CAPITULO IV
LAS LEYES DEL UNIVERSO O DIVINAS

47 D.- ¿Cuántas son las leyes del universo o divinas?

M.- Sólo hay una ley divina, y ésta es la de amor; pero esta da nacimiento a muchas otras leyes secundarias, y sobre todo a las fatales de afinidad y justicia, que son, para bien entenderlas, el administrador y cajero contador del gran propietario de la ley de amor, Eloí, cuya propiedad es todo el universo.

48 D.- ¿Cuál es la función de la ley de amor?

M.- El régimen único de todo el universo, por el que hace imperar la armonía desde el mayor de los mundos al más pequeño y desde el mayor maestro hasta el menor de los espíritus, sin excluir ni aun a los malversadores y detractores de la ley; pues si de su tutela excluyera al ser más malo y rebelde que haya habido, dejaría de ser ley de amor y no existiría ni el universo, ni su creador; por esto es que es mayor quien más ama, y por esto también no podemos llegar jamás a igualar al autor de la ley de amor, ni entre todos los seres del universo, porque él ama por igual absolutamente desde el mayor maestro al más rebelde de los espíritus; y sólo así es el amor puro.

49 D.- La ley de afinidad, ¿qué funciones opera?

M.- Como la ley de amor impera, la de afinidad gobierna y administra; y es su función eterna reunir todos los elementos necesarios y en cada punto, para que se produzca un hecho en la creación; sin ella nada sucede ni nada se crea, y es ley fatal que doblega, quieran o no, a todos los seres, porque les pondrá un millón, cien mil millones de veces y eternamente si fuera necesario, los hechos a realizar por un ser, y no otro lo realizará; y mientras no sea realizado aquel hecho, se verá la falta en el mundo donde hay esa acefalía, porque falta en el catálogo de la creación, lo que origina un desequilibrio que sólo por un juicio universal se sentencia. En suma, la ley de afinidad es el administrador y lleva como ejecutor la ley de justicia, que sin forzar obliga a tener voluntad por la influencia del amor.

50 D.- ¿La ley de justicia deja de cumplirse por la acefalía de un ser?

M.- No. La ley se cumple siempre. Lo que hay es que la acefalía de un individuo origina el desequilibrio en la familia de un mundo; pero la ley de justicia lleva su registro y, en cuanto tiene mayoría de cumplidores, llama a juicio de liquidación y hace la justa separación, para poner armonía entre los cumplidores y los acéfalos. Entonces la de afinidad prepara los objetos que deben producir los hechos que por culpa de los malversadores no están en el catálogo de la creación: si resulta que aquellos hechos no están conformes al progreso de aquel mundo, entonces tales acéfalos son llevados a cumplirlos en un mundo que esté en igual grado, porque no pueden desarmonizar unos hechos de otros, en todo el universo. Esto no es castigo, puesto que se les da punto adecuado a sus tendencias, y sí (como se ve) es amor, en su más alto grado.

51 D.- ¿En que funciones las leyes de afinidad y justicia tienen mayor trabajo en los mundos?

M.- En la procreación y la compensación: dos leyes fatalísimas e ineludibles de todo ser, pero, a causa de las pasiones y del libre albedrío de los hombres, que por la pasión lo convierten en libertinaje, hay siempre reclamaciones a la ley de afinidad y justicia, de los que deben reencarnar y de los damnificados en los bienes materiales; porque así como es de necesidad la reencarnación y sólo puede efectuarse por la procreación, también en el disfrute de lo material todos, en el tiempo, tienen que consumir el mismo caudal; mientras no se ha cumplido esto, hay reclamaciones de los damnificados, y por esto las leyes de afinidad y justicia tienen en estos dos puntos su mayor ocupación en los mundos, hasta que llegan al juicio final y se establece la comuna, por la que se quitan todas las causas del desequilibrio y todos los individuos disfrutan en equidad del trabajo y del usufructo, no teniendo peligro de injusticia, porque en todos está grabado ya el amor desinteresado.

52 D.- Las leyes humanas, ¿cuándo son equitativas?

M.- Siempre que no establecen diferencias para ningún habitante del mundo, en lo material, moral y espiritual; porque entonces necesariamente la justicia resplandece en todo y el amor reina sin imponerlo, porque está en fruición de los seres.

53 D.- Pero si no hay dos grados de progreso iguales, ¿cómo puede establecerse una ley única y que sea justa?

M.- El amor todo lo iguala, y en la conciencia de los seres está la equidad de la justicia. La ley no pide dos al que solo uno sólo puede dar; y tampoco puede tomar dos el que sólo uno necesita en su progreso, aunque quiera tomarlos, porque el equilibrio establecido por la mayoría no deja lugar ni al despilfarro ni a la escasez: todo está libre y señalado en su uso; la ley que está en la conciencia de los comunistas, ni pide más que lo que puede uno dar en franca y bien entendida libertad, ni la justicia (que también esta latente en las conciencias) les permite a los individuos usurpar, ni despilfarrar, que es no dar lo que uno puede: uno, diez o cien, o consumir lo que no necesitan, cosa que no puede suceder, porque en la comuna no hay nada superfluo ni inconveniente, y todos tienen la ley del trabajo por norma y el amor por ley.

54 D.- ¿De modo que el espíritu no puede eludir las leyes divinas eternamente?

M.- En el tiempo todas las cumple, fatalmente; y cuanto más tarda (por indolencia, acefalía o malicia), más sufrimientos se agrega voluntariamente; pero es deudor a la comunidad del retraso que ocasiona y del sufrimiento que da a los conscientes cumplidores.

55 D.- Resumiendo, maestro: ¿Cuál es el fin de las leyes divinas?

M.- Trazar y conservar la armonía ascendente en toda la creación; por lo que, la misma ley está en el mundo embrionario y en el mayor en progreso. Pero donde se acentúan en toda su fuerza y rigor las leyes en los mundos de expiación, por que es donde el espíritu debe descubrir su trinidad y su procedencia y liquidar sus cuentas, para entrar en el concierto de los mundos ya redimidos, y tiene que conocerse a sí mismo en verdad de verdad, sin velos ni nieblas, en sus tres entidades del cuerpo, alma y espíritu, dar a cada uno lo que es suyo, y conocer el nombre real del Creador, bajo la palabra universal: Eloí.