CAPITULO SEXTO
LAS RELIGIONES: SU FIN

Hemos estudiado de una ojeada, la naturaleza terrestre y sus pobladores; hemos visto a sus habitantes racionales ascender como por escala, desde la similitud de los irracionales, hasta el ser consciente de hoy; lo hemos visto llorar y postrarse ante una rústica imagen que le recordaba, por su voluntad, a su antecesor y adorar al Sol, los astros y ponerles nombres, y por fin, llegar con su pensamiento a regiones desconocidas, donde sólo parece poder llegar esta facultad y allí tomar fuerzas en sus luchas y hacerse fuerte y grande: de lo que se deduce que, el alma tiene necesidad de esas expansiones y que su centro no está en la tierra en que habita encerrada en un cuerpo material; y se deduce también que, el alma cuando recobra su libertad y la luz que tenía amortiguada por equivocaciones en su camino, se eleva por su facultad omnímoda espiritual (1) ya sea, atraída por voces que ella sola puede oír, ya sea empujada por una fuerza oculta a que obedece y en todos los casos es obedeciendo a una ley o mandato, también ocultos, o que no hemos descubierto.

Ahora bien. Racionalmente pensando y estudiando, de esta ley, mandato, o voces, salió indudablemente, la adoración y la plegaria que unida a los ofrecimientos y demostraciones externas, se constituyó la religión primera y con un fin; de ésta y por las distintas personalidades, o deidades, resultaron otras tantas religiones, que eran representadas por diferentes ceremonias y ritos y todas con sus boatos, sacrificios y extravagancias, tenían el mismo fin; la adoración y la expansión; la adoración del algo que su alma sentía y que llamamos Dios; y la expansión de esa alma, que tenía, tiene y tendrá deber o necesidad de rendir culto a ese algo superior que presiente más allá de la materia de su cuerpo y aun más allá de la tierra que lo sostiene: pero todos los entendimientos no adelantan a la vez igual y por eso vemos que unos adoran a la imagen de un hombre que entre ellos se destacó en algo sobre los demás; los otros al sol, otros a las estrellas y aun otros a la mujer en su desnudez: todos, sin embargo, en su principio, adoraban la misma cosa y buscaban la misma expansión; todos con sus ritos y sus ceremonias grotescas, rendían culto al más allá de ellos: a Dios.

De estas varias tendencias en la adoración de diferentes objetos, resultaron como era lógico, tantos Dioses como tendencias, y los que solo tenían como instinto el placer, hacían un Dios, rodeado de todos los caprichos y vicios; los que su instinto era la guerra y la pelea, inventaban otro Dios con todos los atributos de la destrucción; otros cifraban toda su felicidad en la posesión de bienes, e idearon su Dios y para adorarlo, imponían la contribución de sus mejores productos y no reparaban en los medios, aun a costa de la destrucción y aniquilamiento de las otras tendencias; otros, en fin, comprendían que Ia fuerza era un mejor Dios y a su idea lo fabricaron y con la fuerza bruta se impusieron y por ella quisieron dominar a los demás y sembraron el terror, el desconcierto, y llevaron el miedo y el pavor a todos los demás. Es de este modo que se ha dado a los hombres un Dios imposible de admitir racionalmente.

A pesar de todo lo anterior, en esas mismas religiones, habían almas que tenían rasgos sublimes; y aunque en contados casos, tenían compasión de los caídos, de los vencidos y se les daba lo necesario para vivir y se les defendía de la turbamulta que acostumbraba a cometer toda clase de excesos con su presa, lo que llegó a ser un principio de respeto y después ley, que aun conserva mejorada en todas las naciones. Esto, da idea clara de que, a pesar de las diferentes creencias y de la guerra declarada por todas y cada una de las religiones, hay en los individuos de todas ellas, un algo que no es ferocidad y que puede más ese algo, que su instinto; y hay también otro algo, que los lleva por camino diferente del que su fanatismo religioso les señala.

Ahora bien; ese algo que el hombre tiene en sí por el cual protege a su enemigo vencido, se llamará lástima, conmiseración, hidalguía, a como se quiera; yo lo llamo Amor. El otro algo, que lo conduce por camino diferente del que le señala su fanatismo religioso, y que desde el momento que lo conduce por camino diferente y vemos que va por el camino del bien y de la justicia ese algo no es de la religión, porque el fanatismo no puede conducir a nadie sino por el camino de la intransigencia, de la injusticia, y por tanto del mal. Este algo, es la lucidez de su alma, la libertad de un pensamiento que lo antepone al mandato estrecho de su religión. Estos hombres, que sienten en sí ese algo, son el freno de los desmanes religiosos y defensores del principio sano de la religión, porque todas las religiones tienen en su principio, como hemos visto, un fin moral, cifrado en Ia expansión del alma y Ia adoración del Dios que presiente. Ese es el Dios racional que mi alma admite; ese es el Dios que yo busco y que pretendo encontrarlo: y como veo que todas las religiones lo invocan y todas dicen que lo tienen y sus tendencias y prácticas son diferentes, para no engañarme, no pertenezco a ninguna, hasta que racionalmente las estudie y vea si efectivamente en alguna tiene su asiento. Voy, pues, a escudriñar con toda la frialdad posible, en los fundamentos de cada una de los religiones.

Voy, pues, a estudiar sus doctrinas, sus prácticas, sus cultos, sus obras y ver si lo encuentro representado en amor y verdad en ellas, sin fijarme en los hombres; pues entonces, desde ahora podría renunciar a este trabajo, por que es seguro que no encontraría ninguno perfecto; pero puédese encontrar la perfección en el conjunto de las doctrinas y de los hombres que las siguen. Sigamos pues.

24 de Junio de 1909

8 de Septiembre de 1909


(1) Otra vez suena esa voz en mí; pero aun debo estudiar mucho en las cosas que tenemos en la devanadera de estos capítulos y no quiero subyugarme aun a esos abstractos. Si no son abstractos, ellos se impondrán en mi balanza y los analizaré.