PÁRRAFO II
EL HOMBRE DE SANGRE HELADA

Hemos estudiado un momento a uno de los seres racionales de la naturaleza terrestre, que nos supone, por su índole, a uno de los primitivos moradores; vamos a examinar por otro momento a otro hombre completamente opuesto étnicamente y nos trasladamos a los polos; allí vemos al esquimal (así los llamamos) entre los témpanos de hielo, con escaso sol, ruin vegetación y falto de acción. Es un ser inofensivo e indefenso; no lucha más que con la obscuridad. Internémonos en la región polar y veremos algo, que algo nos diga: una enorme montaña de hielo, se ha desgajado del inmenso bloque que pocas horas baña el sol y, bogando en ella, vemos seres que luchan por la existencia, y en esa situación, viven y se reproducen, años tras años; allí no hay vegetación ni más luz casi, que la suministrada por las relucientes estrellas y por la reflexión de la luz de la tierra sobre la masa helada; escaso es el calor que reciben, pero es suficiente, para que al fin, esa isla flotante de cristal, se derrita y se confunda en la masa líquida. ¿Y sus moradores? se preguntará ¿Qué hacen al hundirse esa isla en las aguas, y entre tanto de qué viven? No carecen de lo necesario: en esa masa de hielo, viven y se multiplican, animales que sirven de alimento al... hombre helado, que la naturaleza ha colocado allí, y aún le regala, pues, a medida que se va deshelando, aparecen conservados, restos de otros seres, que quizás muchos siglos antes sepultados en sus entrañas y por una ley bien conocida y hoy altamente explotada, han permanecido incorruptos; y aquellos seres, que hoy en la superficie habitan y bogan errantes, los aprovechan para su alimento y regalo, además de los otros seres que aclimatados a aquella temperatura conviven con el hombre.

Este ser racional, en ese estado casi inconsciente de su ser, lucha por su conservación y le mantiene una esperanza, porque ve que, aunque a largos plazos, aparece el sol y aún trata en lo posible de salirle al encuentro y muchos han arriesgado su vida, cuando después de largos años de navegación, sin rumbo (para su obtuso conocimiento), han llegado a divisar una masa más opaca, que aún no sabe que se llama tierra; se lanza a las aguas y nadando y descansando de bloque en bloque, quiere ganar aquella costa; muchos perecen, pero muchos llegan y a ellos les debemos estos relatos. ¿Quién infundió en su primitiva inteligencia aquella idea de ganar aquella isla negra? ¿Qué pretende con aquella atrevida emigración?... Sigamos.