INTRODUCCIÓN

En este tiempo progresista, en el que con el afán natural del lucro se investiga y se le arrancan las entrañas a la madre tierra; en este tiempo de ciencias matemáticas por las cuales medimos las fuerzas, en otro tiempo imposible; en este tiempo positivista, en que en todo queremos ver ganancias palpables y por tanto materiales, parece haber caído en desuso buscar la mayor de las satisfacciones; la que da la mayor ganancia que no se puede medir ni calcular; pero esto tiene una explicación muy lógica, como veremos en el curso de esta obra. Pocos, muy pocos y aún ninguno, se ocupa de buscar la causa primera de las cosas; Dios. El verdadero Dios, del modo que debe querer ese Dios que se le busque; con altura de miras y desnuda nuestra conciencia de prejuicios y rutinas; porque, aunque hay muchos que escriben cosas de Dios (dicen) son ellas tan irracionales y faltas de sentido común, que si Dios es persona (como alguna religión nos asegura), no puede menos de irritarse y castigar a los que queriendo alabarle lo insultan, y si tiene dónde, no puede menos de esconderse, para no avergonzarse de verse tan traidora y bajamente tratado.

Nos ha sido presentado siempre un Dios, todo enojado, vengativo y tirano; y, un Dios así no puede ser más que odiado, y así es.

Yo voy a buscar al "Dios de Amor", en contraposición al Dios Irracional que retratan en sí mismos, los que nos lo han impuesto.

Mas no se asusten los que podrían dar motivo a la irritación y vergüenza que antes dije de ese Dios; porque ellos, quizás, sin darse cuenta cumplen con un deber, aunque ese deber es triste y lamentable porque hacen como una fuente que cumple su deber llenando la vasija que se puso bajo un caño, que si cuando se llenó no se retira, la fuente, inconsciente, seguirá derramando su líquido que será para daño, por el escándalo de los perjuicios de las cosas anegadas, y aún mayor, porque todo aquello perdido, ha privado a otros de sus beneficios.

Así, ellos, han vertido en Ia gran vasija del mundo, todas las frases, epítetos y comparaciones que han creído conveniente a mostrar al Dios del odio, con perjuicio del Dios de Amor; y como los unos lo han hecho obedeciendo a un credo y los otros rebatiendo el credo, han hecho un batiburrillo, que han dejado chica a la famosa confusión de Babilonia; por cuya causa, son muy contados los hombres que tienen Ia verdadera idea de Dios.

No voy yo a rebatir a nadie, hasta ver dónde encuentro al Dios que busco; y confieso, que no me domina ningún credo ni tal o cual tendencia, ni quiero buscar a mi Dios, más que por mi razón; y así, voy a estudiar en mi conciencia y en la conciencia de las cosas, siguiendo un camino progresivo ascendiente, hasta agotar el último recurso.

Yo voy a buscar, sin prejuicios, al verdadero Dios; es decir, la idea de Dios; pero el Dios racional, del Dios creador, del Dios padre universal; y, en aquello que la encuentre, lo señalaré y aquello será mi artículo de fé. Hasta entonces, no tengo ningún credo ni admito ningún dogma.

Por lo tanto, donde yo señale mi "Dios de Amor", allí podrán adorarle los hombres todos, sin prejuicios, por que sin prejuicios lo busco y, tengo fé en que lo encontraré como mi razón lo entiende y entonces estudiaré e invitaré a estudiar su esencia, sus deberes y los deberes nuestros y veremos si estamos al presente en el verdadero camino del conocimiento de la idea de Dios y quién y bajo qué formas y con qué cultos se le adora y qué debemos esperar de él y qué espera él de nosotros sus hijos y con qué medios contamos y cuál es nuestro fin.

Llegado a este punto, entraré en materia. Voy a estudiar en la conciencia de las cosas que me puedan conducir o un resultado innegable y, ruego al Dios que con afán busco, me dé la luz y la calma necesarias; pues ante el fárrago de ideas, cultos, figuras, fanatismos, escepticismos, afirmaciones teológicas y negaciones filosóficas que nos envuelven, la afirmación sería, que no existe Dios, porqué serían tantos Dioses como ideas y necesariamente se anulan unos a otros. Más yo lo presiento completamente diferente a todos esos tantos y debo buscarlo y, debo encontrarlo, o mi razón es toda una psicastenia.