PÁRRAFO IV

Hemos visto, cómo al salir el hombre a la faz de la tierra y encontrarse con seres semejantes, dió como resultado, la amistad, la ayuda mútua y la vida de familia y sociedad, dando el primer paso en lo que hoy llamamos amor de familia. Aquí deberíamos saber el momento prodigioso de la aparición del hombre sobre el planeta tierra y el punto donde apareció; pero, repito, que no es de esta obra ni aquí trato de inquirirlo. Sólo estudio en este examen, lo que a la razón salta y que todos pueden admitir sin creerse más ni menos, los ignorantes y los sabios y será bastante labor el raciocinar en las consecuencias del natural de las cosas, para encontrar a la verdadera causa; el Dios que busco.

Partamos de aquéllos, que se encontraron y se prestaron mutua ayuda y veremos cómo después de la salida de la caverna sombría a la corteza de la tierra, arrancaron piedras que amontonaron para guarecerse a su abrigo y aposentar allí a las hembras, con sus hijos, imitando el ejemplo que le daban sus convecinos los irracionales, pero con la idea de predominio; pues, en tanto que sus émulos, seguían, siguen y seguirán ahondando en la tierra sus madrigueras, ellos se colocaban sobre la corteza, donde veían que la luz les bañaba y les ayudaba a verse y contemplarse mejor y cada vez daba un paso adelante; pero cada paso les señalaba una nueva necesidad que era necesario satisfacer y más, cuando ésta era ocasionada por la hembra que endulzaba sus luchas, o por el hijo, en el cual veía su imagen retratada en la niña de sus ojos. ¿Qué delirio no movería en su obtusa inteligencia, cuando por primera vez observare este fenómeno de la reflexión de su imagen?... Quizás cometió un crimen y arrancó aquellos ojos, en busca de la imagen reflejada. Quizás y sin quizás, (pues es racional creerlo) que encontró el secreto de la pesca con que luego se regalaba zambulléndose en las aguas, en cuyo fondo se veía retratado y trató de bajar persiguiendo aquella imagen que desaparecía cuanto más al fondo se acercaba y pudo así observar la vida de seres que ignoraba y hasta tomar el primer pescado.

Todas estas cosas naturales, le incitaban y no se daba descanso hasta que se desengañaba de su ilusión; pero esto quedaba ya grabado en su cerebro y ponía en práctica con todas las facultades que podemos suponer, siempre que una nueva necesidad se lo pedía; pero ya tenía quien le ayudaba; el amor de la compañera; la sonrisa del niño y la amistad del compañero de luchas su vecino; y por lo tanto, las dificultades de obrar eran menores, pero los necesidades más y los medios de vida naturales menos, porque se habían circunscrito a su morada; a su morada hecha con sus manos, donde encerraba su alegría de familia, su amor; y antes de abandonar aquella morada de felicidad, era necesario acudir a todos los medios. El hombre vió nacer de los despojos que tiraba de las frutas, otros árboles que dieron el mismo fruto; de las ramas que clavó en la tierra para formar el abrigo, vió brotar otros arbustos y ya tenía un gran secreto de reproducción y entonces, allí donde consumía una planta, creaba otra, para siempre tener cerca la satisfacción de sus necesidades, y esta satisfacción, unida al amor de la compañera y a la sonrisa del niño, le fueron desarrollando su inteligencia, que de día en día se agrandó y cada día arrancaba un secreto a la naturaleza; en la hermosura de las frutas, descubrió regalos para la comida y exprimió el jugo que bebió; y en la belleza de las flores encontró alegría, distracción y variedad para sus vestidos y hasta las copió en la piedra y el barro, dando principio al arte y la industria; en el canto de las aves que él quiso imitar, descubrió la música; en el sol, ideó la luz; en el relámpago, el fuego que llegó a encender; y desde este momento, ya vivía vida ideal, vida de creador; y como atrás veía, (relativamente cerca), la obscuridad de la caverna, la frialdad de la soledad, lo penoso y horrible de su ascensión, se preguntó a sí mismo: ¿Quién me sacó de aquella vida animal? ¿Quién me ha inspirado estas comodidades? ¿De quién he aprendido a amar a la hembra tanto tiempo perseguida como bestia de caza? ¿Quién me induce a razonar, a sacar consecuencias de mis actos, o no dejar las cosas de la naturaleza en la rusticidad de su belleza natural?

