Miguel Hidalgo y Costilla
Viernes 15-09-1939
Médium Margarita-Posesión

El amor del Padre sea con vosotros:

Todos, al encarnar en la tierra, traemos una misión; esa misión la cumplimos según las circunstancias -como se cree en materia- pero para el espíritu fuerte llega un momento en que se hace conciencia y siente una fuerza que lo impele, una fuerza que lo hace olvidar las debilidades materiales y entonces se lanza, casi sin pensar, pero con gran voluntad. Esa misión se desempeña según las posibilidades con que se cuenta: pero muchas veces no es tan grande como la juzgan los encarnados. La mía fue dura y elevada… hice lo que pude, porque mi espíritu tuvo pocas oportunidades para cultivar su materia, por la época y las condiciones de vida en que me tocó actuar.

Yo mismo dudé si era justo lo que hacía porque, por mí, creo que no debía derramarse una gota de sangre; los heridos y los muertos me horrorizaban y sentí arrepentimiento y dolor muy grandes; pero sentí que me impelía una fuerza superior y seguí adelante, encendí la chispa y, como he dicho, luché hasta donde pude.

Después, ya libre, recibiendo los homenajes de todo un pueblo, de todo un continente, me siento humillado… hermanos míos, pude hacer más y no lo hice porque en la tierra, encarnados, estamos ciegos. ¡Que pocos rayos de luz nos llegan; qué diferencia de la luz que se recibe cuando se está ya libre, cuando se vive en el espacio!

Así, digo, en verdad, que es para los espíritus triste y doloroso recibir los homenajes que se les tributan, tan grandes y, muchas veces, inmerecidos. Como premio a la obra que realiza, al espíritu le basta con la satisfacción de ver el provecho que sus hermanos sacan de ella.

El espíritu no necesita homenajes, no necesita coronas ni lámparas votivas; al contrario, todo eso merma su alegría, mengua su satisfacción… se siente más infatuado porque todavía abriga cierta jactancia, cierta vanidad. No echéis a perder la obra de los que sacrificamos algo por vosotros, de los que sienten todavía muy fuerte el amor a la patria ya que al lanzarnos a la lucha no sentimos más que el amor a nuestros hermanos que estaban encadenados, que estaban humillados. Creímos entonces que eso era hacer patria, que era un deber sagrado; pero ahora, en espíritu, vemos que el amor patrio es un pretexto para acrecentar el amor a sus hermanos. Se siente más amor a los hermanos que habitan en el mismo suelo que por los que viven lejos y la Ley, valiéndose de este pretexto, inflama el amor patrio que se inculca en todas las naciones; sin embargo, cada quien desarrolla su misión, cualquiera que sea el motivo o pretexto, pero todo es para bien de la humanidad y para el progreso general.

Os digo en verdad que en la misión que yo cumplí fui muy pequeño, pero fue el pié, el escalón para que otros siguieran adelante, y como llevaba buena intención -porque sí digo que no tuve ambiciones personales- el Padre coronó la obra y México pudo libertarse del yugo que soportó por muchos siglos.

Más que nada la misión mía fue luchar contra la misma iglesia a que pertenecí, y ahora, ¡qué mayor tributo para mi espíritu, qué satisfacción más grande que ver que este país tan amado en materia para mí y en espíritu ahora, se está librando a pasos gigantescos de otro yugo que es aún más terrible: el yugo religioso!

Por eso, atraído por el pensamiento de muchos hermanos mexicanos, estoy cerca de vosotros y he aprovechado esta oportunidad para venir a deciros que ya no siento jactancia, siento humillación, cierta vergüenza -porque también el espíritu se avergüenza- de recibir tributos y honores que sólo sirven para inflamar el amor patrio de las naciones, ese amor patrio que es la preparación del amor a la humanidad.

MIGUEL HIDALGO Y COSTILLA.