CAPITULO QUINTO
EL HOMBRE: SUS FUERZAS OCULTAS

PARRAFO I
EL HOMBRE EXPERIMENTA

Ya hemos visto al hombre obrar con voluntad propia, puesto que acude donde quiera, pero regido por la conveniencia y en beneficio propio y común. Hemos visto, cómo copia en sí mismo todo lo que observa; los colores de las flores, el canto de las aves, el mugir de las fieras y hasta el fenómeno del rayo descargado por la tempestad. Lo vemos llorar ante el cadáver de su compañero y hacer su imagen, bien que sea muy toscamente y cree sentirse aliviado en sus aflicciones pidiéndole consejo y favor ante aquella tosca figura que en la mente, el actor le recuerda; le hemos visto en su progreso de anteponer otra figura, porque otro compañero se había distinguido o favorecido más y no teme el enojo del pospuesto, porque ante los hechos que tiene a la vista, hace justicia. Pero llega el momento de una confusión de partidarios de unos u otros ídolos y se deshace aquella tribu, para dividirse en tantas como partidos. Advertimos luego, cómo los mancebos de ambos sexos de las diferentes tribus se unen por una atracción que voy a denominar afinidad y las tribus no se oponen a tal enlace y, el mancebo por no disgustar a su compañera y ésta por agradar a él, ocultan sus idolatrías y las olvidan adorando al Sol como al Dios de todos los seres, porque todos disfrutaban de sus benéficos efluvios y todos, (unos después de otros) le rindieron culto. Pero el sol se marchaba y los dejaba tantas horas como las que les acompañaba, y aquellos hombres, creyendo que los puntos luminosos que veían en Ia bóveda azulada eran hijos del foco grande, los tomaron por sus protectores en la noche, denominándolos con nombres que nosotros no hemos cambiado, o porque ellos se les pusieron bien, o porque a nuestras ciencias no les importa, o porque debemos guardar ese respeto a nuestros lejanos predecesores. Cualquiera que sea la causa, es el caso, que a la que Venus llamaron, la llamamos Venus nosotros; y si ellos nos dijeron poco de esa estrella, poco más o nada más sabemos de ella; pero le rinden un culto también, sin temor al enojo del Sol su padre; como a ésta, a otros astros, adoran y ofrecen a unos, sus armas; a otros, sus mujeres; a otros sus hijos y a otros sus haciendas. Todo esto le enseña y todo lo hace más inteligente y va estudiando y sintiendo y desarrolla facultades que no se las conocía.

Ve que al herir el sol con sus rayos en una roca, hay partículas que brillan y examina y encuentra que aquello es de más valor, por su peso, color y sonido y los separa, ya por golpes, ya por el fuego y lo recoge; ya encontró los minerales.

Ve que uno de los suyos, comió una fruta que le enfermó y murió retorciéndose de dolores y señala el árbol y lo enseña a los suyos para que no coman de aquel fruto mortífero y ya conoce el veneno; pero observa que ciertos animales comen de aquel mismo fruto y corren en busca de otra planta que también comen y al momento devuelve lo uno y lo otro y no muere y, el hombre ya tiene el contraveneno: así, de comprobación en comprobación, se educa en conocimientos que enseña a los suyos. La naturaleza sigue siendo su maestra.

Observa, que la sombra de un árbol, Ia suya y la de los otros, gira con la marcha del sol; y que a las horas que todos los días pide su estómago alimentos, marcan la misma largura y dirección y él los marca para regirse por ellas y así regulariza los funciones de su organismo y encontró el reloj; con lo que, cada vez desarrollaba su inteligencia más, siéndole cada vez más fácil las conquistas y Ias comprobaciones: cada nuevo descubrimiento, le animaba a saber más y encontraba satisfacción porque con ello se hacía muy superior a los que a él le habían enseñado a vestirse y no ocultaba nada a los suyos, que mañana adelantarían más ayudados por aquella experiencia. ¿Qué animaba a aquel ser a esas investigaciones? ¿Qué perseguía, si aún el comercio y la industria no se explotaban por innecesarios? Es que el hombre encontraba satisfacción en conocer lo que le rodeaba y aunque solo conocía el efecto de las cosas y no las causas, dentro de el oía la voz aunque fuese la de su orgullo que le animaba a seguir haciéndose sabio; mas yo creo que esta voz era la de la naturaleza que obraba para despertar la conciencia.

Mas las cosas materiales no podían hablar a su conciencia de la marcha del sol y su hermosura; de los astros, ni aun del valor de unas partículas de tierra que vio brillar a la luz del sol, ni del veneno y contraveneno; su conciencia era una cosa que él no había visto ni palpado. ¿Qué sería lo que a su conciencia hablaba? Aquella voz secreta que lo llamaba y lo llevaba a la investigación y al discernimiento ¿sería la voz de su antecesor a quien él llamaba en el secreto recuerdo de su alma, allá en la tumba donde lo ocultaba de la rapiña de las fieras? Sea la que quiera para todos; ya para mí, la razón me dice que, a la conciencia solo pueden hablarle otras conciencias y al pensamiento otros pensamientos. Pero de esto surge una gran cuestión de vida o muerte para unas u otras tendencias; para unas u otras religiones; para unas u otras filosofías. Encararé con calma Ia cuestión y veré de resolver con mi razón dentro de la mayor frialdad y desinterés y a mi juicio, no resistirá la entidad que resulte condenada.