CAPITULO CUARTO
EL HOMBRE Y SUS FACULTADES

PARRAFO I
EL HOMBRE ENCIENDE EL FUEGO

En los capítulos precedentes, hemos estudiado algunos puntos de la naturaleza, acordes con la razón y el hombre en su rusticidad primera, muy someramente, hasta llegar al estado actual en que pudo llamarse hombre, por su grado de perfección material y refinamiento de sus gustos.

Pasa ahora por mi vista, como una película, los miles de años que estuvo en la caverna y errante en los bosques, hasta que formó la primer pareja, o coyunda, que le dió el primer indicio de sociedad; y comparando lo que hoy cuesta dominar a la zoología con todos nuestros adelantos, llego racionalmente a comprender que, sólo una ley que así lo ordenara podía sacar triunfalmente al hombre primitivo de las luchas que sostuviera con los irracionales, hasta lograr hacerse dueño de la tierra y su contenido.

Vimos, que la sociedad formada, le permitió descansar, pero que eso lo copió de sus adversarios los irracionales; mas éstos se entienden en su lenguaje y, permítaseme decir, que la zoología nos adelanta muchísimo en su idioma porque es universal, y en todos los países se entienden desde que se les transporta y en ninguna parte son extranjeros y no necesitan de intérpretes y por lo tanto, no podemos dudar que también llegaremos los hombres a entendernos y no ser extranjeros en ninguna parte. Dejadme encontrar al Dios padre en su asiento y que os diga dónde lo podemos adorar y será el primer paso; entre tanto, admiremos cómo el hombre primitivo, que copió de los irracionales Ia necesidad de la sociedad, se ve obligado a entenderse con su compañero; las señas, los silbidos, las gesticulaciones, precedieron a la palabra; la palabra la inventaron de las diferentes guturaciones en la imitación de las diferentes familias animales y, muchos siglos, millares de siglos tardaron en formar idiomas; pero se entendían y se comunicaban sus impresiones y, sus pareceres; y de esta comunicación, nació la voluntad de obrar con método y, ya tenemos hombre de voluntad que obra según la necesidad. De aquí ya, aquel ser racional, de voluntad propia, unido al instinto de conservación y de superioridad, vino el discernimiento, por los mil y mil yerros cometidos en sus ensayos del método del trabajo con voluntad; porque aunque tenían voluntad propia, metódica, aquellos hombres barbudos, les sucedía como a los niños no escarmentados; les chocaba cualquier objeto, color o movimiento; pero cuando los desengaños llegaban a su razón, no olvidaban lo inútil de su trabajo y empezaron a discernir lo útil de lo inútil y cada vez fueron menos presa de espanto y procuraban lo menos costoso y lo más útil y no perdían por este procedimiento todo el trabajo hecho y, hasta llegó a sacar bien del mal.

Una cosa no lo curó del espanto al hombre en más tiempo que otras muchas, la tempestad; ésta lo horrorizaba y lo hacía correr despavorido, olvidándolo todo; pero ésta, la tempestad, guardaba el gran secreto del fuego; y cuando ocurrió que un rayo incendiara el campo, el hombre huyó como siempre; pero luego, desde lejos, ve una mancha negra y le atrae la curiosidad y aunque con recelo y temblando, pisa aquellas cenizas que el fuego dejara, entre Ias cuales encuentra animales abrasados que toma en sus manos y desgarra con mucha suavidad que cuando él las cazaba y las devoraba con sus dientes; esta vez, come aquella carne que encuentra tierna y sabrosa; pero él es impotente de poder producir aquel elemento, aunque conserva retratado en su cerebro y su retina el color del terrible relámpago; mas la naturaleza no puede guardar secreto al hombre y se lo enseñará.

Van de caza, como de costumbre, para procurarse el alimento; uno de ellos tira su piedra tras la res perseguida; la piedra choca contra otra y se produce una chispa; ¡Qué gritería grandiosa se produce! Han visto el color del rayo que incendió el campo y, olvidando la caza, con la misma piedra y sobre la misma que ésta chocó, uno tras otros y golpe tras golpe que todos producen luz, logran encender el musgo seco y, el fuego es hecho por el hombre.

¡Feliz día para la humanidad! Mas observan que sus enemigos irracionales huyen de aquel fuego y sólo uno se acerca y se familiariza, el perro, ese fiel compañero, que desde entonces es su vigía más alerta y, ya poseía el hombre, expresión, voluntad, discernimiento, luz, fuego, sanos alimentos y guardián. Ya, a partir del día del fuego, todas las cosas fueron fáciles, porque el hombre era poderoso, entró en la conquista de todo, hasta llegar hoy a colocarnos como las aves, en los aires.

¿Puede ser todo esto casualidad? No; porque las casualidades no existen si no hay una causa que las produzca y entonces, no son casualidades, sino "efectos naturales, de causas naturales". ¿Cuál era la causa? De los efectos materiales, la materia; pero de los intelectuales, el raciocinio; mas el raciocinio ¿es causa o efecto? El raciocinio es efecto. ¿De qué causa? Del pensamiento. Y ¿el pensamiento qué es? Una facultad. ¿Y esta facultad de dónde proviene? ... Sigamos.