...Y siguió el hombre pensando, no satisfecho aún, por que a cada paso encontraba mayores conocimientos. Pero conocía lo mayor; conocía, que el amor le había proporcionado horas dulces y alegría el fruto de su amor, que primero solo fué egoista y bestial y ahora había sido transformado en amor que aunque solo fuera carnal por el goce, le proporcionaba progreso y era motivo de asociación; pero como de este amor carnal, nacían seres que se le asemejaban, que de infantes le sonreían y de adultos le ayudaban y le ofrecían otros niños y de él no había habido otra obra que la satisfacción de una necesidad que un día sintiera su ser, el hombre, que ya tenía la facultad de pensar, pensó en lo que veía y buscaba Ia causa de lo que no era capaz de hacer. Al efecto, cuando veía caer inerte a uno de los seres de su tribu que le habían ayudado, trataba de rehacerlos con figuras o imágenes de barro, como su idea le daba a entender, y creía, con aquello, tenerlos presentes y les pedía como de vivos, su ayuda y recobraba ciertas fuerzas a su vista, para seguir el trabajo y aún la investigación. ¿Qué pretendía el hombre? ¿Porqué suplicaba al muerto? ¿Conseguía algo? Y si conseguía. ¿Qué causa había? ¿Qué quería demostrar al muerto con la súplica?. . . Y por fin, ¿quién le inducía a todo esto? ¿Un algo? ¿Oía su voz? ¿Dónde la oía? Ya lo sabremos.

Todo esto parece misterioso. Pero yo no admito misterios en la naturaleza, por que los misterios son antinaturales; la naturaleza, hija del Dios que yo busco, no puede tener misterios, porque ese Dios no sería tal Dios; y ese Dios sin misterios existe, porque mi alma lo presiente; y si mi alma lo presiente y lo adora, lo conoce y tiene relación con él; veámoslo.

Es lo cierto, que de aquellos simples chispazos de amor, de ciencia, de progreso, todo lo rústico que se quiera y aún salvaje que podamos imaginar, dadas las cualidades de los hombres que hemos retratado en los primeros párrafos de este capítulo, hemos llegado a un refinamiento tal de belleza en la estructura humana, que al ver, el valor, magnanimidad y hermosura de los tipos hoy, los Dioses de poco tiempo atrás que lo tocamos aún casi con las manos (30 siglos) son menos que enanos, comparados con lo que presenciamos en este siglo que llaman veinte, falsamente; pero yo, para no errar en fechas, lo llamo siglo de la verdad; y si lo que digo de los hombres lo aplico a las mujeres... ¿Dónde quedarán las mujeres de los Dioses y sus hijas, al lado de nuestras mujeres, que han arrebatado para sí, la belleza y fragancia de las flores, la esbeltez de las palmeras y el vuelo de las aves, pues casi no tocan el suelo al andar y, todo el fuego del sol acumulado en sus ojos y la pasión de todas las madres para cada una?

Pues aún no está creado el bello ideal; aún, dentro de esa bella envoltura, anidan las grandes miserias humanas, vestigios del tiempo primitivo en que el amor solo era carnal.

Cuando esta belleza de hoy, (que resultará mañana un sarcasmo a la belleza verdad) irá unida al tesoro del amor, del verdadero amor desinteresado con todos sus atributos, entonces, la naturaleza terrestre se gozará en su trabajo por que habrá conseguido el principio de su principio; el bello ideal; el conocimiento de la idea del Dios que busco. Sigamos.