Párrafo V
TRAGEDIA ENTRE MOISES Y EL PUEBLO

Moisés era un hombre sabio, fuerte y virtuoso y lleno del amor de su Dios que lo nombra "Jehová y Helli". Es versado profundamente en el secreto de Abraham, que no era otro que la reconcentración en sí mismo, para que el alma se emancipe y llegue a través de los espacios al centro donde reside la luz, fuego, krisna, agnis o cirus, donde están las almas de Dios y allí, el alma humana, tomar los consejos y enseñanzas que aquellas le suministran. Con la ilustración que el alma recibe en esas concentraciones, obra cosas nuevas, que por no comprenderlas las almas que no tienen fuerza para concentrarse y llegar hasta aquel centro, las llaman sobrenaturales y prodigios, y hoy, milagros. Yo no soy un hombre religioso, ni me alimento de ninguna creencia que mi razón no me dicte. No admito lo sobrenatural, prodigios, ni milagros y, Moisés, veo que era demasiado hombre y no pudo aceptar éstos y no los aceptó; pero como él, comprendo que es necesario que haya una sociedad de hombres, donde resida el principio de la adoración del único "Dios de Amor" y éste busco, racionalmente.

Una vez Moisés en la tienda de su suegro, le expuso la necesidad de una ley escrita que recopilase toda la doctrina del fuego, del cirus, del krisna, del agnis (y aclarar lo del cristo de Jacob) que toda era una (1) pero que los ritos, hacían parecer diferentes y cambiar por cada nuevo acontecimiento, porque todos esos nombres eran ideas impersonales, y causa por la que, con frecuencia, se rompía la unidad.

El viejo le dijo, "tú eres el caudillo libertador del pueblo de Dios que aun en la esclavitud ha sabido esperar y salvar la ley de Adán y el testamento de Abraham, de lsaac y de Jacob, oremos y el Dios de Israel dará su ley".

Esta noche, Moisés, en un sueño profético vio la tempestad, contando los días en que tardaría a desarrollarse y, en medio de aquella tempestad, Dios le dictaría la ley que él escribiría. Bajó al pie del Sinaí, reunió a los ancianos y les comunicó su sueño y recomendó la oración, la penitencia y la esperanza y se volvió al monte.

Pasaron los días y más días y el pueblo se subleva por su inacción y fabricó un ídolo con el oro que habían traído de Egipto obligando a ser sacerdote a un hermano de Moisés; pero éste le mandó un aviso a su hermano por uno de los ancianos, exponiéndole el peligro; y el anciano volvió diciéndole al pueblo que esperara en su Dios, señalándoles el día de la tempestad. El pueblo esperó y ya el sol declinaba del día de la tempestad y ni una nube que empañase el azul del cielo había que denunciase la tempestad y, el pueblo se creyó engañado y se disponía a adorar el becerro de oro, cuando, un anciano, vio una ligera nubecilla que en el mar se anunciaba y que fué engrosando rápidamente; esta nube, levantándose, empieza a despedir relámpagos y truenos y el pueblo clama a Moisés. Moisés sale de la tienda para dar vista a su pueblo y es visto por éste, en una punta saliente de las rocas en medio de los relámpagos, que hacían destacarse la figura del caudillo con los brazos levantados, y, de pronto, le ven caer en tierra como herido. Moisés no había sido herido; su materia, no podía contener el fuego de su alma y cayó sobre la tierra el cuerpo y, su alma fue, al centro de la luz, donde vio escrito en forma de dos tablas, 8 artículos, no diez; tres se dedicaban al Dios y cinco a sus criaturas.

Ya amanecía y el viejo, que siguió los mismos pasos que el espíritu de Moisés había seguido, salió de su tienda y fué a buscar a Moisés, que aún yacía dormido; despertólo y recordó su visión que no se explicaba; pero a las primeras palabras del viejo, dijo Moisés: "Callad padre mío; ya, todo lo he comprendido"; pero el pueblo necesitaba una cosa que palpara con sus manos y viera con sus ojos, pues dado su carácter, se llamaría a engaño; y el viejo le dijo: "Escribamos esa escritura sobre dos tablas de mármol y entrégaselas a tu pueblo en nombre del Dios de Israel"; así lo hizo, pero haciendo de los ocho artículos, diez, para refrenar aun más el libertinaje y la concupiscencia carnal de aquel pueblo.

En esta confección tardó Moisés tres días y bajó a su pueblo que había adorado ya al becerro de oro, después de la tempestad, porque Moisés no les había dado la ley que les anunciara que recibiría en la tempestad; la cólera de Moisés fue grande al ver a su pueblo idólatra; y al hablarle, de su boca y sus ojos salían como llamas de fuego, que hizo que los idólatras rompieran el becerro de oro y aceptaran Ia ley.

Esta es la verdadera historia del decálogo, donde se encierra la única ley del único Dios; ella es todo amor; en ella no hay castigos; es pues digna de mi Dios de Amor; pero voy a aclarar lo de las llamas de los ojos y la boca y Ia cabeza de Moisés, porque es importante para la razón.

El cuerpo humano, está constituido de todas las esencias de la materia; y si la ciencia química fuera más perfecta y las ciencias materiales más perfectas, la química haría un análisis aún más perfecto del que ha podido suministrar del cuerpo humano; pero es necesario, que las ciencias, no sean tan exclusivamente materiales, sino que dé la parte correspondiente a lo que en el hombre no es rudimentalmente materia y también a lo inmaterial, y entonces, del análisis de lo más perfecto de la materia (que hoy no se explica, pero que se explicará mañana) quedará el germen de comprensibilidad de lo inmaterial y sabrá, que esta parte inmaterial, alma, pensamiento o espíritu, es luz procedente del centro donde procedemos; y que cuando el espíritu se ha sobrepuesto a la materia por su fuerza y por razón de jerarquía, impera su voluntad inteligente y hácese ver en la forma que le es dado por su naturaleza, que es luz, y cuanto su perfección es más quintaesencial, tanto más puede manifestarse a la vista material, e impresionar a la humanidad favoreciendo su plan.

Esto es un efecto de una causa primordial; pero no puede ser comprendido sino por hombres cuya desmaterialización les deja libertad a su conciencia para ahondar más allá de la materia; porque la conciencia, en esas condiciones comprende que, "sin causa no puede haber efecto", y el efecto de la luz, debe provenir de la misma luz. Mas algún paso se da en estos conocimientos y ya, alguien ha explicado las causas de atracción y repulsión entre los hombres, hasta por medios materiales; pero un sabio físico-químico, ha podido comprobar que "a todo hombre acompaña una aureola que cambia de color según sus pensamientos, dichos y desgracias" y estas explicaciones, anulan por completo lo irracional de lo sobrenatural, prodigios y milagros. Es por esto, que Moisés, por la superioridad de su espíritu y amor ardiente a la causa de Dios, del que su pueblo había de ser depositario, hizo visible la fuerza y luz de su espíritu y lo mismo encontramos hechos históricos de muchos hombres, antes y después de Moisés.


(1) El cristo no tenía doctrina; era la palabra de peligro a las doctrinas del Krisna.