ya estaba en decadencia también después de haber heredado su progreso de la Grecia y ésta del Oriente debido a las emigraciones de la raza adámica, antes de su esclavitud. Pero en este tiempo, cuando Roma dominaba en la Judea y señala el final de la mal llamada religión mosaica, hay dos hombres singulares que predican la misma doctrina y no es la que practica el pueblo judío; ya, Israel no existía, porque había perdido la fe que le daba el nombre; y a tal llegó, que la figura del "Cristo" de Jacob o sea la cruz con que se señalaban las puertas de las casas de los Israelitas, la había convertido en instrumento afrentoso: en cadalso, donde perecían los hombres delincuentes; los disconformes de la inmoralidad, como Jesús. Con esta religión, ya no está el Dios de amor: lo han echado los sacerdotes con su prevaricación; pero está aun la ley de amor en su posesión, encerrada es verdad en el arca de madera; pero el arca de los corazones cerrada a la ley. Algo dicen esos dos hombres singuIares que predican; uno, dice que es precursor del otro: vamos a seguirlos; tal vez me señalen un nuevo derrotero; un camino más asequible que hasta aquí; pero hagamos capítulo aparte, dando por muerta, para mi fin, la religión "Mosaica”, "Israelita" o "Judía", aunque tendré que ocuparme algo de ella, porque estos dos personajes, a ella pertenecen; es decir, al pueblo que tiene la Ley, encerrada en un arca.